domingo, 1 de enero de 2017

SHAW



SHAW, BERNARD

150 años de Bernard Shaw
Por José Joaquín Blanco


Entre los pocos paraísos comprobables que subsisten en este mundo ineficiente está el de encerrarse a piedra y lodo unas semanas con las obras completas de George Bernard Shaw (1856-1950) -hay una buena traducción de su Teatro completo en Sudamericana (tres tomotes)-, y no contestar el teléfono ni abrir la puerta, ni siquiera en caso de incendio.
         El lector puede subrayar cosas como: “Si empiezas por sacrificarte a quienes amas, terminarás odiando a aquellos por quienes te hayas sacrificado”; “Pon cuidado en lograr lo que te gusta, o te verás obligado a que te guste lo que logres”; “Cuando  algo deja de interesarnos, ya no lo conocemos”; “Un oficial británico puede soportar cualquier cosa, menos al Ministerio Británico de la Guerra”; “Todas las profesiones son conspiraciones contra los legos”; “Él nunca hace algo decente sin ofrecer una razón indecente para hacerlo”; “Un inglés se cree muy moral cuando en realidad sólo se siente muy incómodo”; “No te comportes con los demás como ellos se comportarían contigo: sus gustos pueden diferir”; “La regla de oro es que no hay reglas de oro”; “Quien puede, actúa; quien no, enseña”...
         Como en uno de sus ágiles, brillantes juegos de palabras, podríamos decir que este proclamado pesimista inverecundo y escéptico profesional llevó una vida feliz: larga, apacible, alegre y exitosa (Premio Nobel, bestsellers y películas de Hollywood), con una fructífera, invariable energía artística. Y que como algunos otros denostadores radicales de la realidad y de la sociedad, alcanzó olímpicamente la edad de noventa y cuatro años en este mundo del que tenía tan mala opinión y del que supuestamente ofrecía una imagen desesperada, fría, sarcástica... célibe (aunque legalmente casado), abstemia, vegetariana y enemiga de médicos y medicinas.
        
MONUMENTOS DE ÉPOCA
A su muerte se permitió donar por testamento su pintoresca residencia campestre de Ayot St. Lawrence, donde escribió tantas de sus páginas antibritánicas, al patrimonio nacional británico. Lo que no agradó demasiado al mandarín Sir Harold Nicholson, quien opinaba en 1950: “no creo que Shaw sea una gran figura literaria el año 2000”. Hoy mismo Google despliega cuatro millones de referencias de Shaw en internet, donde se nos informa que se siguen editando y/o representando en todo el mundo más de una docena de sus numerosas comedias (medio centenar).
         Además de su permanente valor teatral y literario, algunas representan soberbios “monumentos de época”: sus burlas al terror puritano o tartufesco hacia la prostitución: La profesión de la Señora Warren (1893); al militarismo en Héroes y hombres (Arms and the Man, 1894); a la monogamia matrimonial en Cándida (1895); al maniqueísmo cristiano en El discípulo del diablo (1896); a los altos mitos históricos en El hombre del destino (mofa de Napoleón, 1895) y César y Cleopatra (1898); a la afluente filantropía-tipo-Ejército-de-Salvación: La comandante Bárbara (Major Barbara, 1905: “Soy millonario; ésa es mi religión”, se dice en medio de aleluyas bacanalescos).
         Pero sobre todo destaca su detonante expresión del reacomodo nietzscheano-ibseniano de los sexos y del progreso o la evolución, en Hombre y superhombre (1901-1902, que incluye en su tercer acto la opcional pieza bravía “Don Juan en el infierno” y añade como apéndice una colección de aforismos luciferinos), con su confusos galanes asediados por superdamas donjuanescas. Las damas siempre son maravillosas y enérgicas en Shaw -receta indispensable para cualquier dramaturgo-; los hombres, en cambio, torpes y meditabundos: el Superhombre no es su impío solterón aforístico con gran energía mental, sino sus mujeres: todas.    
         Se siguen reeditando y llevando a la escena Androcles y el león (1912); Pigmalión (1912; vulgo: My Fair Lady o Mi Bella Dama); La casa de la congoja (Heartbreak House, 1916-1917), la alegórica saga “metabiológica” (anti-recontra-neo-bíblico-darwiniana) Vuelta a Matusalén (1918-1920); Santa Juana ( auto sacramental laico,1923), El carro de las manzanas (1929), Demasiado bueno para ser cierto (1931) y diversas compilaciones de sus ensayos, cartas, panfletos y prólogos polémicos, así como su curiosa novelita voltaireana, “bestseller navideño” durante décadas y traducida a todos los idiomas: Las aventuras de una chica negra en su busca de Dios (1932)... Eric Bentley escribió prólogos y libros documentados y polémicos como Bernard Shaw: a Reconsideration.  Hay un buen The Portable Bernard Shaw en Penguin.
         Shaw siempre tuvo algo impropio que decir sobre la religión: “Convertir al cristianismo a los salvajes es una forma de volver salvaje el cristianismo”; “No hay Dios, pero esto es un secreto de familia”; “Apenas sabe uno qué es más espantoso: si lo abyecto de la credulidad o la frivolidad del escepticismo”.
         A veces recopilaba sus obras con títulos provocativos como Comedias para puritanos o Comedias desagradables... Empezó muy joven como babélico periodista y orador panfletario de todo tipo de causas sociales, políticas y culturales (Wagner, Ibsen) y fallido novelista. Hacia sus cuarenta años decidió ejercer ese mismo periodismo también a través del “teatro de ideas” (con clamorosos “éxitos de escándalo”, que sobre todo el público femenino internacional convirtió en éxitos de taquilla). Recuerda: “yo estaba encontrando que la manera más segura de producir un efecto de audaz innovación y originalidad era la de renovar la antigua tradición de los largos discursos retóricos, seguir muy de cerca los métodos de Molière, y sacar físicamente los personajes de las obras de Charles Dickens”.       
         Es uno de los autores más frecuentados en los diccionarios de aforismos o dichos ilustres o divertidos. El puritanismo, el militarismo, el patrioterismo, las ideologías sentimentales, los esnobismos sociales; las supersticiones religiosas o científicas; la demagogia o la charlatanería políticas y comerciales; el sexo, el matrimonio, la familia, la escuela, el parlamento, la monarquía, la democracia, los lugares comunes, fueron algunos de los blancos favoritos de sus farsas. Era un  individualísimo socialista aristocráticamente antiaristocrático de la Sociedad Fabiana.
         Otros de sus dichos: “Si golpeas a un niño, asegúrate de hacerlo con cólera, incluso a riesgo de lisiarlo de por vida. Lo que nunca te podrá ser perdonado es hacerlo a sangre fría”; “El hombre sensato se adapta al mundo; el insensato persiste en adaptar el mundo a su persona. En consecuencia, todo progreso depende de los insensatos”; “Todo hombre que pase de los cuarenta años es un canalla”; “Cuando un hombre estúpido hace algo que lo avergüenza, lo llama su deber”; “El martirio es el único camino que los incapaces encuentran a la fama”; “La Historia siempre miente”; “No hay amor más sincero que el amor por la comida”; “Toda persona menor de treinta años que conozca el orden social y no resulte un revolucionario, es plebe”; “Aprendemos de la historia que nada se aprende de la historia”; “¡No quiero hablar correctamente, sino como una dama!”; “Ahora necesitamos a unos cuantos locos, ¡mira en qué situación nos han puesto los cuerdos!”; “El autosacrificio nos ayuda a sacrificar a los demás sin ruborizarnos”; “Lo que realmente halaga a un hombre es que lo sientas digno de halagarlo”; “No hay secretos mejor guardados que los que todo el mundo sospecha”; “La moda no es otra cosa que una epidemia inducida”; “No ames a tu prójimo como a ti mismo. Si estás en buenos términos contigo mismo, sería una impertinencia; si en malos, un insulto”; “Si vas a injuriar a tu vecino, no lo injuries a medias”; “Las peores mafias están compuestas por una sola persona”; “El hombre que escribe sobre sí mismo y sobre su propia época es el único que escribe sobre todos los hombres y sobre todas las épocas”; “Quien nada tiene qué decir, ni tiene estilo ni podrá tenerlo”; “El poder no corrompe a nadie; los estúpidos, sin embargo, cuando pescan una posición de poder, corrompen al poder”; “Nunca tendrás un mundo tranquilo hasta que elimines el patriotismo de la raza humana”; “La vulgaridad de un rey halaga a la mayoría de la nación”; “Cuide los peniques y las libras se cuidarán por sí mismas. Y eso vale tanto en lo que atañe al dinero como en lo referente a las costumbres personales”; “¿Entiende alguno de nosotros lo que hace en la vida? Si lo entendiéramos, ¿lo haríamos?”; “-Ella debería pensar en su futuro... -¿A su edad? Tendrá tiempo de sobra para pensar en el futuro cuando no tenga futuro alguno en qué pensar”; “Abrázate a lo que te reprochan; a menudo es la gloria disfrazada”; “Eso fue lo que me salvó del suicidio: No podía soportar la idea de perderme la parranda siguiente”; “Soy cualquier cosa que consiga hacer que el mundo sea menos cárcel y más circo”...

TÍTERES ANARQUISTAS
El dilema del doctor: La charlatanería, la mezquindad, la truhanería, las supersticiones de la profesión médica. Pero esta comedia resistió mal al tiempo: Shaw usó, casi periodísticamente (y de ahí el éxito y el escándalo en su momento), ejemplos y casos tan propios de 1906 que suena algo fechado. Aparece entre sus pretensiosos médicos bobos, como paciente, algún Superhombre nietzscheano “más allá del bien y del mal”. Qué lata con los superhombres nietzscheanos de principios del siglo XX: meros dandys, cínicos o majaderos que se decoran con un inmoralismo elegante, como no tomar en serio para nada, y de la manera más ostentosa, las convenciones, los prejuicios o los valores a los que supuestamente se somete la mayoría (en este caso, la decencia respecto a las mujeres y al dinero), y que se protegen con alguna coartada artística o intelectual. Ahora sabemos que no es mayor cosa ser pintor o pensador -se dan (nos damos, dijo el otro) por millones, como plaga-, y que muchísima gente vulgar, y no sólo los “superhombres”, se mofa de los principios más “sagrados” de su sociedad. Son tipos algo mefistofélicos, byronianos y pillastres con pretensiones parnasianas... El inmoralismo nietzscheano de Shaw se expresa mejor en sus divas y en sus chiflados que en los galanes.
         Casémonos (Geeting married, 1907): una paliza verbal, llena de traviesos anticonvencionalismos y antisentimentalismos, contra el matrimonio legal de la época. Buena parte de la obra de Shaw es una rabieta contra el matrimonio y una jocosa conspiración en favor de la poligamia y la poliandria... casi platónicas. Y no porque lo espantase (ni fascinara) el mero sexo físico -secreciones momentáneas-: lo terrible era la seducción mental o sentimental, los compromisos y hábitos perdurables. Se ha acusado de todo tipo de extrañezas sexuales a Shaw (Cf. Frank Harris), y entre ellas la de haber sido demasiado casto con su propia esposa y demasiado lujurioso con las esposas ajenas. Investigaciones posteriores a su muerte revelan, en cambio, una vida erótica y amorosa mucho más ordenada y discreta de lo que se pensaba. Adoró a varias mujeres,  fue asediado por muchas más, y nunca  se dejó esclavizar por sus pasiones, aunque sí por sus teorías.
         Matrimonio desigual (Misalliance, 1909): diferencias entre generaciones y clases sociales debidas a diversas rutinas o supersticiones educativas. En el promiscuo Denegado (Overruled, 1912) aparece el célebre aforismo: “No creo que los volcanes humanos sean respetables” entre rompecabezas de poligamia y poliandria.  Suman legión sus aforismos sobre el matrimonio, el amor y las mujeres: “El matrimonio es popular porque combina el máximo de tentación con el máximo de oportunidad”; “El matrimonio es la más libertina de las instituciones humanas, ése es el secreto de su popularidad”; “¿Qué cosa es la virtud sino el sindicalismo de los casados?”; “El negocio de las mujeres es casarse lo más pronto posible; el de los hombres, permanecer solteros el mayor tiempo posible”; “El hogar es la prisión de la niña y el taller de la mujer”; “Entre más viaje y conozca un hombre, es más seguro que se case con una chica extranjera”; “Las mujeres asesinas reciben montones de proposiciones de matrimonio”; “Hay muchas mujeres que tienen que hacer que sus esposos se emborrachen para poder vivir con ellos. ¿Sabe? Lo que pasa es lo siguiente: Si un hombre tienen un poco de conciencia, es asaltado por ella cuando está sobrio. Y entonces se abate...”; “Un hombre necesita tener una mujer que le impida obsesionarse de todas las demás”; “El amor pone a la gente en dificultades en lugar de librarla de ellas”...
         Necesidad de los títeres: En uno de sus prólogos dice Shaw que las supersticiones legales y culturales de la época sólo consideraban ilegal ocuparse en serio de los asuntos inmorales, pero no hacerlo en farsa. En el teatro necesariamente debía atenerse a lo legal y culturalmente posible, permisible, pues no existe el teatro fuera de la escena pública: de ahí su astucia de confeccionar tremendas bromas subversivas que aparentemente se saltaran los rigores de la censura o las pudibundeces de público. La farsa, los enredos, los aforismos, los personajes de gran guiñol... que deben ser algo aristócratas y letrados, pues de otra manera, según afirma él acerca de los personajes plebeyos de Shakespeare, podría haber realismo, pero no teatro. La convención artística exige que los personajes sean algo más que seres lastimosos, con un poco de ocio, juego, comodidad y capacidad expresiva, o se los reduce a estampas de miseria.
         Todo personaje teatral tiene así siempre mucho de hechizo, de convencional, de marioneta. Una criatura que meramente sufre de hambre puede ser en escena una estampa lamentable, no un personaje lúdico ni un espectáculo suficiente. Incluso Brecht estilizó y marionetizó a sus personajes miserables. Este aspecto de guiñol o pantomima delirantes lo enlazó con Brecht y el “teatro del absurdo”.
        
SHAWKESPEAR
Sólo una curiosa broma conjetural sobre Shakespeare y la reina Isabel priva en la obrita, que el propio Shaw llama “pieza de ocasión”, La dama morena de los sonetos (1910). Como en otras ocasiones, la mayor gracia de la broma es la irreverencia con que Shaw se identifica competitivamente con Shakespear (a Shaw no le gusta la última e de Shakespeare, y se la mutila) -una de sus manías- de modo que vemos un Shawkespear...
         Apunta tres interpretaciones heterodoxas (pero sensatas) sobre el “caso Shakespeare”: 1) Que las expresiones demasiado apasionadas de Shakespeare hacia algún amigo-mecenas, en los sonetos, así como otras celebraciones encendidas de la belleza masculina ahí y en otros pocos textos, han de verse más bien como modismos de la etiqueta galante de su tiempo (existen celebraciones eróticas a personas del mismo sexo en muchos autores renacentistas y barrocos, a la manera de Cetina y Góngora con sus condes y duques y de sor Juana con sus virreinas), y no como cifras de una clandestina autobiografía homosexual romántica; 2) Que Shakespeare no era un oscuro actor pobretón que escribía a tontas y a locas por hambre, sino un caballero empobrecido y hambriento (algo tonto e inculto) que sobre todo escribía a tontas y a locas para restaurar su linaje noble con la pomposa gloria artística; y 3) Que era un hombre irónico y algo libertino, dado a la verbosidad y a las escenas y efectos aparatosos, con desaforadas pretensiones de profundidad y esteticismo, de modo que su mayor amargura fue que el público sólo apreciara sus obras cómicas o sentimentales convencionales (A vuestro gusto, Mucho ruido y pocas nueces) y no aquéllas en que pretendía un estilo y un pensamiento más complejos y refinados; que hubiera querido parecerse a Ben Jonson y que se aplaudiera su metafísica. Así, en la obra de Shakespeare Shaw detesta a Hamlet y a Julio César; admite a Lear y a Falstaff.
        
