lunes, 1 de agosto de 2016

CRAVAN

CRAVAN: ANTOLOGÍA DE UNA INSIDIA
Por José Joaquín Blanco

Se dijo que Nietzsche era un loco que se creía Jesucristo, con quien efectivamente rivaliza, y con harta fortuna, en libros como Así habló Zaratustra. Pero Nietzsche fue muchas otras cosas.  Se dijo que André Breton era un bravucón que se pasó la vida jugando a ser papa, y efectivamente dedicó buena parte de su obra y casi toda su vida a pontificar, lanzar encíclicas, manifiestos, leyes canónicas y edictos de excomunión. Un papa de juguetería literaria.  ¿También fue otras cosas? Cardoza y Aragón desmenuza las mandalas de Pío Nadja I, en André Breton atisbado sin la mesa parlante.
         En 1939 Breton lanzó una Antología del humor negro —Barcelona, Anagrama, 1994— que tiene poco de humor y de antología, y mucho de los rituales de canonización y excomunión de la iglesita surrealista. (“Dadá fue la revolución; el surrealismo, la revolución hecha gobierno”, dice Cardoza). Una arbitraria y difusa concepción del humor negro, permite a Breton olvidarse de Aristófanes, de Catulo, de Petronio, de Apuleyo, de los goliardos, de Boccaccio, de Rabelais, de Fernando de Rojas, de Cervantes, de Quevedo, de Molière, y con el fanatismo surrealista de la modernidad, empezar la historia sólo en el siglo XVIII, pero sin Voltaire, sin Diderot y sin el Doctor Johnson. Su selección es arbitraria y despojada de gusto literario (Breton, ese archiliterato que archiodiaba las letras), aunque no de propaganda para algunos, a veces excelentes, vanguardistas franceses de su secta.
         Sorprende encontrar en este catálogo a André Gide. Fue, desde luego, uno de los involuntarios y molestos padres del surrealismo, por obras como El Prometeo mal encadenado, El caso del inocente niño asesino, La secuestrada de Poitiers, y  especialmente Las cuevas del Vaticano. Paternidad que nunca aceptó, y que siempre consideró espuria, como consideraba espurios a casi todos los surrealistas, salvo Antonin Artaud.
         En la época de la Primera Guerra Mundial, las lecturas de Nietzsche y de Dostoyevski, además de su propia orientación individual y del espíritu crítico del tiempo, impulsaron a Gide a asomarse a la irracionalidad de las leyes, de la religión, de la familia, del positivismo ateo, de los buenos sentimientos, de la poesía, de la ciencia, de la moral cristiana, etcétera. Los asesinos complicados de Dostoyevski produjeron en él la teoría del “acto gratuito”, que se asomaba a los enigmáticos crímenes sin motivo, que no respondían a la lógica ni a la moral de los penalistas y los psicólogos. Era sólo una burla de la mente estrecha del pensamiento occidental, pero los surrealistas lo tomaron como dogma: el asesinato como juego bobo, y urdieron su frase famosa de que el acto surrealista más puro sería el disparar porque sí contra una muchedumbre. (Cosa que hacen con frecuencia muchos criminales “locos” —hace meses tuvimos un caso en el metro—, aunque no estén en las jerarquías de Breton.)
         Gide desautorizó a los surrealistas, y muy pronto, en Los monederos falsos, se burló de ellos a través de una mascarada (que no se cuenta entre sus mejores páginas) de Alfred Jarry. Pío Nadja I tomó nota, y en su Antología del humor negro se cobró la factura.  Ciertamente elogia la inmoralidad de este protosurrealista héroe de Las cuevas del Vaticano, el asesino gratuito Lafcadio. Pero lanza, junto al texto gideano sobre Prometeo (un Prometeo antisurrealista que descree de la modernidad), la sensacional noticia de que Lafcadio realmente existió, en carne y hueso, y escribió ¡y escribió sobre Gide: sobre su homosexualidad, su riqueza, su tacañería, su austeridad puritana!