FANNY Y BLANCO
Otro juego del teatro dentro del teatro, o parodia que el dramaturgo hace de sus críticos, es La primera comedia de Fanny (1911), adrede bobalicona, sobre los enfants terribles de la aristocracia inglesa, muy mal educados por sus puritanas y snobs familias y escuelas, que de pronto aprenden la verdadera buena educación durante una inesperada parranda nocturna con líos con la policía y encarcelamiento por desorden público y faltas a la autoridad. Todo lo peor que se podría decir de Shaw lo dicen ahí, en escena, unos críticos asnales, para regocijo del autor, que sabe valorar sus defectos, debilidades y manierismos como si también fueran sus virtudes: lo eran. Esos títeres parlanchines llenos de paradojas en tramas de salones convencionales, equidistantes del púlpito y del pastelazo, no tienen digamos “vida propia” o “vida dramática” a la manera realista; tienen algo mejor: estilo shawiano. Una commedia dell’arte verbalista con sus Arlequines, Colombinas y Pantalones victorianos.
         Cuando se le acusó de que sus obras ofrecían poca acción dramática o trama y mucho verbalismo extravagante, contestó: “Huyo de las tramas como de la peste... Mi procedimiento es el de imaginar personajes y dejarlos desgarrarse... Todo en mi teatro son puras palabras, como todo en los cuadros de Rafael es pura pintura”. Eric Bentley precisó que, por el contrario, hay mucha trama o acción dramática en el teatro de Shaw, y precisamente la típica del Buen Artefacto (The Well-made Play) de los melodramas exitosos del siglo XIX (Scribe, Sardou, Dumas hijo, Augier), pero empleadas en un sentido paródico: las enrevesa y produce efectos asombrosos, extravagantes o subversivos.
         En realidad, Shaw siempre confesó que extraía sus supersónicas novedades del baúl de los abuelos y abundaba en guiños, pastiches y citas de Aristófanes, Eurípides, Shakespeare, Bunyan, Molière, Voltaire, Hugo, Dickens, Wagner, Ibsen, Chéjov... También algunos de sus aforismos, desde luego, los aluden. La cantidad gigantesca de escritos de Shaw muestra una discusión pantagruélica de infinidad de fuentes culturales, ideológicas y artísticas.
         En cambio, todavía resulta “epatante” y vigente La verdad sobre Blanco Posnet (The Shewing-up of Blanco Posnet, 1909), una obrita en un acto -que en parte retoma el enigma antimaniqueo de El discípulo del diablo- precedida de un prólogo especioso y descomunal sobre los burocratismos de la estirada, ineficiente y estúpida censura inglesa. Fue prohibida por blasfema, y en efecto: toda la fuerza de la obrita, que casi parece un apólogo, es su blasfemia contra el Mal Dios o el Idiota Dios que permite procrear niños para que se mueran a tierna edad; que hace inventar el trago para que los hombres se pasen la vida tratando de ya no emborracharse; o que acomete el corazón de un supuesto pérfido y gratuita, atrabiliariamente, lo obliga a perpetrar... ¡una buena acción, una acción santa! Hay un pueblo podrido de cowboys en Estados Unidos, donde están a punto de colgar a un ladrón de caballos con un simulacro de juicio. El ladrón no era tan ladrón: había confiscado el caballo a su propio hermano para resarcirse de una vieja deuda, y por lo demás pronto lo había cedido instintivamente a una desolada mujer que caminaba con un niño moribundo, de modo que lo atraparon a pie, sin caballo ni flagrancia. No hay Bien, no hay Mal, todo resulta podrido y estúpido, especialmente la moralina religiosa; y en cuestiones de teología más conviene emborracharse como cubas en el saloon de los cowboys. Salvo (acaso) algunas truculencias de nota roja, nadie decide ser tan bueno ni tan malo en esta vida, ni es tan responsable de sus actos; y el más podrido de todos es Dios, con sus predestinaciones idiotas, sádicas... Una shelleyana parábola antievangélica, llena de azufre... (Ignoro por qué Shaw llamó precisamente Blanco a su diablillo alborotador, y por qué se le recomienda al pie de la letra: “Habla con más respeto, Blanco... con un lenguaje más reverente”.  El tal Blanco no se dio por aludido.)

BOMBAS Y MITOS

Los extremos siempre se juntan. El teatro ideológico, verbalista,  titiritero, ultracivilizado, profesionalmente ingenioso, voltaireano, de Bernard Shaw, que se inició con unas magníficas caricaturas de la sociedad británica (y sus anexos irlandeses, europeos y norteamericanos), se fue acercando conforme avanzaba el siglo XX a los modelos más antagónicos concebibles: al teatro ruso anticlimático, estancado, sobriamente lastimero, sofocado en su introspección discreta y matizada, de Chéjov, en La casa de la congoja, y a las moralidades o autos sacramentales: Vuelta a Matusalén y Santa Juana.
         Shaw admiraba a Chéjov más que a cualquier otro dramaturgo moderno (salvo su gurú Ibsen, claro) y a las fábulas y vidas de héroes, santos y mitos más que a cualesquiera tramas realistas. Evidentemente, al tocarse, los extremos se mezclan y modifican. La Rusia campestre, clasemediera, estancada en un desolado crepúsculo interminable, esa lastimera ruina infinita de El jardín de los cerezos o El tío Vania, sufre primero el accidente del tiempo: ocurren la Primera Guerra Mundial, la revolución soviética, el desmantelamiento del mundo anterior; la aparición de la modernidad tecnológica con sus zeppelines, aviones, bombarderos y trincheras. Luego sufre el accidente del espacio: ya no la finca campestre fin-de-siècle como alejada del mundo de Chéjov, sino una cosmopolita -imperial(ista): corsarios internacionales- finca campestre inglesa donde se abaten todas las violentas modernidades del primer tramo del siglo XX. Mientras sus personajes se abisman en laberínticos conflictos sociales y sentimentales de salón, cae la novedad de las bombas. 
         Escribió, además, muchos panfletos y algunos sketches sobre la Primera Guerra Mundial, en donde ataca a todos los contendientes, incluyendo a los ingleses y a los irlandeses. Opinaba, por ejemplo, que “no hubiera sido tan fácil enrolar voluntariamente a tantos muchachos irlandeses para ir a combatir a las trincheras, si los hogares de Irlanda hubieran sido más soportables que las trincheras”... Shaw pertenece a esa curiosa, paradójica legión irlandesa que encabezó hace un siglo la literatura británica, con Wilde, Yeats, Joyce; satirizó su embrollo inglés-irlandés en La otra isla de John Bull.
A su vez, la tradición de las moralidades, autos sacramentales y vidas de santos preluteranos, recibirán el fulgor de azufre de Voltaire y del Libre Examen protestante, conformando una Santa Juana enigmática, mística y heroica; una especie de conciencia precursora de Lutero, iluminada por las “santas” voces discordes del pensamiento moderno. Una vidente rebelde, inteligente y atrevida, eficaz y honrada, que se carea con el más allá y, apenas adolescente, maneja mejor las batallas y la política que los militares, arzobispos y reyes, y que es finalmente premiada con la hoguera y la desolación; pero medio milenio después regresa de ultratumba a contemplarse irónicamente canonizada y erigida en heroína, al grado de que sus múltiples estatuas representan un serio estorbo al tráfico en Francia .
El pesimismo y el escepticismo con que Shaw había combatido la tradición y los valores establecidos del imperio victoriano, ahora se vuelcan, acaso con mayor virulencia, contra la modernidad del siglo XX. En su enorme prólogo a Santa Juana, se divierte mucho comparando las crueldades, brutalidades, supersticiones e infamias modernas con las antiguas, que resultarían menos bestiales. Su afanoso progresismo lo convierte en un radical conservador frente a los “avances” modernos: ese nuevo progreso al revés, rumbo a las cavernas.
En Vuelta a Matusalén urde curiosas longevidades de hasta trescientos años -no meramente fantásticas, ya que la Biblia Infalible habla de generaciones de próceres que vivieron muchos siglos-: la mayor o extravagante expectativa de vida cambia todo los valores personales, y convierte en monstruos y rebeldes a las personas nacidas para conservarse algo jóvenes durante siglos en una sociedad que tiene perfectamente establecidos los roles y los límites de la edad y de la vida. El juego con la edad de Shaw responde al juego con el tamaño de los hombres de una obra de su amigo H. G Wells: ambos viajaron al futuro y lograron hace un siglo las mayores travesuras de “ciencia ficción”. De hecho, en Vuelta a Matusalén ocurre además, como en Goethe, la aventura de crear hombres de laboratorio. Varios temas y tramas borgianos , como “El inmortal”, provienen en parte de este libro.
En la historia de la cultura, La casa de la congoja queda como la imagen de la Europa ilustrada y cómoda (en sus clases favorecidas), apacible, bajo los ataques aéreos de la Primera Guerra Mundial: la Gran Europa por primera vez bombardeada. Pero Shaw no se deja ganar por el realismo antibélico ni por la mera denuncia del callejón sin salida del capitalismo europeo; no olvida su cajón de títeres, sus carcajadas ni su gusto anarquista por las jocosas pesadillas escénicas, de modo que tenemos un Apocalipsis de risa loca. Una casa-barco (refugio de un viejo lunánico exfilibustero) repleta de freaks jocundamente inmorales bajo el fascinante -suena como a Beethoven- bombardeo de los zepelines alemanes. Y no sólo atruenan las bombas desde los cielos: cada personaje está a punto de estallar, con sus nervios e ideas de dinamita a punto.
“Esta casa de locos es una casa de la verdad... para adultos”, anotó el director Harold Clurman en sus “Notas para la producción” de la obra en 1959, en Nueva York. Añadió: “una arlequinada... una casa llena de sorpresas... hay algo extravagante en esta casa... un show de marionetas... una suerte de espléndida música de tambores en el aire... el bombardeo debe ser orquestado... Todo mundo quiere escapar de esa casa... cada personaje quiere escapar de sí mismo, de su propia condición... La casa está loca, las bombas del cielo están locas, los personajes también están locos... un ballet-extravaganza... una ópera bufa... un espejo deformante... 'No va a ocurrir nada', dice uno de los huéspedes de la casa; pero algo ocurre y algo más fatal aun puede ocurrir... algo que esperan, que casi desean, algunos de los personajes” (Tulane Drama Review, Vol. 5, marzo de 1961, reproducido en el dossier de la Norton Critical Edition de Bernard Shaw's Plays).

SHAW EN LOS REINOS DE SHAKESPEARE
Por José Joaquín Blanco


El auge del teatro como espectáculo (acrobacias, efectos especiales, harta sangre y hartos desnudos) que hemos padecido en la segunda mitad de este siglo, ha desplazado de la escena a los autores del teatro verbal, especialmente al mayor de ellos: George Bernard Shaw.
         A diferencia de la dramaturgia-show (Shaw es lo anti-show), el teatro verbal puede prescindir un tanto de la escena y poner foro imaginario en la solitaria lectura. “Teatro sobre el viento armado”, que dice Calderón. Pero ocurre que Shaw (como H. G. Wells, Hilaire Belloc, Maurice Barrès, Rémy de Gourmont, Karl Krauss, G. K. Chesterton, H. L. Mencken, José Vasconcelos o Miguel de Unamuno) fue un hombre tan de su propio tiempo, que su obra queda bastante fechada, sobre todo la mayor parte de ella, que es esencialmente polémica.
         Las luchas precursoras de Shaw por el socialismo, el antimilitarismo, el pacifismo, el antinacionalismo, el antiimperialismo, las tolerancias, el vegetarianismo, la música wagneriana, la sexualidad sin hipocresías, que tanto escandalizaban en su época, pueden parecer anticuadas ante nuestra pedante mirada ulterior. Se cree que Shaw es un anticuado orador del teatro y un enemigo de ídolos abatidos.
         No ocurre tal cosa, por supuesto: aunque no estemos de acuerdo o no nos entusiasmen mucho sus temas —yo suelo estar de acuerdo con él y me entusiasma a cada página—, los aparatos intelectuales de sus obras discutidoras se erigen en ricos mundos verbales, efusivos de ligereza intelectual y de sentido del humor. A Chesterton le gustaba Shaw, con quien estaba sistemáticamente en desacuerdo; algo semejante pasaba con Borges, de quien se dice que tomó del teatro “panfletario” de Shaw algunas de sus más delgadas ficciones: su “El inmortal” proviene, según Harold Bloom (El canon occidental), de la Vuelta a Matusalén de Shaw —dato que ofrece el propio Borges.
         No necesitamos luchar por la tolerancia de la prostitución para gustar de La profesión de la señora Warren; ni interesarnos por los puritanos independentistas de los Estados Unidos para leer El discípulo del diablo; ni ensañarnos con el Ejército de Salvación y la falsa filantropía de los millonarios para disfrutar de La comandante Bárbara; ni preocuparnos por la fonética y “el buen idioma” como atavismo de las clases ricas para aplaudir Pigmalión (que dio origen a la famosa película Mi bella dama).
         Además, Bernard Shaw inventó un idioma propio, familiar al de Oscar Wilde pero más desbocado y filoso todavía, de aforismos, retruécanos y juegos de palabras y situaciones, que persevera en su fresca y extravagante impertinencia, contra toda nuestra cultura de lugares comunes y lógica elemental. Una actriz japonesa contó a la televisión que Yukio Mishima, cuando andaba de juerga, se ocupaba en inventar, durante sus conversaciones, una variante japonesa del dialecto shawiano. Eran, dice, fascinantes noches de delirio.
         Es un gran descivilizador, urgente en estos años de lo “políticamente correcto”, de la estandarización no sólo de las ideas, sino hasta de los sentimientos, gustos e ideales. Cuando estemos hartos del 2 + 2 = 4 (que es todo el tiempo) ha llegado el momento de leerlo. Un iconoclasta que, desde luego, descreía de la iconoclastia.
         Shaw también tenía sus extravagancias. Sus iras contra la carnívora especie humana, atragantada de bisteces, por ejemplo. Y le parecía una inconsecuencia imperdonable que el ser humano, en el siglo XX, siguiera exigiendo un guante para la mano derecha diferente del destinado a la izquierda, mientras que se permitía usar la misma forma de calcetín o de media para ambos pies. ¿Qué privilegio gozan las manos del que se despoja a los pies? Iba con el sastre a que le confeccionaran calcetines meticulosamente derechos y calcetines meticulosamente izquierdos.
         Asimismo, durante toda su larga vida se lanzó a una rivalidad enconada con William Shakespeare, a quien trató incluso de enmendarle el apellido (suprimiéndole la e final). En 1949 escribió una obra de títeres, para el Malvern Marionette Theatre, con duración de diez minutos (Shakes contra Shav), en la que ambas marionetas se aporrean de lo lindo mientras el títere Macbeth, decapitado, coge su coronada cabeza y sale corriendo del escenario “al compás de la melodía de los granaderos británicos”.
         Ahí Shaw se burla de la monumentalidad, de los énfasis, de la retórica y de la pomposidad de Shakespeare, así como de sus demasiados antecesores (en temas, en metáforas, en ritmos). En realidad, ya lo había hecho en otras obras suyas, al tomar personajes shakespeareanos y volverlos shawianos —¡abajo Shakes, viva Shav!—, especialmente César y Cleopatra y Santa Juana.
         ¡Ah, los soldados, las glorias de la antigüedad romana y egipcia, y el perfil exótico y lujurioso del Antonio y Cleopatra de Shakespeare, los parlamentos llenos “de sonido y de furia”, de desesperación y de máximas de Séneca! ¡Los coturnos, los perfiles heroicos! En la obra de Shaw Egipto se vuelve una civilización tan decrépita como el propio Imperio Británico —sus sacerdotes tan apolillados como lores—, y Roma un batallón de pillos con habilidad, armas e iniciativa, como los propios aventureros europeos, fuertes y estúpidos a la manera de los conquistadores de Kipling (El hombre que sería rey), cuando se lanzan al saqueo de otros continentes. Qué desencanto de los héroes, qué oposición al “tono sublime”.
         “Os maravillaréis —dice el propio dios Ra, desde Menfis, en el prólogo—, ignorantes como sois, de que los hombres de hace veinte siglos se parecieran tanto a vosotros y hablaran y vivieran tal como vosotros vivís y habláis, ni mejor ni peor, ni más tonta ni más sabiamente.”
         Pero la gran novedad de esta obra de Shaw no es tanto la pérdida del respeto a los prestigios de Egipto y de Roma, ni su ridiculización de los patéticos oficios de sacerdote, burócrata y militar, sino su creación —y desde 1898— del monstruo que, bajo la firma de Vladimir Nabokov, habría de escandalizar al mundo entero en 1955: en efecto, su Cleopatra es Lolita, “una chiquilla que todavía es castigada por su aya”  pero que juega a la gran seductora, más peligrosa todavía porque los caprichos, las tonterías y los delirios de crueldad de una niña-reina sí pueden llevarse a la práctica. La sexualidad de la ninfeta de Egipto está aún embotada y guarda mucho de la perversidad de la infancia, sobre todo de la infancia de los príncipes. El buen soldado Julio César se aburre mucho con ella, y ha de tratarla más como tutor que como amante. Tuvo mayor sabiduría que el pobre Humbert Humbert de Nabokov, a quien por otra parte uno prefiere en la película de Kubrick —toda esa angustia de James Mason en su calvario de highways y moteles, con su tiránica y caprichosa Cleopatrita a cuestas—, mientras que en la novela...
         Probablemente Santa Juana le ganó el Nobel al incómodo Shaw. Hasta entonces gozaba de mucha popularidad pero de escasa simpatía en olimpos y parnasos. Un inglés (bueno, un irlandés que quiere ser inglés... a su manera) y un protestante rendía culto a la recién canonizada heroína de Francia y de la Iglesia Católica. Desde luego, la ironía de Shaw les jugó malas pasadas a los nacionalismos inglés y francés, al clero y al militarismo, y presentó a Juana de Arco como una mujer de gran inspiración moral, una sensata entre soldados estúpidos, pero arrebatada por una pasión —¡Shaw, el que censuraba las pasiones como meros énfasis sentimentales!—: la rebeldía; que prestaba oídos a extrañas voces interiores o sagradas que la hacían libre, al sugerirle pensamientos opuestos al orden de los reyes y prelados.  La valentía de pensar por cuenta propia y de ser sensata en mitad de la locura.
         Dice el capellán inglés (escena IV): “Pero lo que sé, en estricto sentido común, es que esta mujer es una rebelde, y eso me basta. Se rebela contra la naturaleza al usar ropa de hombre, y al combatir con las armas. Se rebela contra la iglesia al usurpar la divina autoridad del papa [Juana de Arco acordaba directamente con Dios y los santos, en sus visiones]. Se rebela contra Dios en su maldita alianza con Satán y sus malos espíritus contra nuestro ejército [sólo así se explicaban sus éxitos militares].”
         En el epílogo, una vez condenada por la Inquisición y por los poderosos, y quemada, pero reivindicada luego por el nacionalismo francés y por el Vaticano, en cuanto termina la Primera Guerra Mundial regresa en forma de fantasma a hablar con caballeros, soldados, el rey, el inquisidor. Se entera de que el culto a su cadáver ha cundido, que ahora es la heroína nacional francesa y que hasta ha sido canonizada en 1920; y escucha que se han multiplicado tanto sus estatuas en toda Francia que ya son un verdadero obstáculo para el tráfico, por lo que casi pide disculpas.
         No les guarda rencor a sus verdugos ni a sus ingratos compañeros: los escucha con simpatía pueblerina, tolera sus mezquindades y tonterías, con la irónica bondad de una santa que es una gran hereje, una santa “que sabe”.
         Luigi Pirandello asistió a la premier en Nueva York, en 1924, y descubrió dos cosas interesantes.  La primera, que el público esperaba que Shaw lo mantuviera continuamente muerto de risa: los wasp (White Anglo-Saxon Protestants) esperaban un festín de ridiculización de la santa francesa; así, el cuarto acto (escena VI), el juicio y la condena de Juana de Arco, lleno de amargura intelectual, que a él le pareció el mejor, no se llevó grandes aplausos. (¡Era un Shaw diferente! ¡Shakes triunfaba sobre Shav!)
         La tragedia del genio moral frente a la mezquindad de los poderes establecidos podía ser celebrada ante el público moderno en aforismos o en diálogos brillantes, pero no en todo un acto casi shakespeareano en el sentido de la grandeza y el heroísmo, así fueran aquí principalmente morales e intelectuales.  A su irónico modo, había coturnos, había perfil heroico, hasta algo casi parecido al tono sublime, al “sonido y la furia”. 
         La segunda: la vocación de tolerancia de Shaw. Escribió Pirandello: “Este mundo, parece decirnos Shaw, no está hecho para que en él vivan los santos. Debemos tomar a la gente que lo habita como lo que es, pues no le ha sido concedido ser ninguna otra cosa”. (Bernard Shaw’s Plays with Background and Criticism, Ed. W. S. Smith, New York, Norton and Co., 1970).
         Muchos críticos pensaron que, por fin, y por única vez en su larga obra, Shaw se acercaba al arte de Shakespeare. Se apresuraron a celebrarlo, a premiarlo. Algo de Hamlet y de El rey Lear asomaba en su Santa Juana. Tal vez (hubo sin embargo quien le reprochara, en el Theatre Arts Monthly de Nueva York, en marzo de 1924, que su iconoclastia perdiera filo, su brillantez se opacara, su ingenio se estuviera domesticando); otros lo encontraron lleno de religiosidad, y muchos más  —entre ellos la Academia Sueca— creyeron que estilísticamente Shaw estaba entrando en orden. Ya no comedias raras, extravagantemente personales, esos 2 + 2 que a veces sumaban 7 y a veces 11.5, sino teatro en forma, con fondo histórico y personajes elevados, con ambiciones monumentales: coturnos, héroes, cosas sublimes. ¡Había muerto Shav! ¡Viva Shakes!  Había que nobelizarlo. (Las opiniones de Pirandello y del crítico neoyorkino aparecen en la edición de Norton).
         Pero en el preciso momento en que el dramaturgo moderno se acercaba al isabelino, Shakespeare se alejaba de Shaw. En efecto, en La primera parte del rey Enrique VI nos encontramos con La Pucelle, Juana de Arco: una generala con mucha brujería y pretensiones de nobleza de sangre. La rigen su orgullo, su brujería, su patriotismo, lo mismo en la batalla que en su juicio. Shakespeare le concede a la enemiga, como sus clásicos grecorromanos, grandeza heroica, pero no conflicto íntimo. No Hamlet, no Lear. Es una figura meramente exterior, si bien asombrosa —por generala, por bruja— en un paisaje épico simplificado.
         Cada escritor construye una Juana de Arco diferente: así las de Voltaire, Schiller, Verlaine (“...Jeanne qu’assourdissait el chant brutal des prêtres”:  “...Juana, a quien ensordecía el canto brutal de los sacerdotes”) y Paul Claudel. Bernard Shaw encontró en la rebelde machorra, caudilla y hereje, quemada y canonizada, un campo extraordinario para ejercitar tanto sus virtudes polémicas contra las grandes instituciones y contra los vicios y mezquindades humanas, como una vía para inaugurar un tono melancólico, que Pirandello llama francamente “poético”, sobre la tragedia del genio, de la inteligencia y de la santidad en este mundo tal-como-es, en esta realidad demasiado humana.
         Jorge Cuesta escribió sobre Santa Juana en 1925: “El problema es la herejía del genio, la tragedia es su heroísmo inútil, y la comedia su canonización”. (Poemas y ensayos).

                                               ***
Edmund Wilson trazó en 1931 (Axel’s Castle), como las vidas paralelas de Plutarco, los perfiles comparativos de Yeats y Shaw a principios de siglo: 
         “Es interesante comparar Una Visión [Yeats] con ese otro tratado compendioso sobre la naturaleza y el destino humanos, escrito por el otro gran escritor dublinense: Guía al socialismo y al capitalismo. Aquí podemos ver inequívocamente el tipo de literatura que estaba de moda antes de la [primera] Guerra, y la que se puso de moda a partir de entonces. Shaw y Yeats, ambos, partieron de muchachos del Dublín decimonónico hacia Londres, y siguieron trayectorias diametralmente opuestas. Shaw apoyó todo el inasible cúmulo de la sociología, la política, la economía, la biología, la medicina y el periodismo de su tiempo, mientras que Yeats se alejó resueltamente de todo eso, convencido de que el mundo de la ciencia y de la política era de alguna manera fatal para la visión del poeta. Shaw aceptó la técnica científica y se empeñó en dominar los problemas de la sociedad industrial y democrática, mientras que Yeats rechazó los métodos del naturalismo y se dedicó a la introspectiva plomería de los misterios de la mente individual.  Cuando Yeats editaba a Blake, Shaw estaba batallando con Marx. A Yeats le impresionaban la solidez y la eficiencia de Shaw. “Odié esa obra”, dice de Las armas y el hombre, “me parecía inorgánica, poseedora de una rectitud lógica, y no del camino tortuoso de la vida, y me opuse a su energía”. Y nos cuenta que Shaw se le apareció en un sueño bajo la forma de una máquina de coser, ‘que sonaba y brillaba, pero la cosa increíble era que la máquina sonreía, sonreía perpetuamente’.
         “En su Gran Rueda de las veintiocho fases, Yeats ha situado a Shaw en una fase considerablemente alejada de la suya propia, donde el individuo está directamente abocado a la deformidad de buscar no el alma, sino el mundo.  Y sus respectivos testamentos literarios —la Visión y la Guía, publicadas casi al mismo tiempo—, marcan los puntos extremos de su divergencia: Shaw basa toda esperanza y felicidad humanas en la distribución equitativa del ingreso, la que cree permitirá finalmente hacer imposible incluso el pesimismo de un Swift o de un Voltaire; entre tanto Yeats (como Shaw, un protestante para quien el misticismo católico era imposible), ha hecho en Una visión que la vida de la humanidad concuerde con los movimientos de las estrellas.  “Está lejano el día”, concluye, “en que las dos mitades del hombre puedan cada cual adivinar su propia unidad en la otra, como en un espejo: el Sol en la Luna, la Luna en el Sol, y así escapar de la Rueda.”






jueves, 1 de diciembre de 2016

NERVO

LOS CUENTOS DE AMADO NERVO

NERVO Y LOS FILISTEOS
De la misma manera que su poesía, la prosa narrativa de Amado Nervo (1870-1919) representa un afanoso compromiso entre el exigente arte modernista y las restringidas luces del público al que el autor se dirigía en los últimos lustros del siglo XIX y los primeros del XX.
Era un público mayoritariamente femenino, con escasa escolaridad pese a sus pretensiones de mediana o mayor riqueza, a caballo entre la cultura católica más tradicionalista (provinciana, pacata, conservadora) y las novedades escandalosas de la cultura francesa del fin de siglo (positivismo, sensualidad, diabolismo, espiritismo y teosofía, lujos y leyendas orientales, adulterio y amor libre: “decadentismo”), introducidas por el periodismo literario y las novedades editoriales importadas de París.
La obra de Nervo es muy vasta y variada, a pesar de su muerte temprana, hacia sus cincuenta años (su angustia ante la Revolución Mexicana y la Primera Guerra Mundial, así como algunos desgastes, enfermedades y desgracias personales parecen envejecerlo desde los cuarenta años: cuesta trabajo aceptar que sus fastidiosos poemas de acedía y resignación a la Nada, sus “muero porque no muero”, sus despedidas del mundo -“¡Vida nada te debo, Vida estamos en paz!”- y sus verbosos desagrados de la carne fueron escritos por un hombre todavía bastante joven), y ofrece argumentos para todo tipo de tesis.
Su conjunto, sin embargo, señala a un autor mucho menos “heroico” (en el sentido de combatir la cultura tradicional) o radical que Darío, Lugones o Tablada, y mucho más preocupado por agradar a su público. Suele ser menos “raro”, menos exótico, menos esteta que otros modernistas; se acerca más a las ideas comunes en su época de la religión, de las buenas costumbres, del patriotismo, de los sentimientos meramente románticos, incluso de las modas: automovilismo, deportes chic, cine mudo, subconsciente, trastornos psíquicos, espiritismo. De hecho, abjuró en su última década incluso de los rasgos estetizantes de su juventud modernista, en busca de un estilo más simple y de un pensamiento más acorde con el de la clase media hispánica. Abjuró de las “extravagancias”, diabolismos y “mallarmeísmos” modernistas (como se ve en muchos de sus ensayos críticos, especialmente en Juana de Asbaje, 1910), y con ello de casi todo su arte literario, en busca de una dudosa “elevación” metafísica expresada en los términos más llanos y fáciles.
Dice bien Manuel Durán en el prólogo regular a su mala selección de Cuentos y crónicas de Amado Nervo (UNAM, 1971): “Nervo escribe, pues, no sólo para los iniciados, sino también para los filisteos”. (“Filisteos” es un anglicismo para “burguesotes”; Nervo los llamaba “emburguesados”.) No lo hizo por mera inmoralidad o venalidad –a pesar de sus enormes éxitos literarios, de sus comisiones periodísticas (financiado por Rafael Reyes Spíndola, de El Imparcial) y educativas (gracias al ministro Justo Sierra, previo acuerdo con Porfirio Díaz) y de sus puestos diplomáticos (con Carranza), ganaba poco y vivió casi en la pobreza-, sino por la ambición de ser un escritor profesional, un escritor con público, y no un anacoreta estético (aunque como tal guste posar en sus poemas).
Esa ambición exige rendir grandes concesiones a los prejuicios y modas del público, como lo vemos en casi cualquier autor “de arrastre” de nuestro siglo. La moralina católica y el pacato, mustio decentismo pequeñoburgués, pesan más en Nervo que en cualquier otro gran escritor mexicano, López Velarde incluido. Hasta en el Nervo más osado hay todo un minucioso reglamento de buenas costumbres, un protocolo del comme il faut. Es también un efusivo adulador de los poderosos y los potentados.
En sus artículos críticos, representa con frecuencia el papel de un malhumorado prefecto conventual que se impacienta y regaña ante cualquier inquietud, cualquier travesura: quiere, por ejemplo, que los gobiernos ¡prohiban oficialmente las zarzuelas, tandas y sketches del “género chico”, porque corrompen las costumbres y el idioma! ¿Quiénes conformaban los gobiernos hispanoamericanos hacia 1910? Casi puros tiranos terribles.
De ahí que haya resultado, especialmente en su poesía, pero también en ciertas narraciones, ensayos y artículos, uno de los autores más populares de su época en toda Hispanoamérica. Y expurgando algunos textos temerarios, por lo general poco divulgados, como los seleccionados por Pacheco en su Antología del modernismo, devino uno de los poetas más “convenientes”, más aprobados por padres de familia, curas y maestros de escuela. (En tal sentido, como el poeta que se portaba muy bien y rezaba con constancia y devoción, salvo deslices perdonables, lo elogia el padre Alfonso Méndez Plancarte en el prólogo a sus Poemas completos). Hasta la fecha, según afirma Luis Miguel Aguilar en su Poesía popular mexicana, representa el autor que mayor cantidad de poemas ha legado a nuestra memoria popular... y a la declamación en ceremonias y medios de comunicación, al estudio en las escuelas primaria y secundaria tanto clericales como oficiales. (Por lo demás, Nervo defendía precisamente ese tipo de poemas como parte esencial de la educación pública, como se ve en los “informes” sobre los sistemas educativos europeos que rendía al ministro Justo Sierra: fue pues ejemplarizante, sermoneador, oratorio y didáctico adrede).
Por ello mismo, al menos desde los años veinte, Nervo empezó a resentir el desprecio de los pequeños sectores más ilustrados y modernos del público, y por supuesto de los nuevos escritores. Chocaban su frecuente chabacanería, sus golpes de pecho frente a unas trenzas de mujer, sus poemas que casi o sin el casi imitaban plegarias u oraciones religiosas, su simplismo expresivo y mental. Sus bodas “blancas” de Baudelaire con Ripalda. (Entre indignado y lastimero, dio acuse de recibo a estos reproches desde 1910, en un párrafo de Juana de Asbaje.)