         Arthur Cravan (1881-1920) era sobrino de Wilde, y se las daba de ser un gran bravucón moderno, guapote, boxeador, inspiradote y vanguardista. Urdió seducir a Gide, para dejarlo sin un céntimo, en la tradición poco vanguardista de las cocottes folletinescas del siglo anterior:
         “Cuando yo soñaba febrilmente, después de un largo período de la más desenfrenada molicie, en ser muy rico (¡Dios mío! ¡Lo soñaba tantas veces!), como estaba en el capítulo de los eternos proyectos, y me excitaba progresivamente ante el pensamiento de alcanzar deshonestamente y de manera inesperada la fortuna, a través de la poesía —siempre he intentado considerar el arte como un medio y no un fin—, me dije alegremente: ‘Debería ir a ver a Gide, él es millonario. ¡Vaya broma! Voy a engañar a ese viejo literato.’”
         Narra como le puso sitio a Gide, cómo consiguió una cita, cómo fue recibido en una salita desnuda para una conversación parca sobre su tío, cómo fue despedido cortés pero inapelablemente por el puritano inseductible. En nada quedaron sus sueños, en los que “Mi estatura, mis hombros, mi belleza, mis excentricidades, mis frases provocaban su admiración.  Gide estaba encantado conmigo, le había conquistado por el lado agradable. Salíamos hacia Argelia —rehacía el viaje de Biskra y me disponía a arrastrarle hasta las costas de Somalia—. Pronto tenía una cabeza dorada, pues siempre me he avergonzado un poco de ser blanco. Y Gide pagaba los vagones de primera clase, las nobles monturas, los grandes hoteles, los amores... Gide pagaba siempre: y me atrevo a esperar que no me pondrá una demanda de indemnización e intereses si le confieso que en las malsanas desvergüenzas de mi imaginación galopante había llegado a vender su sólida granja de Normandía para satisfacer mis últimos caprichos de niño moderno”.
         Cravan publicó en una revista insignificante este relato hacia 1915, y como buen francés zafado se vino a morir a México. (Arthur Cravan et al: 4 Dada suicides, Tr. y Ed. Terry Hale et al, Londres, Atlas Press, 1995. En el Times Literary Supplement del 12 de enero de 1996, Ian Pindar sospecha que “el genio de la impostura” de Arthur Cravan fue más allá de su supuesta muerte, en las fauces de los tiburones del Golfo de México, pues siguieron apareciendo, milagrosamente póstumos, textos notoriamente posteriores a la fecha de 1920 que se solía dar de su muerte.)
         Un cuarto de siglo más tarde Breton dio maliciosa notoriedad a este texto que, primero, fue leído como una burla al anticuado y estorboso inmoralista, quien cometió el pecado de no dejarse engañar por un bobote; bien leído, resulta sobre todo una autoparodia de la propia mentalidad surrealista. El que iba por lana se quedó con un palmo de narices.
         Gide atacó la insolencia de los bravucones surrealistas a su modo.  En su Diario, el 1 de septiembre de 1931.
         “Los surrealistas preparan un número antirreligioso sensacional, me dice H. (Pierre Herbart). Me cuenta con entusiasmo la valentía de B. (Breton), quien, en el metro, cuando ve a un cura, se aprieta contra él y al cabo de unos instantes, en voz muy alta le increpa:
         “—¿Quiere usted dejar de manosearme? ¡Asqueroso! ¡Puerco! Y pensar que se pone a los niños en manos de individuos así...
                                “H. dice que esto es ‘admirable’. Yo no puedo ver la valentía en el aplastamiento de un ser que no puede defenderse y aplaudo la observación de Pierre Levesque:

                   “—Por antimilitarista que sea, B. no se atrevería nunca a comportarse así con un oficial, pues sabe que recibiría una bofetada”.

viernes, 1 de julio de 2016

EL MARQUÉS DE LAS VERDOLAGAS

EL MARQUÉS DE LAS VERDOLAGAS
Por José Joaquín Blanco


“Hay quien le echa la culpa al Duque Job, nuestro llorado e inolvidable Manuel Gutiérrez Nájera, de esta moda tan pueril como lupanaria y facciosa”, señalaba hacia 1897 en El Imparcial un crítico anónimo: “todo mundo ha dado por calzarse seudónimos de condes y marqueses de esto y lo otro. En el Café Passy he escuchado perorar a los barones Colipavo, Codorniz y Bacalao; a un abad Yerbabuena y a otros Rapé y Hatchís; a los caballeros Machete y De la Llorona; a varios duques Guayabo, Verdesmatas, Capirotada, Mátalas-callando, Ajonjolí y Ajenjo; a tres o cuatro marqueses Jericalla, Chirimoya y Benjuí.”
“Nombres de pluma, si esta plebe de imitadores se atreviese a escribir y publicar sus murmuraciones. Pero pocos escriben y publican alguna vez, pues (según su queja envidiosa y emponzoñada) los diarios y las revistas están totalmente copados por ‘la tribu de los afrancesados, decadentes y degenerados modernistas’, quienes se encargan de cerrarle el paso por completo a cualquier ‘talento nacionalista y castizo, cien por ciento mexicano’.”
“Estos condes y marqueses ‘literarios’, es decir: falsarios, deben reducirse pues al periodismo oral en cantinas y cafés, donde unos a otros se atormentan con sus pútridos artículos de viva voz [...] Para lo único que ha servido la prohibición constitucional de usar títulos y blasones nobiliarios es para ¡que cualquier palurdo se haga llamar archiduque en una cantina! Sobra decir que existe, inevitablemente barbado, un tal Archiduque Las Campanas, con tan fácil y soez revanchismo contra el gentil difunto que ya no puede defenderse.”
Hasta aquí el cronista anónimo de El Imparcial.
Durante largos años he investigado en hemerotecas, bibliotecas, archivos públicos y epistolarios privados, y recurrido a la azarosa memoria de algunos de los descendientes de tan fantasmales personajes, esta curiosa y fugaz aparición de la clandestinidad literaria de 1897.
He aquí el resultado de mis arduas pesquisas:
Entre esa “plebe lupanaria e irremisiblemente oral” se recordó durante algún tiempo a un Marqués de las Verdesaguas (vilipendiado como el “Marqués de las Verdesnalgas” o el “Marqués de las Verdolagas” por sus propios contertulios), a propósito de su única y fallida hazaña: su empeño por cambiarle de nombre a la Calle de Puente de Alvarado por el de “Calle del Rencor Mexicano”.
Se dice que el Marqués de las Verdolagas era bajito y esquelético, con una fisonomía totalmente indígena que parecía contradecir su pretendido abolengo castellano. Pero él se conocía bien su espejo, y estaba dispuesto a espetarle al primer maledicente toda una larga nómina de personajes virreinales con figura indígena que recibieron como merced, o que compraron gracias a alguna fortuna bien o mal habida con las mulas, las minas y el pulque, algún castizo título nobiliario.
¿Acaso no había condes (recientemente ascendidos a duques) de Moctezuma? ¿Por qué un nativo de Chalco no iba a calzarse, en memoria precisamente de su lago, el “Marqués de las Verdesaguas”?
-Porque las aguas de Chalco son todo, menos verdes, ¡y apestan! –señaló algún bohemio, digamos el Abad Hatchís.
El Marqués de las Verdolagas lo fustigó con algún parco insulto del tipo de “cretino” o “neófito”; y fingió estar más que dispuesto a retarlo a duelo con sables o pistolas, exactamente lo que esos contertulios jamás tenían (o se los retenían con tenacidad los prestamistas y las casas de empeño).
Sabía que el precio del saber era la incomprensión y la necedad del mundo. Su mundo estaba fatalmente constituido sobre todo por los abades Yerbabuena y Rapé; los barones Colipavo, Codorniz y Bacalao; los caballeros Machete y De la Llorona; los duques Guayabo, Verdesmatas, Mátalas-callando, Ajonjolí y Ajenjo; los marqueses Benjuí, Jericalla, Capirotada y Chirimoya.
El Marqués de las Verdolagas no se dejaba ganar por los prestigios “recientemente precolombinos” de los “poetizadores de indios”, del tipo de Rodríguez Galván, Eligio Ancona o Heriberto Frías. Y detestaba la amanerada estatua de Cuauhtémoc en Reforma, debida a Miguel Noreña (maqueta) y a Jesús F. Contreras (fundición). ¡Parecía un sportman, un lagartijo de Plateros ataviado de azteca para una ópera folklórica!
-Si los aztecas alguna vez fueron ‘tan bellos y moirés como un idilio’, eso no lo ha podido constatar nadie en varias centurias de desnutrición, servilismo y pulque –señalaba-. La redención nacional está en la vena hispánica -argüía con una imperturbable convicción de que María Santísima llevaría al triunfo al cansado león español, por entonces acosado por los “sajones pérfidos” en Cuba.
No se hallaba solo el Marqués de las Verdolagas en este repentino hispanismo. Ahora que España se preparaba para enfrentarse a los Estados Unidos, los contertulios de aquellos cafés y cantinas olvidaban viejos agravios, y le devolvían el nombre de madre a la hasta hacía poco denominada madrastra.