EL BACHILLER
Siempre se ha sabido, sin embargo, que hay varios Nervo; que tiene textos difíciles e inteligentes, de notables audacias culturales y estéticas. Uno de estos “otros Nervo” es el narrador de muchos cuentos y “novelas”, en realidad relatos largos, como “El bachiller”, “El donador de almas”, “Pascual Aguilera”, etcétera.
Aunque estos cuentos también se dirigen principalmente al gran público (con frecuencia se publicaron en revistas, periódicos y ediciones importantes), y no a minorías muy avanzadas, muestran a un Nervo más complejo, culto y divertido que el de los poemas famosos. Trata de ser libertino, espiritista, diabolista, sarcástico, decadentista y algo “inconveniente”. Todo un mundo sensorial y mental, que se interesa incluso en la ciencia y en la ciencia ficción (una operación quirúrgica concede al paciente la posibilidad de ver el futuro, lo que le echa a perder la vida, en “El sexto sentido”).
“El bachiller”, por ejemplo, narra la aburrida historia del seminarista que se debate entre la castidad y el deseo de mujer, sólo que se resuelve con un final desaforado: el seminarista trata de escapar de su conflicto con el recurso del teólogo Orígenes: la castración. Pero a diferencia de otros modernistas, que encontrarían en la mutilación de los genitales una gran oportunidad para muchas “misas negras” (dirigidas al deleite exclusivo de iniciados, en revistas y libros marginales), Nervo recuerda que está escribiendo para un amplio público asustadizo, y narra elípticamente el hecho. Tenemos al seminarista asaltado por los besos de la mujer deseada:
         “Había caído de sus rodillas, con sus ropas, el cuaderno que leía, y la palabra Orígenes, título del capítulo consabido, se ofreció a un punto de su mirada. Una idea tremenda surgió entonces en su mente... Era la única tabla salvadora... Asunción estrechaba más el amoroso lazo y dejaba su alma en sus besos. El bachiller afirmó, con el puño crispado, la plegadera, y la agitó algunos momentos, exhalando un gemido. Asunción vio correr a torrentes la sangre...”, etcétera.
“El bachiller” fue uno de los primeros escritos famosos de Nervo, y acaso el único que atizó el escándalo público en quien se creería ahora el menos escandaloso de nuestros autores.

AVES DEL PARAÍSO
A caballo pues entre las audacias de la nueva cultura francesa y del más radical modernismo hispanoamericano, por una parte, y la cultura social (parroquial y espesa) de su público, por la otra, Nervo publicó miles de páginas. Es mucho más abundante su prosa que su poesía (de cualquier modo muy voluminosa, especialmente en la última década, cuando dijo que sólo deseaba el silencio). E indudablemente mejor, aunque la memoria popular haya privilegiado durante un siglo una veintena de sus poemas más religiosos, patrióticos o románticos.
Mucho le ayudaron, en México, el canto a los héroes; y en el extranjero, la tragedia lírica de su viudez, como el Orfeo en busca de La amada inmóvil, así como sus pretensiones de filósofo popular, al mismo tiempo católico y budista: buena parte de los poemas de su última década son lecciones simplificadas de filosofía estoica, indostana y cristiana para el lector sencillo que no podía descifrar tratados.
“Mejor” la prosa, porque en relatos y crónicas Nervo se siente más libre y encuentra mejores oportunidades de desarrollar sus preocupaciones e intereses intelectuales y estéticos. No iban a ser necesariamente memorizados por las señoritas de buena sociedad, quienes de cualquier manera se asomarían a ellos, por lo que habría que tenerles cierta consideración, pero limitada. En muchos de sus poemas, en cambio, jamás se apartaba de su vista, en primer plano, el inmenso coro de escolares o señoritas de buena sociedad a punto de memorizar “un nuevo poema de Nervo” para la próxima ceremonia o tertulia. Quizás aspiró también, en su última etapa, a compartir el prestigio de los devocionarios, de los Ejercicios espirituales o La imitación de Cristo de Kempis: escribir poesía de edificación devota. Lo logró durante muchos años.
La verdad es que, a pesar de todo, siempre resulta un escritor excelente. El don de la lengua literaria se le dio con esa naturalidad abundante y precisa, casi biológica, que vemos en Reyes o en Paz. Así como le fluye, límpida y memorable, la versificación, deja correr la prosa con una musicalidad y una exactitud sorprendentes, incluso o sobre todo cuando escribe de prisa y sobre casi nada, en crónicas y artículos. Sencillamente no sabe escribir mal:
“Para escribir un artículo no se necesita más que un asunto: lo demás... es lo de menos. Hay en esto del periodismo mucho de maquinal. Lo más importante es saber bordar en el vacío, esto es, llenar las cuartillas de reglamento con cualquier cosa. El periodista que es hábil en su métier [oficio], de nada, como Dios, hace un mundo de artículos... Prometedme un asunto diario, y en nombre de mi conocimiento del ‘oficio’ os prometo un artículo diario; advirtiendo que no se necesita un gran asunto. Dénmelo ustedes mediano, grande o pequeño, que el artículo saldrá... Desplúmese, por curiosidad, un ave del paraíso, y véase lo que queda. Así, exactamente, son muchos artículos de esos que divierten y aun encantan: aves del paraíso multicolores. Arranquen ustedes las plumas y hallarán... nada entre dos platos”.
Lo dicho: como si nada, al correr de la pluma, “aves del paraíso multicolores”. Tal es la prosa de Nervo, y el placer de su lectura, intenso frente a la página, y luego difícil de explicar o analizar en un comentario crítico. Su gran tema es su gran lenguaje. Y cuando hay que “fusilarse” parcialmente otra obra, lo hace con toda tranquilidad, sin correr el trámite de mencionar la fuente: que el lector enterado disfrute el juego; así, por ejemplo, retoma el fusilamiento trucado de Tosca, y con título y todo “La novia de Corintio” de Goethe. Hay muchos préstamos de Verne y Wells en sus incursiones de ciencia ficción aplicadas a la conciencia humana, a los viajes en el tiempo, a la inmortalidad, a existencias o personalidades múltiples o paralelas.
Resulta uno de los prosistas de su tiempo que menos ha envejecido, acaso por esa inestable distancia hacia el lenguaje preciosista del modernismo, por esa relativa fidelidad al habla común del público (como publicaba mucho en España, su prosa se llenó de españolismos, como los “magüer” o los “la habló, la dijo”); por su deseo de claridad y de amenidad: por su compromiso parcial con el público “filisteo”, que le impidió las extravagancias estetizantes del modernismo que muy pronto pasaron de moda. No suena hoy tan fechado como el Azul de Rubén Darío o La guerra gaucha de Lugones.
Como estos autores, sin embargo, influyó más en el verso que en la prosa por su extraordinario oído para el metro y su empeño y su facilidad para reciclar y combinar todos los metros conocidos en la versificación española y algunos de otras lenguas romances; tanto más si se considera que fue el modernismo hispanoamericano el último momento en que la poesía castellana otorgó prioridad a la música: al metro, al ritmo y a la rima, disciplinas en que Nervo resultó un artífice prodigioso. Después de él, el culto de la-metáfora-por-la-metáfora-misma tiranizó la poesía, como se observa ya en sus sucesores inmediatos: Ramón López Velarde y Alfonso Reyes. Lo mejor de  Nervo era la suntuosidad sonora; de ahí la pobreza de los poemas últimos en que se despojó de la artesanía del metro.
Su periodismo –“aves del paraíso, fuegos fatuos”- es aun mejor, a ratos, que la prosa de los cuentos, y revela al hombre cultísimo (Zola, Mallarmé, Wagner, Nietzsche, William James, Bergson, D’Annunzio, Maeterlinck, Francis Jammes, H. G. Wells, incluso Picasso y Eldgar) que intenta esconder en la mayor parte de su poesía “simple”.
El prosista formidable, hoy en día sólo para iniciados, es uno de los “otros Nervo” que el lector puede encontrar en las Obras completas, Ed. de Francisco González Guerrero y Alfonso Méndez Plancarte, con sendos ensayos preliminares (Editorial Aguilar). (Entre los estudios de su obra está el clásico de Alfonso Reyes: Tránsito de Amado Nervo, en sus Obras completas, Fondo de Cultura Económica; y la revisión académica de Manuel Durán: Genio y figura de Amado Nervo, Buenos Aires, Eudeba, 1968).

EL DONADOR DE ALMAS
“El donador de almas” figura como uno de sus relatos más risueños. Entreveo en esta broma astrológica y hasta cabalística la sonrisa “zumbona” de Anatole France (que se delata aún más claramente en “El ángel caído”). Es uno de los varios relatos espiritistas, que incluso podríamos llamar fantásticos, erigiendo así a Nervo en un caso raro dentro de una literatura, como la mexicana, tan sometida al realismo.
Un hombre, médico de profesión, se enamora del alma de una mujer. La mujer está físicamente recluida en un convento, pero cae dormida y su alma escapa y va a enamorarlo. El hombre la entretiene un día demasiado, de modo que el cuerpo de la recluida muere en el convento, y queda el alma flotando en el espacio, urgida de otro cuerpo en qué sustentarse, o se desvanecerá sin remedio. No hay cuerpo a la vista donde alojar al alma amada y desesperada. El hombre le ofrece entonces la mitad de su cerebro.
¡Por fin se consuma el Arquetipo! El Andrógino platónico, el Hermafrodita original, el hombre-mujer, la pareja en una sola entidad, la unión perfecta. Pero empiezan a aparecer ciertos inconvenientes: por ejemplo, la tentación de realizar físicamente ese amor, pero en un solo cuerpo. El “místico” Amado Nervo se encuentra en el brete de narrar estas “dos almas en un solo cuerpo”, que se regodean en la vulgar e innombrable masturbación. Habrá que contarlo todo con prudencia y elipsis.  A Nervo nunca le falta ingenio:
         “No hay manera de expresar el contentamiento y deleite de los dos hemisferios del cerebro del doctor. ¡Se amaban! ¡Y de qué suerte! ¡Como a nadie que no sea Dios le ha sido dado amarse en toda la extensión de los tiempos y en toda la infinidad del Universo mundo! ¡El doctor era, en efecto, como un dios! ¡Se amaba de amor a sí mismo! [...] Cierto, algunas veces, tales y cuales miserias fisiológicas ruborizaban al doctor por ministerio de su semicerebro”.

NARRACIONES Y POEMAS EN PROSA
El Nervo narrador gravita en torno a Maupassant (v. gr. el adulterio como surtidor de diversiones, en “Una mentira”), a Anatole France, y hasta, por desgracia, a Paul Bourget (la manía de “psicologizar” a sus personajes, mediante meros juegos de palabras, algo pedantescos).
Pero es un conversador fascinante y humorístico. No se adivina tal vocación por la travesura, los juegos impropios, las ironías libertinas en sus “tan sentidos” poemas. Por ello gana en los relatos largos. Cuenta incluso con relatos históricos: “Mencía”, en ciertas ediciones titulado “El sueño”, que es al mismo tiempo un juego calderoniano sobre el trueque de sueño y realidad, un viaje al pasado o desde el Toledo del Greco y Felipe II al siglo XX, y un alarde de erudición y virtuosismo en filología y cultura hispánicas; con curiosas invenciones de algún Mefistófeles dedicado al bien como “acto gratuito” (“El diablo desinteresado”); con apologías del peligro como “El diamante de la inquietud”, donde se postula que toda la dicha humana reside en su precariedad: el goce seguro y durable no constituye felicidad alguna, sino ennui, spleen; y extrañas incursiones en los terrenos de la personalidad o conciencia doble o múltiple (“Amnesia”).
En los relatos largos, que llama novelas pero que son cuentos que el lector alcanza cómodamente a disfrutar de una sola sentada, puede permitirse todo tipo de ires y venires verbales; y se desvanece un tanto en los cortos (Cuentos misteriosos, así como “poemas en prosa” dispersos en varios títulos misceláneos), más restringidos a la viñeta simbólica o fabulesca, más próximos a sus poemas, o las parábolas de un Nietzsche, de un Tagore, de un Gibrán Jalil Gibrán, de Pierre Louys, o del Gide de Los alimentos terrestres, con sus aires de profundidad a ratos dudosa mediante enigmas preciosistas.
“Prosas poemáticas”, dirían los académicos cursis. Son las que Manuel Durán, pasándose de listo, privilegia en su fastidiosa “antología” de Cuentos y crónicas de Nervo, que parece compuesta adrede para ahuyentar a los lectores. Error: Nervo es mejor narrador cuando poetiza menos: cuando construye anécdotas y crea personajes enteros, y trama, describe y bromea sobre material menos lírico o simbólico. Como en tantos simbolistas y surrealistas, también en él la “prosa poética” se antoja a ratos una forma pretenciosa de la charlatanería espiritualoide. Also sprach Nervo. (“Metafisiqueos” la llamaba él mismo.) Y por lo demás, no la necesita en cuanto narrador: sabe contar muy bien una historia propiamente dicha, y tiene una decena de relatos largos excelentes. Queden las parábolas y viñetas simbólicas para su poesía “espiritual y profunda”.
De cualquier modo, en todos sus textos narrativos, como en sus artículos y crónicas, fluye numeroso y feliz el genio de la lengua, como no se había visto antes en la literatura mexicana, salvo Gutiérrez Nájera.

PASCUAL AGUILERA
“Pascual Aguilera” me parece el relato más logrado. Sus escenas rancheras asombran por su facilidad. Retratos al natural precisos y rápidos. Se acercan al ideal, tan buscado en el siglo XIX, de narrar como idilio la vida de un rancho o de una hacienda. Aquí se permite Nervo dos momentos escabrosos.
Ha muerto el hacendado, dejando como herederos a un muchacho de incontrolable lujuria y a la viuda devota, aún joven, su madrastra. Como un anticipo de Allá en el Rancho Grande, el chamaco hacendado trata de arrancarle la primicia a una preciosa ranchera que está a punto de casarse con un trabajador de la hacienda. La muchacha se defiende y salva su honor, pero luego, recordando los forcejeos furiosos del fallido violador, conoce a solas su primer orgasmo, en plenas vísperas de su boda:
         “Refugio volvió a la cama y se echó en ella sollozando. Diría todo a Santiago [su novio]... Pero no se lo dijo. ¿La hubiera él creído ilesa? Ya libre de todo riesgo, sola ya, su carne se rebeló empero de un modo extraño, y el recuerdo de la brutal audacia que estuvo a punto de hacerla víctima, fue un excitante poderoso. Si en aquellos momentos hubiera vuelto Pascual, habríala poseído. Sus deseos indefinidos de virgen tumultuaban por el brusco sacudimiento despertados... Las repugnancias que Pascual le inspiraba desaparecían. Continuaría odiándole mañana, mas ahora le deseaba; revolcábase en el húmedo lecho, dolorida y anhelosa, paseando por su cuerpo las manos temblorosas con suaves e inconscientes caricias. Y aquella noche Refugio tuvo la primera revelación del amor...”
         El novio de la chica era un ranchero fornido, guapote, casi Tito Guízar. No había modo de enfrentarlo físicamente. La viuda virtuosa, además, se interponía como la fiel protectora de Refugio. Pascual Aguilera debió asistir, impotente y pálido, a toda la boda ranchera, minuciosa y magníficamente narrada, con platillos regionales, jaripeos y jineteadas, jarabes y zapateados.
Pero en la noche, desde su ventana, Pascual divisó la cabaña semialumbrada donde se consumaba la boda; y fuera de sí, rabioso de lujuria y despecho, loco y ciego, asaltó a la única mujer a la mano: la viuda virtuosa, su madrastra. No le quedó a Nervo otro recurso, después de este arrebato, que matar al lujurioso, quien sucumbió en cuanto consumó sus furias nada menos que por toda “una hemorragia cerebral con inundación ventricular, ocasionada por alguna intensa conmoción fisiológica debida a la histeria mental”, y dejar a la viuda llorando a mares en el confesionario.
         Probablemente Amado Nervo jamás escapará de los emblemas, tan simplotes y tan queridos, de la veintena de poemas popularísimos que toda Hispanoamérica ha memorizado y declamado durante un siglo. Pero en sus gruesas Obras completas nos aguardan los “otros Nervo”, sorpresivos y estimulantes. Menos devotos y sermoneadores. Menos recitadores de Kempis. Con menor turismo teosófico. Menos cerradores de ojos ante la vida por “miedo de amar con locura, de abrir mis heridas que suelen sangrar”. Menos llorón o azucarado y más capaz de sonrisas y hasta de carcajadas mefistofélicas. Mucho más complejo y terrenal. En su prosa no aparece tanto ese “melancólico caballero del Greco”, como pretendía definirlo Tablada, sino un jocundo aventurero de muchas vidas.
Se alza, sin duda, como uno de los autores más dotados de toda nuestra historia literaria. Acaso ya sea tiempo de que la opinión culta le levante el castigo o el ninguneo con que se le ha cobrado su desmesurado, ciertamente abusivo, éxito popular. Pocas veces la lengua castellana se ha visto más rica y feliz en México que en los variados escritos, desde luego siempre sujetos a polémicas parciales, de Amado Nervo.


martes, 1 de noviembre de 2016

VASCONCELOS

VASCONCELOS REVISITADO
POR JOSÉ JOAQUÍN BLANCO
(Prólogo a la edición de Los Imprescindibles, en Ediciones Cal y Arena)                                                                  
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El más importante e influyente de los intelectuales mexicanos, José Vasconcelos (1882 -1959), dio su primer grito de guerra, de rebeldía totalizante, con una convocatoria al antintelectualismo. Un antintelectualismo muy intelectual: el de Nietzsche, Schopenhauer, Wagner, Bergson, sus inspiraciones de toda la vida. En 1910 pronunció en el Ateneo de la Juventud la conferencia “Don Gabino Barreda y las ideas contemporáneas”, texto en el que se ha querido ver una liquidación del positivismo.
En realidad, salvo señalamientos menores y laterales, Vasconcelos no enjuicia tanto el positivismo mexicano en ese ensayo, ni denuncia las supersticiones comtianas de lo mesurable y comprobable, ese “método” de botica del conocimiento domesticado; ni las spencerianas de la superioridad racial, ni tantas otras como la aspiración a la superioridad social o a la rentabilidad económica sobre cualesquiera otros aspectos sociales, culturales o políticos, que fueron lo más visible y pernicioso del positivismo mexicano (y que a pesar de Vasconcelos, sobreviven tan campantes en el siglo XXI). Lo que fustiga ahí realmente es el conformista aparato del intelectualismo, el racionalismo, las supersticiones de la conciencia y del conocimiento del siglo XIX, que propiciaban una vida servil, limitada, ciega, vulgar, resignada, apoltronada (y que también, a pesar de Vasconcelos, gozan de cabal y renovada salud en nuestros días). El joven Vasconcelos desbordaba sus lecturas de Schopenhauer, Nietzsche, Bergson.
Lo que ahí propone es una fuga apocalíptica o una superación wagneriana de la conciencia y la cultura rumbo a categorías que todavía no llama con todas sus letras El Espíritu Santo, pero a las que alude como:  energía, vitalidad, espacios sin confín, libertad, ideal, universalidad etérea, poderoso desinterés, alto desdén, firme indiferencia, fulgor de grandeza serena, aventura sin cálculo y sin fin; y a las que no cree exitosas: las ve con “una emoción de catástrofe” que permite al hombre, así fracase, y el fracaso está garantizado, aspirar al Deseo y a lo Inaprensible. Prometeo, Zaratustra, Buda, Cristo, Quetzalcóatl, sus númenes de toda la vida.
Lo único importante era, pues, el instante humano de esa suicida rebeldía prometeica, de esa aspiración a lo absoluto, al espíritu, a la energía, al cosmos, a Dios o a los dioses, y luego la gran caída definitiva para reintegrarse en el cosmos panteísta –todos-somos-Dios-en-todo-desde-y–para-siempre- que fue su verdadera religión. No se trataba pues de proponer una filosofía practicable, eficiente, rentable y exitosa, sino una filosofía del sacrificio total a cambio de la experiencia de la vida como una breve y fatal aspiración a niveles superiores de existencia, de potencia o de voluntad, incluso a lo sobrehumano.
La finalidad del hombre y de la humanidad era sólo conocer esos instantes eternos de reto a su condición, de precipitación en el absoluto. Esos instantes eran la eternidad, esas catástrofes eran el éxito, esas muertes eran la vida. Sólo así se había vivido. Sólo así se había existido. No se oponía Vasconcelos únicamente a la mera visión utilitaria y cortoplacista de las recetas científicas y mercantiles de sus mayores, sino que a la sociedad y al individuo les exigía la sed de lo absoluto, de lo azaroso, de lo inagotablemente intenso, de lo inmortal, casi de lo divino. Se diría un hambre de autoexterminio a cambio de la experiencia de haberse atrevido a momentos de una vida alzada a su mayor potencia. Gólgota y Götterdämmerung, ascenso y derrumbe de Prometeo y de Quetzalcóatl, negación y plenitud del Buda.
El Zaratustra de Nietzsche ya aleteaba pues al lado de Vasconcelos en 1910, como lo haría hasta su muerte, un poco disfrazado de San Juan el Apocalíptico. En efecto, en 1957, a los 75 años, recoge en su recopilación de ensayos En el ocaso de mi vida un artículo curioso, “La B-H”, la bomba de hidrógeno, donde celebra que la fuerza o la energía nucleares, que al fin y al cabo no son sino otros nombres de ese viejo espíritu: el fuego, esté a punto de consumir y purificar el fallido experimento humano, a la sazón corrompido por “el comunismo, el humanismo y la mezcalina”, y así liberar el alma y el espíritu, “con un grito de júbilo”, del Anticristo Moderno rumbo a nuevos mundos o universos depurados, finalmente liberados y entregados a un nuevo ciclo del cosmos, del espíritu, de la divinidad o de la energía. La bomba de hidrógeno era la oportunidad de la humanidad fallida de 1957 de convertirse en un nuevo cosmos redimido por el fuego. En un nuevo avatar de ese universo-que-es-los-hombres-que-son-el-espíritu-que-es-Dios-que-es-Espíritu-Santo-donde-todo-y-todos-seguiremos-existiendo-eternamente-a-pesar-de-nuestra-insignificancia-y-pequeñez. Delirios, terrores y esperanzas de la guerra fría. Pero no exagera más que el Apocalipsis del seudo-san-Juan, que es un libro canónico.
         He querido acentuar uno de los primeros y uno de los últimos textos de Vasconcelos, para marcar la gran línea melódica invariable de su vida, a pesar de las teorías de los “varios Vasconcelos” y de sus múltiples sobresaltos ideológicos. El tema que la rigió; lo demás son variaciones. Desde un principio y hasta el final sus paisanos, tan sensatos y generalmente tan mediocres, acusaron a tal actitud de disparatada y de extravagante. Ya sabemos que los sensatos y los mediocres siempre se llevan las palmas de la sensatez y de la mediocridad. (Y de cualquier modo, precisamente a lo mismo pretendían aspirar muchas veces Caso y Reyes.) También la elogiaron como genial, inspirada, sublime, generosa, palabras que suenan mucho y cuestan poco, y que funcionan como homenaje ready made para todo mundo. Importa aplicarla al hombre que las enunció como programa de personalidad y de vida, y que explican en mucho tanto sus arrebatos portentosos de pensador, de educador y de político, como sus caídas biográficas e ideológicas. Tuvo sus precipitaciones a lo más alto y sus despeñaderos en catástrofe. Sus malquerientes suelen carecer de lo uno y de lo otro.
2
Varias veces asentó que su mayor exigencia como autor era seguir siendo leído durante cincuenta años. Llevamos más de un siglo leyéndolo. En parte, justo es decirlo, por el aura de su personalidad, por su mitología, por sus méritos y leyendas como educador y como rebelde político. Vasconcelos es un autor que siempre ha sido mucho más que sus textos; el personaje los ha sobrepujado y potenciado a menudo. Y en gran medida, son el asunto y la música misma de su literatura. Y también en gran medida, queremos a Vasconcelos precisamente por esos “disparates y extravagancias” sin las cuales no se explican, pero para nada, sus redentorismos culturales y políticos de los años veinte. Entreveo cierta inconsistencia en quien admira a Vasconcelos precisamente por esos entusiasmos delirantes y a la vez se los echa en cara.
Pero también se le ha leído por su escritura, y especialmente por uno de los libros más felices de nuestro siglo XX y de toda la bibliografía de memorias en castellano: el Ulises criollo (1935). Leemos en ese libro una representación apasionada de su infancia, de su familia, de los amigos, la escuela, los primeros amores; de la capital y la provincia, la frontera norte y las orillas del mar; del México porfiriano en que creció y se formó, de los paisajes, costumbres, ideas y emociones que lo conformaron hasta la muerte de Madero, cuando cruzaba la linde de sus treinta años de edad. No caben en ese libro sus escenas de bravura de educador y político protagónico, reservadas a los otros tomos de su autobiografía, pero ya está en él, más completa y vigorosa que en cualquier otra parte, su voluntad de reinventarse, de crear imaginativamente su memoria y su personalidad, su voz y su lenguaje.
Un poco para embromarlo, para atacarlo o para celebrarlo, se ha calificado como “novela” este tomo autobiográfico, como también se ha llamado “novela” a su Breve historia de México (de la que también se dijo –dizque un tal Octavio Guzmán, agazapado en el seudónimo Mateo Podán- que ni era breve, ni era historia, ni era de México; y en cierto sentido…) Un mínimo pudor de justicia debe reconocer que Vasconcelos, sean cuales fueren sus juicios y comentarios, no miente en los hechos. Sus memorias son auténticas y fieles memorias. Pero los tomos autobiográficos, como también sus títulos históricos y filosóficos, tienen mucho de novela en cuanto a la “voluntad” intelectual y estética que “representa” una realidad acatada. (“Voluntad”, “Representación”: Schopenhauer).
Podríamos decir que sí tiene mucho de novela de aventuras esta saga frenética, hiperestésica, radical, de un hombre en busca de sus hazañas-inmolaciones a lo ideal, a lo generoso, a lo intransigente, incluso a lo sobrehumano. Nos cuenta Vasconcelos quién fue y también la gran parábola de quién y de qué modo quiso ser; narra su vida real como si fuese imaginaria y se entrega a su personaje como a un avatar de Ulises, o de los seres imaginarios de Balzac, Dickens, Tolstoi, Dostoievski…
Escrita en un estilo rápido, casi periodístico –pero de un periodista que se sabía su Platón y su Nietzsche al dedillo, y que había sido formado por oradores célebres, lo que significa mucha música y contundencia en la prosa… y mucha manipulación, je, del auditorio--; desdeñoso de la mera literatura pero no de ciertos vuelos declamatorios, Vasconcelos escribe no como estaba codificado que debía escribirse la “buena” literatura, sino como quiso escribir; es decir, sin renunciar ni a su realidad ni a su alterego imaginario o mitológico. No hay un narrador especial (archiliterario o estetizante) para el Ulises criollo, a la manera de la prosa ultraliteraria de sus amigos Reyes, Guzmán, Torri: es el mismo narrador de los discursos de educador y de político, y del curioso filósofo que siempre trata de reducir todas las novedades del pensamiento y del conocimiento modernísimos a las pautas clásicas de Platón, de Plotino, del evangelio, de Buda, de Nietzsche y de la literatura budista o neobudista por entonces muy de moda por la concesión del Premio Nobel a Rabindranath Tagore.
¿Unas-memorias-que-parecen-ensayo-que-parece-artículos-filosóficos-o-políticos-que-parecen-novela? Todo eso y mucho más explican su éxito tan inmediato, tan vasto y tan  perdurable. Estas “impurezas” de tono y de género, estos mestizajes, esta voz miscelánea, que a ratos fueron consideradas como imperfecciones, en realidad son su perfección: son la voz precisa del hombre real y del alterego imaginario y mitológico que las escribió.
Suena chistoso que al otro gran libro de memorias de la literatura mexicana, las Memorias de mis tiempos de Guillermo Prieto, se le hayan hecho reparos semejantes. Pero un libro de memorias no es sólo la representación o escenificación verista de los recuerdos, sino sobre todo la voluntad, la creación voluntarista del autor sobre ellos, la conversión del relato en su propia voz, su propia mitología, su propia parábola. Prieto supo que su destino literario era trabajar como la voz y la imaginación y la mitología de Guillermo Prieto, y no a partir de otros códigos; lo supo asimismo Vasconcelos, quien no suele apreciar a Prieto. Hay una tercera gran autobiografía de la literatura mexicana, semejante en cuanto mezcla de géneros, recreación del yo real por el alterego imaginario-mitológico y la composición de un lenguaje único y misceláneo –ensayo, memoria, diatriba, defensa, lamentación, relato-, inventado expresamente para ese libro: la Respuesta a sor Filotea de la Cruz, de sor Juana.

3
Aunque ha conocido épocas y episodios de cierto desprecio y marginamiento político, académico, literario, mediático, en realidad Vasconcelos nunca ha sido ni desvalorizado ni revalorizado. Empezó desde lo alto, con sus amigos del Ateneo, en una de las pandillas más brillantes de toda nuestra historia cultural: Caso, Henríquez Ureña, Reyes, Martín Luis Guzmán, Torri, González Martínez, un parnaso como de veinte próceres, todos de mármol. Durante las épocas de persecución o menosprecio (especialmente durante el “pelelismo” callista, cuando se le insultó en un divertido mural de Rivera y se borró su retrato de un mural meramente decorativo de Montenegro), no escasearon ni las voces autorizadas ni las voces populares entre sus groupies… Pienso en Mariano Azuela, en Carlos Pellicer y otros Contemporáneos, en Alejandro Gómez Arias, en Manuel Moreno Sánchez, en Mauricio Magdaleno, en Andrés Henestrosa, en Luis Cardoza y Aragón…
Mi maestro Juan José Arreola recitaba de memoria, prácticamente levitando, con una dicción devota y en trance, los “Himnos breves”, como si se tratara de un salmo bíblico. Mi maestro Arturo Sotomayor nos decía, en pleno movimiento estudiantil de 1968, que no importaba tanto estar o no de acuerdo con sus extravagantes “vasconceladas”, que lo esencial era que “él sí había sido todo un hombre”, y que en su tiempo no había habido dos como él ni en la cultura ni en la política mexicanas. En mi casa siempre hubo libros de Vasconcelos que solían armar buenos debates en las sobremesas, y ése quizá marque el recuerdo cultural más remoto de mi infancia: discusiones acaloradas de los adultos, con intervalos de risas, sobre si Vasconcelos esto o Vasconcelos lo otro. Años después, por carta, mi padre cubano me comentaba sus recuerdos de la lectura de Ulises criollo durante su estancia en México. Una  bibliografía de encomios (y claro, de vituperios) sobre Vasconcelos se postularía infinita.
Sobre estas supuestas devaluaciones o revaloraciones deben señalarse, sin embargo, dos hechos duros: 1) Precisamente durante el cardenismo se publicaron y circularon exitosamente en México no menos de una docena de sus nuevos libros más aguerridos, incluyendo los cuatro tomos autobiográficos clásicos (el quinto, La flama, es muy posterior y casi postizo) y las primeras versiones de la Breve historia de México, y todos los antiguos. Fue con el presidente Cárdenas cuando regresó de su exilio. Se le atacó mucho en esa época, en la prensa y en medios oficiales, pues evidentemente la metralla de sus libros no iba a quedar sin respuesta, pero se le otorgaron enteras la libertad de expresión y de regresar al país. Fue el mayor bestseller de la época cardenista: docenas y docenas de miles de ejemplares. ¿Qué mejor homenaje pudo hacerle el presidente Cárdenas, a quien sin embargo Vasconcelos continuó atacando toda la vida? A partir del régimen de Cárdenas no se puede sostener que Vasconcelos fuese perseguido ni censurado. Sólo fue proscrito durante el “pelelismo” de los “títeres” de Calles (Portes Gil, Ortiz Rubio, Abelardo Rodríguez), 1929-1934, y simbólicamente –no se le desterró: se trató de un autoexilio, y no se prohibieron sus escritos ni se le abrió expediente penal por sus desacato y rebeldía frente al resultado electoral; aunque, claro, el riesgo existió- y sólo por su radical actitud de erigirse en el presidente “legítimo” en el exilio y reclamar enterita la presidencia. En el extranjero, desde sus embajadas, los diplomáticos mexicanos del “pelelismo”, como su viejo amigo el embajador Alfonso Reyes (Argentina y Brasil) y su no tan amigo pero de cualquier modo viejo colega el embajador Enrique González Martínez (España), combatían oficial y oficiosamente los “embustes” y “delirios” del “disparatado, chiflado” Vasconcelos.
En cambio, 2) La revaloración mediática y académica de Vasconcelos, por parte de la reciente derecha política, como enemigo de la revolución mexicana y del PRI, y su invención como improbable barón del Partido Acción Nacional, que se difundió a partir del régimen del presidente Miguel de la Madrid, fue un mero oportunismo político del nuevo rejuego de partidos y falsificó el perfil de Vasconcelos como el de un tecnócrata-demócrata a la manera del nuevo PAN o del PRI de la decadencia, cosa totalmente irreal. Lo usaron los panistas para prestigiar su considerable codicia no sólo política, también codicia de muchos millones.
Siempre he visto en Vasconcelos al deturpador de don Porfirio, al seguidor de Madero, al político-guerrillero de la Convención; al pasajero socio de Villa (y de muchos villistas y zapatistas, y hasta de más de un carranclán, como su querido adversario Luis Cabrera); al seguidor, admirador y compadrísimo de Álvaro Obregón, al compañero de gabinete de Calles. Estuvo pues más que integrado en la familia revolucionaria, y sobran los documentos, las fotos y hasta los filmes que lo demuestran.
Si bien luego, en el “pelelismo”, denunció ejemplar y a ratos heroicamente, la dictadura y las matanzas de los caudillos y caciques en el poder -sus compadres y socios de apenas ayer-, y los enfrentó en unas elecciones que se resolvieron como un fraude escandaloso (suficiente acaso para anular los comicios, pero no tanto para como declararse súbitamente vencedor, ni con mucho), no se integró entonces a la derecha anti-PNR, ni apoyó a los cristeros, ni al clero, ni a los militares rebeldes de 1929. Tampoco formó parte de los fundadores del PAN.
Fue simplemente un renegado y desertor de la revolución, que se mandaba y bastaba solo, con sus muchachos y sus humildes campesinos, algunas decenas de miles, pero no cientos de miles. Sus seguidores no fueron los derechistas, los ricos ni los mochos, sino los estudiantes, los campesinos y las clases medias que simplemente querían una vida sin matanzas ni autoritarismo político, y veían en él a un civil honrado, generoso y culto.
A su regresó al país ocupó un buen lugar dentro del banquete oficial de Ávila Camacho y de tres presidentes del PRI (Alemán, Ruiz Cortines y su amado discípulo López Mateos), quienes no le escatimaron los más altos y generosos honores, puestos y favores oficiales. Por lo demás, la arcaica derecha mexicana, mientras Vasconcelos vivió, sólo utilizó lateral y casi vergonzantemente algunas de sus estruendosas andanadas contrarrevolucionarias, fascistas y antizquierdistas, pero nunca quiso ni pudo incorporarlo abierta y formalmente a sus filas. Se trataba una arcaica derecha modosita, acomodaticia y negociadora, en sordina, que hacía mucho dinero a la sombra y con la colaboración de su dizque deturpado PRI:  Vasconcelos le resultaba extremadamente incómodo y peligroso por su escandaloso pasado-presente de conflictivo, estridente, adúltero público (exhibicionista) y nietzscheano. Cuando a través de la católica Editorial Jus, la Iglesia quiso aprovechar su literatura como mera propaganda ideológica, e imponer algunos de sus libros como textos escolares en instituciones religiosas, le exigió “expurgarlas” de expresiones sensuales como “senos turgentes” para no escandalizar a la mochería. Por lo demás, buena parte de sus inspiraciones “indostanas”, nietzscheanas y germanófilas resultaban flagrantemente heréticas y paganizantes para el clero, quien ha llenado su Index de libros prohibidos con inspiraciones muy parecidas a las suyas, y se castigaba su lectura con la excomunión.
Vasconcelos pues en vida resultó extremadamente incómodo también y sobre todo para la derecha, el clero y la figura pública de los grandes empresarios que no dejaban de hacer abundantes negocios con el régimen; de modo que se refugió a sus anchas en las administraciones culturales priístas donde, también algo incómodamente, se le brindaba un ceremonioso respeto como a exprócer genial, aunque ya algo chocho o chiflado. Y por lo demás, desde su pedestal de sabio oficialmente consagrado, despotricaba cuanto quería y contra quien quería no sólo en libros de gran venta sino en la prensa nacional de mayor tiraje, y también en la radio e incluso en la televisión (subsiste algún video).
Resulta pues totalmente ilegítima y hasta cómica, entonces, la expropiación de Vasconcelos por parte del PAN (como se trató en tiempos de los presidentes Fox y Calderón y de sus fallidos secretarios de Educación, como Reyes Tamez, Josefina Vázquez Mota, Lujambio). Lo que hay es un seguro, demostrable, evidente, Vasconcelos antiporfirista, maderista, villista, obregonista, avilacamachista y finalmente torresbodetista, bien asentado, con vendettas y escándalos, tanto en la familia revolucionaria como en la postrevolucionaria, hasta su muerte a la que no le fue ahorrada ninguna celebración oficial.
La panificación de Vasconcelos sólo añade una escena de color tartufesco a la farsa del oportunismo político de los años recientes. Fue destempladamente, en sus últimos tiempos, un fascista, un clerical y un reaccionario escandaloso, jamás un derechista políticamente correcto. Su fantasma tampoco cupo en los oportunistas nichos prefabricados de la reciente derecha política. Nunca supo ni quiso ser hombre de nichos, ni de altares, ni de edificantes panegíricos de estampita. Bravo por él. Escribió en una carta de 1935 sobre la iglesia: “Me interesa que el país sepa mi distanciamiento absoluto del elemento clerical, no obstante mi convicción de que debe darse a los católicos todo el derecho que tienen como mexicanos y como católicos”. Luego diría otras cosas.
Cuando los neovasconcelistas me hablan con demasiado entusiasmo de Vasconcelos como de un “apóstol de la democracia”, pienso que sí, claro: la campaña de 1929. Habló entonces mucho de la civilidad y de la paz y de la reconciliación nacional y del voto y de sustituir a Huichilobos (los demás) por Quetzalcóatl (sólo él mismo), y de muchas cosas así, qué lindo (tan lindo que muchos estudiantes e incluso campesinos se abalanzaron, presas del gran entusiasmo, del “fuego sagrado” del absoluto, contra las bayonetas y la metralla), aunque de sobra sabía él –y lo reconoce expresamente en El proconsulado- que todo el aparato y la estructura electorales en que accedió a participar estaban abrumadoramente controlados y hasta físicamente manipulados por el gobierno enemigo (caciques y presidentes municipales que de propia mano cruzaban todos los votos de su distrito), y que las fuerzas fácticas (militares, empresarios, caciques, curas, obreros sindicalizados) le eran también abrumadoramente adversos. Lo sabía. No contuvo a sus muchachos ni a sus campesinos. Los azuzó más y más, y luego miró a otro lado. Como con Antonieta Rivas Mercado.
Pienso en todo eso. Y no lo olvidé cuando escribí en mi librito de 1977, Se llamaba Vasconcelos, ciertas críticas a la poca consideración que el candidato arrebatado, pero consciente de que su hazaña electoral era meramente testimonial y simbólica, y que no habría elecciones efectivas ni podría rebelarse, tuvo ante la sangre de los otros: sobre todo los campesinos iletrados y los estudiantes casi adolescentes que no se ahorraron caer asesinados por policías, soldados y sicarios.
Me lo han reprochado, para mi asombro, porque no hice sino repetir la crítica de sus más dilectos y leales seguidores, como Carlos Pellicer, quien escribió entre otras cosas en 1960, en su “Elegía apasionada”, al año de su muerte:
Último día de junio en que hace un año,
la muerte arrancó un corazón lleno de fama,
de quien nació para encender hogueras
muchas veces buenas, pocas veces malas.
Dios mío, perdónalo.
Te pido también por los que murieron por su causa.
Te pido también por la hermosa mujer
que se suicidó por él una catedralicia mañana.
¡Dios mío! Ten piedad de aquel hombre
que llevaba estrellas en las manos
y un jardín de lujuria en la cara.
Por su soledad llena de estrellas,
perdónalo, Señor.
Por la noble mujer que lloró tanto a su lado,
perdónalo, Señor.
Por su placer en las contradicciones,
perdónalo, Señor.
Cuando veo o escucho a los neovasconcelistas oficiales de la neoderecha inventándose no sé qué santón de cromo y hojalata de Vasconcelos, recuerdo a los diez o doce viejos vasconcelistas auténticos, de toda la vida, siempre cercanos al corazón del prócer, con quienes pude conversar largamente gracias a los buenos oficios de mi maestro Carlos Pellicer. ¡No se parecen en nada, pero en nada! Estos viejos que hacia 1974 ó 1975 me hablaron horas de su profeta, al que veneraban y amaban sin ahorro, no eran para nada complacientes con las caídas del prócer en llamas. Le censuraban su crueldad con sus seres más cercanos, como su primera esposa, sus amantes Elena Arizmendi y Antonieta Rivas Mercado, entre otras (Bertha Singerman supo resistirse); le censuraban sobre todo que no hubiese protegido la sangre de los otros, de los muchachos adolescentes y de los campesinos de 1929, a los que arengó para que se inmolaran, como si tuviese modo o intención de defenderlos. Para ellos el apóstol y el mártir se llamaba Germán de Campo, el joven estudiante vasconcelista asesinado cuando arengaba en pleno mitin.
A ellos, los vasconcelistas verdaderos de toda la vida, varios de los cuales lo dejaron claramente escrito en sus libros y artículos, no era tan fácil hablar de un apóstol y santón de la democracia en 1929; ni del desplante de erigirse en presidente “legítimo” en rebeldía y largarse al exilio en una especie de tour de conferencias, en lugar de quedarse como paladín de la oposición y de defensor de la sangre y del proyecto político de sus suyos.
Tampoco eran complacientes con de su nazismo, ni con su  estridente y tardío clericalismo postizo (en realidad, Vasconcelos siempre fue más bien agnóstico-panteísta, y mucho más platónico o plotiniano, o nietzscheano, o budista, que mocho: siempre puntualmente hereje por los cuatro costados), ni con su fascismo hispánico (su propaganda a varios dictadores de España y América, en nada menos censurables que los revolucionarios y “peleles” mexicanos, como Franco y Perón), ni de… Que no me hablen del intachable, del recto, del riguroso, del estricto. También tenía lo suyo de bribón. Y bastante.
Sabían que la veneración y el amor más acendrados y efusivos no se enemistaban con la verdad de los hechos, y con la crítica, y con la sangre derramada de otros vasconcelistas. También pues pienso en eso cuando me hablan de su santón de la neoderecha pergeñado en lustros recientes. Recuerdo de paso la sardónica ironía de Pellicer cuando señalaba que el estentóreo homófobo que fue Vasconcelos, se hizo ayudar por todos los príncipes de la jotería ilustrada mexicana –puro genio- para sus principales campañas: Pellicer mismo, Novo, Villaurrutia, Torres Bodet, Montenegro y veinte más. “Los maricones no lo escandalizábamos en absoluto. Nos quería mucho, uno a uno. Nos protegió, nos defendió, nos estimuló personalmente, uno a uno. Pero no soportaba la idea digamos platónica de la inversión. La idea abstracta, general, universal, de la Inversión le resultaba caótica.  Nada carnal le escandalizaba, las ideas sí. Así eran sus contradicciones”. Pienso en el instigador y protector de los Contemporáneos, clamando en La flama contra la Sodoma Cultural de sus exefebitos adorados, sus defensores y discípulos, que tan duro y tan brillantemente trabajaron para él y a quienes lastimó tan gratuitamente.
Pienso en el frío cálculo con que, en su momento, trató a los cristeros, a quienes no apoyó sino hasta la retórica caritativa de La flama (1959), treinta años después, para asaltar póstumamente el martirologio cristero. Pienso en los conciliábulos en California, entre el desterrado Calles y el autoexiliado Vasconcelos, para derrocar a Cárdenas y entronizar en la silla presidencial a un nuevo “pelele” de facto, legitimado por una farsa electoral al vapor: ¡Vasconcelos mismo! ¿Apóstol de la democracia? Por favor.
Pienso en eso. Pienso en las brillantes mujeres, intelectuales y feministas, a las que conoció y sedujo así: modernas y creadoras, y luego hirió y abandonó porque las hembras se le helaban cuando pensaban demasiado. Pienso en su vocería del nazismo, que luego ocultó aviesamente a su biógrafo judío Itzahak Bar Lewaw, quien sólo descubrió años después de publicar su libro, que su héroe de la libertad y del humanismo había sido todo un vocero de Hitler en México, y que sólo había suspendido su nazismo por órdenes tajantes del presidente Ávila Camacho (órdenes un poco de hecho, pues incluyeron la clausura del local de Timón, la revista nazi de Vasconcelos), al declararle México la guerra al Eje. ¿Santón de cromo y hojalata de la neoderecha legalista, electorera, beatona? Pienso en eso.
Pero sobre todo pienso en Chapultepec, a propósito de apóstoles de la democracia. Año de 1923 bien presente tengo yo: El secretario de educación, obregonista de hueso colorado, asciende en su automóvil oficial la rampa del Castillo rumbo a la residencia oficial para solicitarle al tremendo caudillo Obregón su favor para lanzarse como candidato del régimen a la gubernatura de Oaxaca. Debemos agradecerle a Obregón que tajantemente se lo negara. Convencido de que con los sonorenses no tenía otro futuro político que el de educador decorativo o promotor cultural, pero ninguna oportunidad real de poder político efectivo,  Vasconcelos renuncia en valeroso desplante a la secretaría (en El desastre dice también tuvieron que ver algún crimen político y el ascenso del grupo callista) y se erige, berrinchudo, en un inesperado y súbito periodista de oposición, bastante cauto por lo demás durante los primeros tiempos de su revista La antorcha… Si el caudillo Obregón le hubiese concedido el capricho (¿y qué le costaba? ¿cuántos cargos repartió a personajes menos calificados y menos queridos?) nos habríamos quedado sin “apóstol de la democracia”… y tal vez sin Ulises criollo.
“El general Obregón, que acababa de declarar que era genial mi obra educativa, decidió que a Oaxaca la gobernase un pobre sujeto que antes del año se retiró él mismo abrumado por la responsabilidad que el azar le echara encima. En privado se dijo que el general Obregón opinaba que yo era mucho para Oaxaca… Yo era un águila, afirmó, y Oaxaca me iba a resultar una jaula… Necesitaba yo más espacio para mis aptitudes. A los pocos días amigos comunes sugirieron que si yo pasaba por Relaciones a platicar con el ministro seguramente ahí encontraría una buena comisión en Europa” (El desastre, “Vidas fósiles”).
Una parábola. En el principio estaba Obregón. Fue su capricho nombrar a su amigo Vasconcelos primero rector de la Universidad y luego secretario, para lo que hubo que modificar la novísima constitución revolucionaria, que expresamente atribuía a los municipios la educación oficial, e inventar una Secretaría de Educación Pública federal, al gusto del nuevo ministro;  probablemente Obregón nunca se enteró del calado social de la labor de Vasconcelos, pero sí de su gran aceptación popular y de su deslumbrante resonancia internacional. Sobre todo consideraba a Vasconcelos un funcionario brillante, eficiente, honesto y confiable, que había sabido oponerse a Carranza. No quiero ni imaginarme a Obregón y a Vasconcelos hablando de Buda y de Platón en los salones del Castillo de Chapultepec, aunque Obregón, poco letrado, solía simpatizar con los grandes intelectuales, como Valle-Inclán. Luego, creyendo a Pepe poco dotado para la rijosa política práctica regional, le negó la candidatura oficialista a la arisca gubernatura de Oaxaca: que Pepe mejor se quedara en la capital, en el nuevo palacio neocolonial que se había hecho construir y decorar a todo vapor tan a su capricho, en su despacho tan bonito, con su escritorio exquisitamente labrado (elefantes y todo) y el gran letrero inspirador con el nombre de Rabindranath Tagore y demás orientalismos de Montenegro: ahí quietecito, el queridísimo Pepe, su catrín intelectual, editando libritos, encargando muralitos, organizando conciertitos... Así fue como también Obregón inventó al más célebre opositor y propagandista de la contrarrevolución mexicana en la primera mitad del siglo XX. Dos veces loado sea Álvaro Obregón.

4
“Ajústense sus cinturones. Esta va a ser noche de turbulencias”, dijo inolvidablemente Bette Davis en All about Eve, jugando a imitar a Tallulah Bankhead. Quien quiera leer a Vasconcelos o sobre Vasconcelos, ajústese su cinturón: va a tener a bumping night. En él no hay estilizaciones, rutinas ni moralejas ejemplarizantes: todo es contradicción, arrebato, plena literatura. Lo vemos en lo peor y lo mejor, sin ahorro. Se entrega cada instante a su delirio, a su absoluto, con absoluta indiferencia de su carrera de prócer o de alma correcta.
Muchas veces señaló, sobre Dostoievski por ejemplo, que el mal y el bien, la sensatez y la locura, lo de arriba y lo de abajo, el vicio y la virtud eran meras ilusiones de nuestra ingenua representación de la realidad. Vistas en su movimiento continuo tales categorías no se diferenciaban, se mezclaban y combustían en el mismo fuego de la voluntad creadora, de l’élan vital (Bergson). De pronto, claro, trata de manipular el tablero: se acerca de rodillas a Dios, se entrega a todos los demonios, y nunca consigue trucar el movimiento perpetuo de su naturaleza. Así es la creación. Así es el espíritu. Así-es-el-universo-que-creamos-y-nos-crea.
         Por ilusoria que resulte desde la honda perspectiva de un Buda, de un Zaratustra, de un Prometeo, de un Cristo, de un Quetzalcóatl, no podemos eludir, durante nuestro falible transcurso terrestre, la realidad concreta y material, carne y hueso, sangre y sudor, de las personas y del mundo, de uno mismo, y hay que vivirlas como si fueran toda la realidad. Sabemos que es ilusoria, el Velo de Maya y esas cosas, pero es toda nuestra realidad. De ahí la extraordinaria sensibilidad de este espiritualista ante la miseria, la ignorancia, los abusos, la crueldad y las vicisitudes terrenales, y concretamente mexicanas.
Sus primeras campañas como educador –sin olvidar la curiosa edición “pacifista” del libro más guerrerista que la humanidad haya producido, la Ilíada, dizque para depurar a los nuevos lectores de la experiencia de las matanzas revolucionarias- fue la educación mediante el jabón, el bolillo, el peinado a rape y el baño semanal de los niños. Había hambruna, había desnutrición, había tifo. Estas catástrofes demasiado reales se impusieron de inmediato al espiritualista, que se puso también a predicar la gimnasia escolar y el amor maternal de las maestras como la mejor pedagogía improvisada.
Había también desestima, desprecio, horror y hasta pánico de uno mismo, por ser pobre y/o indio en un país tan clasista y tan racista. Esta realidad demasiado cruel e inmediata lo llevó a pedir a los pintores que exaltaran la fisonomía del indio, del campesino y del pobre en los murales. Poco después Rivera se pasó de la raya y también los exaltó como guerrilleros. Todos se pasaron de la raya (Orozco, Siqueiros), salvo acaso el buen Montenegro, pero Vasconcelos tenía una mente amplia y tolerante. Dio la bienvenida a toda la gente de talento, incluyendo a sus adversarios antirrevolucionarios, como López Velarde, a quien encargó La suave patria y cuyo funeral organizó y presidió. La reivindicación de todo lo indígena, de todo lo campesino, de todo lo popular, de todos los menesterosos, humillados y ofendidos, fue la extraña conclusión que produjeron las arrebatadas teorías de Nietzsche y Schopenhauer en su lector mexicano. También acogió a la izquierda: zapatistas, villistas, sindicalistas, socialistas, que también se pasaron de la raya, e incluso se le amotinaron, apersonados por ejemplo en Lombardo Toledano y Siqueiros.
¿Que no sabíamos lo suficiente de las culturas indígenas en 1920? ¡No hay que saber, sino inventar! Aplicar la voluntad sobre la representación: así, por ejemplo, sus primeras mitologías oficialistas de Quetzalcóatl recordaban más al Buda y a las civilizaciones de la India. ¿Qué mejor homenaje a Quetzalcóatl que reinventarlo como un Buda americano? Y de veras, de veras, ¿es imposible trazar analogías entre ellos, y entre ambos y Prometeo y Cristo y los héroes wagnerianos?
         El “disparatado y extravagante” Vasconcelos era además un brillante abogado pragmático. Conocía la realidad desde el punto de vista de los negocios. Buenísimo para los negocios el idealista disparatado. ¿Para qué la campaña de alfabetización? ¡Claro, para leer a Goethe, a Tolstoi, a Tagore; a Homero, a Eurípides, a Sófocles! Eso es el ideal. Pero también y sobre todo para que el indio, el desprotegido, el pobre, el peón, el obrero, entienda los contratos que firma, y pueda llevar las cuentas de su salario y de sus gastos. No andaba tan por las nubes entonces el espiritualista, delirante, extravagante o apocalíptico Vasconcelos.
¿Y cómo hacerlo sin dinero suficiente, sin maestros, sin escuelas, sin experiencia técnica? Llama a Prometeo para que auxilie al pragmatismo: crear una mística, revivir la caridad cristiana originaria (“inspírense en los frailes misioneros”) o la temprana filantropía masónica. Convoca a los voluntarios (muchos trabajaron gratis o con remuneración simbólica en los primeros tiempos, aunque el presidente Obregón fue muy generoso con el presupuesto educativo). Se trataba en principio de jabón, de baño semanal, de desayuno escolar (bolillo y atole), de ropa limpia, de restañar el amor propio, la autoestima y la dignidad y las expectativas que los niños han de crearse para luego auxiliarse a sí mismos.
Sobraban las mujeres viudas y solteras y casi ninguna mujer tenía un empleo formal en  el país desolado que salía de las terribles batallas: la nueva maestra no necesitaba sino saber unas cuantas letras, un poco de aritmética y todo su instinto maternal, al menos para empezar. Las maestras debían de erigirse en las madres del pueblo. Las escuelas se instituirían como las casas del pueblo. Todo lo demás se iría arreglando sobre la marcha. E importó a la chilena Gabriela Mistral para ofrecerles, más que instrucción, un ejemplo vivo, un tótem.
Con tal velocidad y con tal abundancia de iniciativas que marea, arrebataba inspiraciones pedagógicas donde quiera que las encontrara: lo mismo entre las comunidades pobres de Nueva Inglaterra, que también se estaban alfabetizando, que en la burocracia soviética planificada de Lunatcharski.  Pero no duró mucho Vasconcelos como rector-secretario de educación. Cosa de cuatro años. Después de su renuncia, todo el proyecto fue reformulado por pedagogos menos arrebatados, más documentados y pacientes… y más inclinados al socialismo, al indigenismo y al protestantismo.
Toda su épica como educador ha sido cantada con grandes palabras por todo mundo, menos por él. Su relato en el tomo correspondiente de su autobiografía, El desastre, decepciona por completo: entregado a su amargura, a su vendetta personal contra otros políticos, se olvida de cantar su propia hazaña y desperdicia demasiadas páginas en enumerar así, como pisando ascuas, sus afanes y rencillas, y en deturpar a los canallas y traidores que lo relevaron. Resultan mejor lectura, sobre el mismo asunto, su “Conferencia leída en el Continental Memorial Hall, de Washington” o el librito de “pedagogía estructurativa”  De Robinson a Odiseo.
De cualquier manera, es típico de Vasconcelos el resultar un desapegado, casi indiferente trovador de sus mejores hazañas. No necesitaba esforzarse mucho en cantarlas: ellas eran de bulto su mejor canto. Lo mismo ocurrirá con ese mero expediente documental de su campaña electoral, El proconsulado. Lo mejor de ambos volúmenes no es lo que toca a sus asuntos, sino estampas de viaje. Tocará a otros cantar sus mayores loores.
Siente desgana y hasta cierto asco de tomarse en serio en sus grandes logros. Prefiere entregarse al odio y al vituperio del enemigo, como un improvisado diablo castigador en algún círculo del infierno dantesco. Pobló sus tomos autobiográficos de los espantajos que odiaba en una especie de pesadilla infernal. Y más vale que quienes se acerquen a sus páginas, o a las que otros escriben sobre él, ajusten sus cinturones en  esa lectura turbulenta. Fasten your seatbelts! It’s going to be a bumping night!

5
Alguna vez su Breve historia de México fue de veras breve, pero su éxito descomunal (varios de sus libros se colocaron como súbitos bestsellers locales, especialmente éste, Ulises criollo y La tormenta) lo indujo a irlo engordando: es una gorda historia de México. Acaso la más regocijante de todas para los lectores burlones.
Hemos visto que pronto dejó de ser breve. ¿Pero alguna vez fue historia? Cuando trabajaba en mi librito vasconceliano, cayó en mis manos alguna entrevista para tesis con la bibliotecaria de la Universidad de Austin, ante cuyos ojos la redactó en unas cuantas semanas, jornadas de cinco o seis horas por día. Décadas después, la buena bibliotecaria norteamericana seguía sin reponerse de su escándalo ante el gran intelectual mexicano que pergeñaba al vapor cuartillas y cuartillas, solicitando unos cuantos libros en los que solamente pescaba algún dato, algún nombre, alguna fecha. ¿Así escriben su historia los mexicanos? Bueno, pues sí, y las mejores: con la pena…
Para entonces Vasconcelos se sabía de memoria lo que quería decir y solamente necesitaba refrescar ciertas referencias constantes a Lucas Alamán, a Bulnes, a su amigo Carlos Pereyra, al historiador eclesiástico Cuevas. Ya no quiso recordar el México a través de los siglos que en su juventud tanto celebró, ni a su otrora venerado Justo Sierra. En realidad, se trataba de un juego de masacre, de desgarrar el relato liberal-revolucionario de la Historia Patria, reivindicando a todos sus detractores, con la inigualable vena vasconceliana para la farsa, la parodia, el esperpento y la injuria. Como voltear un guante al revés: el superpatriota despechado arma un auto de fe de la historia patria.
No inventa un discurso antinacionalista, antindigenista, antiliberal, antirrevolucionario: ya estaba hecho. Retoma el pensamiento conservador de Alamán, las rabietas antijuaristas de Bulnes, el idilio de la hispanización de América de Pereyra, las bucólicas de la Iglesia caritativa y civilizadora de Cuevas, el variado y populoso salón de cachivaches del resentimiento de los derrotados conservadores antiguos, el resentimiento de los porfiristas y huertistas contra los revolucionarios, de los que él mismo formaba parte apenas antier, y los convierte en nuevas armas arrojadizas. Pero añade toda una escritura de venganza contra la patria traidora que, a su juicio, lo había abandonado.
Ese lenguaje, esos juegos de palabras, esas viñetas asesinas, esos enrevesamientos diabólicos, en su propia jocosidad ponían en ridículo no sólo el discurso oficial contemporáneo, sino asimismo el relato liberal, rivapalaciego y justosierresco, que Vasconcelos había amado de niño y de joven. Y del que quedan restos en sus ensayos juveniles y en sus propios textos de secretario de educación, cuando atronó varios discursos en loor de Quetzalcóatl y de Cuauhtémoc, uno de ellos en el Brasil al inaugurar en Río de Janeiro una réplica de la estatua de Reforma que fue a entregar de parte del presidente Obregón.
Ahora dice que a los indios no los liberan Quetzalcóatl ni Cuauhtémoc, ni los guerrilleros morenos, ni los secretarios de educación nietzscheanos y disparatados: ¡los liberan los burros, porque el burrito al menos los redimió de su folklórica tradición ancestral de tamemes!  ¿Y quién trajo a los burros liberadores de indios? Obvio: san Hernán Cortés, más mínimo y dulce que san Francisco de Asís. Así muchos golpes verbales de satírico formidable. Y la viñeta el burro como nuevo tlatoani de los indios.
Una curiosa asimilación de los hombres de la Reforma con los de la revolución, lo llevó a detestar a los liberales tanto como a sus exsocios revolucionarios: unos y otros, con los indios, conforman las bestias negras de su Breve historia. En realidad, no tenía mucha idea de lo que estaba diciendo. Poco antes de su muerte recibió el encargo de prologar La navidad en las montañas, de Altamirano, y lo aceptó relamiéndose los tupidos y canos bigotes ante un nuevo ejercicio de masacre, ¡y resultó que la novelita le encantaba! No había leído a Altamirano durante toda su vida. Dudo que tuviese la menor idea de la escritura de Prieto, Payno y Zarco. No hay constancia de que reconociera de Riva Palacio otra cosa que el México a través de los siglos, el obvio enemigo a vencer en su proyecto paródico (y que sigue gozando de bastante salud). Del propio Juárez sólo aceptó, según las diferentes épocas, los lugares comunes del panegírico o del vejamen. Con tal ignorancia y su temeridad tan conocida iba ligero de carga para las cabriolas de la diatriba. Me place, pues, recordar ahora uno de los momentos en que defendía engoladamente la tesis de que la Reforma había sido una revolución 100% noble traicionada por el despotismo de un Porfirio Díaz 100% perverso. Pronunció en Lima la conferencia “El movimiento intelectual contemporáneo de México” en 1916. Tenía 34 años y  ya había desempeñado altos cargos revolucionarios, entre otros el de secretario de educación en el efímero gobierno de La Convención:
“La Revolución de la Reforma es una de aquellas excepciones nobles. Tan pronto como asegura el triunfo, extiende su generosidad a los vencidos, garantiza a todos la libertad de pensar, consuma las desamortizaciones indispensables para la vida económica del pueblo (bis: consuma-las-desamortizaciones-indispensables-para-la-vida-económica-del-pueblo), establece otras muchas importantes reformas, y su proceso de adelanto no continúa porque la usurpación porfirista la detiene. La administración de este déspota enseña a burlar el funcionamiento de las instituciones, nada prepara, nada crea, sólo aprovecha una prosperidad material obtenida a costa de un verdadero remate de las riquezas públicas. En este período, la cultura, como el capital y el poder, se concentra en reducidos grupos, se convierte en prenda de lujo; cesa de ejercer influencia sobre las masas. Lo poco que hay de valor en la época se explica por el impulso del período antecedente”.
Atragantado con semejante pedazo “de la Minerva” del Vasconcelos revolucionario de 1916 me pregunto: ¿no se está burlando en la Breve historia de México sobre todo de sí mismo, de todas las ideas que profesaba o creía profesar, antes de su berrinche porque no le concedieron cierta gubernatura, cierta presidencia? ¿En realidad, los únicos crímenes de México no serían el no haberle satisfecho en bandeja de plata sus personales codicias de poder?
La Breve historia se inscribe sin desperdicio en la mejor literatura de combate, de diatriba, de parodia, de masacre intelectual de nuestra lengua. Y ahí sí que dolió. Parecía que derrumbaba al mismo tiempo Teotihuacán, la Columna de la Independencia y el Hemiciclo a Juárez; y a la revolución, que él mismo había encabezado con sus muchos compadres de todos los bandos, y a los pueblos indígenas, a los que tanto había ensalzado como ministro, castigándolos ahora con el insulto y el desprecio racistas, incluso siglos o milenios antes de la aparición en cinemascope y con tedeums de la Hispanidad conquistadora y misionera, que a la sazón, por cierto, nuevamente se enarbolaba en España con el golpe de estado de Franco.
Como don Quijote descabezando títeres, me imagino a Vasconcelos descabezando a los héroes de bronce en su teatro de bolsillo, en un panteón patrio con próceres de cartón y trapo. Literatura sí es, desde luego, y de la mejor y de la más rara: en la vena de Quevedo y de Novo. ¿Pero historia? Todos los historiadores serios lo negaron durante décadas, aunque reconocieran que a la historia oficial se le había pasado la mano a ratos al celebrar a sus héroes y explicar alegremente sus emotivas “victorias”, proezas y sacrificios. Pero eso era ideología, y de la desleal y disparatada; era sátira y combate de pastelazos, decían, no historia profesional.
Sin embargo, he aquí que en 1998 uno de los mayores historiógrafos mexicanos del siglo XX, Luis González y González, falla a favor de Vasconcelos y prologa la nueva edición de la Breve historia de Editorial Trillas: “Vasconcelos: el desenmascarador de la historia oficial”. Bueno, no tanto: los argumentos ya existían, lo que aportó fue su nombre, su pluma tremenda, su imaginación esperpéntica y masacradora, y claro: la gran popularidad del libro, que es uno de los aspectos que más elogia González. Curioso argumento historiográfico: las ventas. El otro: “sus virtudes terapéuticas”, “una posible liberación de siglo y medio de golpes, derrotas y tristezas, y de traumas mal digeridos” y encubiertos por la historia patria oficial del porfirismo y la de de los gobiernos posrevolucionarios.
Pero el circunspecto académico, a su vez célebre enemigo de la historia de bronce, se pasa de bronceador: González compara la autobiografía de Vasconcelos con la historia de Bernal Díaz del Castillo, ¡y a favor del primero! ¿Quienes predican el derribo de cierta “historia de bronce” no están tratando en realidad de sustituirla por otra más a su capricho, y con sobradamente más y más bronce? “La Historia verdadera de conquista de la Nueva España, de Bernal Díaz del Castillo, es una enorme relación, un reportaje ingenuo cuya forma y con mayor lastre cultural repetirá, cuatrocientos años después, José Vasconcelos en Ulises criollo y en otros tres libros autobiográficos”. Ni duda cabe que Vasconcelos suscita veneraciones descomunales, incontinentes.
Sin embargo, el propio González tiene la honradez de señalar que apenas unos pocos años antes de este prólogo, en una obra titulada “75 años de investigación histórica en México”, él mismo simplemente “olvidó mencionar la Breve historia vasconceliana”… El entusiasmo de don Luis por el Vasconcelos historiador era, pues, muy reciente y tardío, en su alta ancianidad. No encuentra ningún otro historiador que tome en serio al libro de Vasconcelos como historiografía, y sí a una docena que lo deturpan sabrosamente en cuanto obra profesional de historia, aunque estén de acuerdo con algunas o muchas de sus desmitificaciones. Y eso que no menciona a Alfonso Reyes, a Cosío Villegas, a Silvio Zavala ni a O’Gorman. Y de paso me tunde por “izquierdista del 68”, al encontrarle peros historiográficos al libro de Vasconcelos, que por otro lado elogié y mucho en cuanto literatura satírica desde 1977: -Bueno, doctor, al menos yo nunca “olvidé mencionarlo”.
Sea como fuere, Vasconcelos aportó a miles y miles de lectores durante medio siglo, desde 1937 (libertad de expresión cardenista, no se puede obviar este detalle: el Vasconcelos “exiliado” fue estruendoso bestseller local gracias a las libertades cardenistas), la catarsis desbocada contra la opresión historiográfica de tanto almidón y de algunas (no tantas como dice González) “mentiras” oficiales. Fue un hito en la ideología, en el imaginario, en las emociones mismas de la nación mexicana. Yo lo llamo gran literatura. ¿Historia-historia?, ¿sin investigación, sin fuentes, sin método, sin discusión analítica, sin más discusión que los golpes de humor, de oratoria, de analogías y juegos de palabras, sin otro diseño que el esperpento y las caricaturas jocoso-macabras, en las que gana no la verdad, sino el furibundo, implacable talento literario? Gran libro en fin, que es lo que importa. -No hard feelings, don Luis, a propósito de pochismos.
Se podría fácilmente argüir que ninguno de los grandes historiadores liberales (Fray Servando, Lorenzo de Zavala, Mora, Zarco,  Payno, Prieto, Riva Palacio, Sierra), revolucionarios, izquierdistas, indigenistas  y hasta priístas (Molina Enríquez, Gamio, Cabrera, Sotelo Inclán, Silva Herzog, Reyes Heroles) responde a la caricatura que Vasconcelos hace de “la historia oficial”. Pero he encontrado un bravísimo trozo de “historia de bronce” que sí es toda la caricatura que subleva a Vasconcelos:
“¡Patria mexicana, es trágico tu signo; en tu historia se combina el monótono pavor con el milagro! Después de la Colonia cruel, mezquina, dolorosa, sombría, un maravilloso sueño se hace acción con el esfuerzo de los héroes fundadores: Hidalgo, Morelos, Mina, Guerrero, ¡aparición fugaz de águilas magníficas!
“Pero ellos no fueron sino simiente; otros aprovecharon sus sacrificios y desvirtuaron sus empresas: Iturbide es un presagio de Huerta. Largos años prevalecen la discordia y la ruina, la opresión y el crimen. Y cuando más irremediable aparecía el quebranto, nace de las secretas fuerzas del bien, de los inmaculados fondos que conserva la raza, otra docena heroica que se llamaba Ocampo, Lerdo, Prieto, Ramírez, Juárez; todos abnegados, firmes, buenos y libres. Algunos de ellos, vencedores en nobles lides, pudieron repetir con orgullo, la noche del quince, el grito sagrado de Dolores: ‘¡Mexicanos! ¡Viva la libertad!’”
Este patriotero discurso de 15 de septiembre es del propio José Vasconcelos y se llama “Cuando el águila destroce a la serpiente”; fue pronunciado apenas una década antes de redactar la Breve historia de México.

6
Como su compañero, casi siempre en discordia, de toda la vida, Alfonso Reyes, Vasconcelos hizo virtud de la necesidad y aprendió a escribir literatura, filosofía e historia en los periódicos. Poca gente leía libros en México.
Casi siempre esa es la forma que predomina, la del artículo y la crónica, en sus libros, incluso en los filosóficos. Supo dominar el género breve e inmediato del artículo apresurado. Más sabio que Reyes, no se resfriaba por los errores de composición o de erudición que cunden en tales ejercicios de improvisación a todo vapor. Había que producir rápido y en caliente, para el consumo inmediato y para el olvido también inmediato; eso implicaba cierta profesión de modestia: así no se componían las obras clásicas, las soberanamente ambiciosas. Pero fiel a su creencia o a su superstición en la esencia del ideal y en la nimiedad de los accidentes y de las contingencias, esperaba que el acendrado “contenido” y la energía de la invención y del lenguaje, redimieran la apresurada, a ratos desganada, mecánica, rutinaria composición formal.
Tal superstición no le funcionó en sus libros filosóficos, que no recibieron mayor reconocimiento de los conocedores que por su temeridad y su excentricidad. Los tomotes filosóficos son infumables, salvo ciertos artículos o crónicas intercalados sobre el disfrute concreto de tal obra, de tal paisaje. Eso no lo hace menos filósofo: su pensamiento campea vigoroso en todos sus escritos. Su filosofía está en todos ellos. Siempre está escribiendo al mismo tiempo y en el mismo texto filosofía, historia, literatura, ideología, sátira, arrebatos.
Esos textos cortos que formalmente parecen meros artículos, pero que implican una reflexión y una evolución más elaboradas, aparecen en todos sus grandes libros, y a ratos también se recopilaron en volúmenes misceláneos de periodismo. Hay pues un gran periodista escondido en toda su obra. Y como en el caso de Reyes, tenemos a un escritor de obras maestras en pequeños artículos.
Decía Pellicer que lo que más gustaba a Vasconcelos del planeta era el mar y el desierto. Mis recuerdos de lector son diferentes: pienso también en la vegetación y en escenas de viaje, viñetas de ciudades, sensualidades cotidianas como la comida; música, danzas, canciones. Practicó con alguna fortuna el cuento (fue gran admirador de Kipling), y sin ninguna el teatro y hasta el cine (un guión sobre Bolívar). Tampoco tuvo gran suerte, el Maestro por antonomasia, en los géneros académicos y de hecho practicó poco la docencia. De ahí acaso que se ponga tieso y fastidioso cuando intenta ser catedrático, en Metafísica, Ética, Lógica orgánica, Todología o Filosofía estética, por ejemplo. La Estética fue su libro filosófico más gustado.
Algunos poemas en prosa le salieron bien. Algunas páginas sobre música y baile: Mozart, Beethoven, Wagner, la zandunga igualmente capturaron su riqueza expresiva. Intentó algunas biografías espantositas, pues el gran deturpador no recibió el don del panegírico, y casi siempre cuando Vasconcelos trata de exaltar a alguien corre con mucha menor fortuna literaria que cuando lo masacra. Sus biografías encomiásticas de Hernán Cortés y Bolívar son más símbolos de su mitología personal que textos afortunados.
Intentó asimismo una especie de sociología lírica, basada en la intuición y la divagación, cuando las llamadas Ciencias Sociales todavía no estrenaban sus aparatos “científicos” o técnicos en América Latina, sobre su constante obsesión de la lucha entre los Estados Unidos y Latinoamérica (Calibán y Ariel, Monroe y Bolívar), y la supuesta inminente “hora de Iberoamérica” en el mundo, gracias a sus riquezas naturales y a su mestizaje de razas: La raza cósmica, Indología, Bolivarismo y monroísmo, así como conferencias diversas. Esa especie de sociología lírica o literaria era muy gustada durante la época de entreguerras en autores internacionales como el Conde Keyserling y Waldo Frank. Probablemente Vasconcelos fue su autor más destacado entre los latinoamericanos. En 1935 publicó en España un libro de pedagogía, De Robinson a Odiseo, que tiene el mérito de apoyarse cercanamente en su experiencia como secretario de educación.
Queda mucho en sus Obras completas, de las que hace medio siglo se publicaron cuatro gordísimos tomos en papel biblia, y acaso en las hemerotecas, de donde, sin embargo, no han aparecido sorpresas en medio siglo. Seguimos pues admirando al Vasconcelos que tantos lectores celebraban hacia 1940: Ulises criollo, La tormenta, Breve historia de México, los discursos, las secciones narrativas (viajes, paisajes) de La raza cósmica y las memorias, y un puñado de textos dispersos entre sus muchos títulos como Divagaciones literarias, Libros que leo sentado y libros que leo de pie, Pesimismo alegre, En el ocaso de mi vida, Temas contemporáneos
Al año de su muerte, Carlos Pellicer lo recordaba así en su “Elegía apasionada”:
Cuando el maestro José Clemente Orozco
pintó en Guadalajara su Hombre-Fuego,
yo, agua de las tierras tórridas,
pensé, todo quemado, en Vasconcelos.
                                              
JOSÉ JOAQUÍN BLANCO
                                    DIRECCIÓN DE ESTUDIOS HISTÓRICOS, INAH