Desde su tribuna del Café Passy el Marqués de las Verdolagas exigía, en parrafadas de artículos de ajenjo, que se bautizara a las principales calles de la ciudad de México con los nombres de algunos de “sus mayores soberanos legítimos”, como Hernán Cortés, Carlos V, Felipe II y Carlos III, en lugar de encasquetarles tanto nombre de héroes liberaloides fanáticos y espurios, o al menos dudosos, como ya era epidemia nacional.
-¡En cualquier pueblucho hay una Calle Múzquiz!
Escandalizaba.
-El día que se levante una estatua a Hernán Cortés, o se llame con su nombre a alguna calle, es que México está perdido sin remedio -comentaban sus antagonistas (pongamos el Marqués Benjuí y el Abad Yerbabuena), también en vivos artículos de pulque o ajenjo.
-¿Y por qué, si don Fernando es el verdadero Padre de la Patria? Quiten ustedes a Hidalgo, a Morelos o a Juárez, y queda México como si nada, y a lo mejor hasta sale ganando y se restaura; quiten a don Fernando Cortés, y sencillamente no hay México, sino pura “Temixtitan”.
-Tampoco “Temixtitan”, pues él la llamó así con su grueso oído extremeño, sino Meshico-Tenoshtitlan” –le corrigió el pedante Duque Mátalas-callando, quien desde luego no había leído a Cortés, pero algo había escuchado en la cantina de sus dislates.
-Ni México, con x, con g o con j, como gusten; ni idioma español –remató el Marqués de las Verdolagas a la manera de un jaque mate.
-Pero es que Cortés fue un verdugo, un masacrador –murmuró otro, refugiándose en argumentos morales. Era el Barón Codorniz.
-¿Y entonces por qué hablamos de Puente de Alvarado? ¿Acaso Alvarado no incurrió también en ‘la masacre’? No me digan ustedes que por simple tradición, pues entonces Cortés debería figurar en todas partes: ¡encabeza todas las tradiciones mexicanas! Ni por gusto anecdótico, pues también gana en el flanco costumbrista: ¿Por qué el falso Árbol de la Noche Triste, en Popotla, donde nunca lloró, y no en todo caso el “Árbol de Cortés”? ¡Imagínense ustedes al valeroso capitán chille y chille públicamente, desmoralizando con su moquera a su tropa y a la indiada tlaxcalteca!...
Y es que, por una rara casualidad, el Marqués de las Verdolagas, quien nunca leía nada mexicano ni reciente (para evitar que en algo influyeran en su pensamiento “impoluto” las “venales frivolidades modernistas”), quien en realidad nunca leía nada, había infringido su código y recorrido en secreto un artículo de Luis González Obregón sobre la Calle de Puente de Alvarado. Eso había ocurrido con el barbero, en espera de que le arrancaran dos o tres muelas y dientes podridos.
-¿Saben por qué sí tenemos calle para Alvarado y no para Cortés? ¡Por pura mala leche mexicana!, ¡por puro rencor mexicano!, ¡por puro odio matricida! ¡Para infamar a don Pedro, y de paso a la Madre Patria! Hay que llamar a las cosas por su nombre; y a esa calle, la del Rencor Mexicano.
Una de las ventajas de los contertulios bohemios, ágrafos y antilibrescos, era su infinita capacidad de asombro. Como de nada se enteraban a través de escritos ni en sus escasos ratos sobrios, encontraban un aula llena de sorpresas eruditas en la cantina, en los artículos de ajenjo y viva voz de marqueses, condes, caballeros, abades y demás “nombres de pluma” de esos escritores “tan exigentes que... nunca escriben”, según burla de un tal Rip-Rip, seudónimo tras el que se sospechaba al “melifluo sacristán” Amado Nervo. (¡Como si alguien llamado así necesitara de seudónimos!)
“Por pura mala leche.” Y el Marqués de las Verdolagas pasó al terreno positivista de los hechos comprobables. Salió con su séquito del Café Passy; se proveyeron de dos o tres botellas de aguardiente, y cruzaron la Alameda; dejaron atrás San Hipólito hasta llegar al tramo de la Calzada de Tlacopan llamado Puente de Alvarado, a la altura de la Calle del Eliseo, donde todavía hacía poco tiempo se había levantado un “establecimiento non-sancto” o Tívoli.
Ahí midieron varias veces con sus pasos la distancia que se atribuía al “salto de Alvarado”. ¡Imposible! Nadie podía saltar tanto, impulsado por su lanza encajada en el lodo y los pedruscos y escombros de la laguna.
-Es decir, por aquí venía la calzada sobre la laguna, y se cortaba tres veces, para obligar a la gente a usar los puentes practicables que dominaban los aztecas... Un soldado chismoso dijo que aquí, en la tercera cortadura, como los aztecas habían retirado el puente, y lo acosaban, ¡Alvarado había brincado! Pero traten ustedes: ese brinco es imposible.
Algunos contertulios ebrios tomaron vuelo, improvisaron sus bastones o paraguas como garrochas, y saltaron... conservando en alto, como se supone Alvarado su botín de oro, las botellas de aguardiente. El más ágil (naturalmente, el Marqués Jericalla) logró apenas un brinco de dos metros.
-Tontos tontos, si ustedes quieren, pero no tanto: los aztecas se aseguraron de que ni los mayores atletas pudieran salvar con las simples piernas la cortadura de la calzada. De otro modo, ¡todo mundo las hubiera saltado desde los días del pobre Chimalpopoca, sin necesidad de puentes! –explicó el Marqués de las Verdolagas.
-¿Había ya Calzada de Tlacopan en los tiempos del pobre Chimalpopoca? –intrigó el Marqués Chirimoya. En aquellos años patrióticos, no se necesitaba mayor lectura para conocer las cuitas del tlatoani Chimalpopoca en su jaula de madera.
Pero tales escrúpulos de rata de biblioteca se vieron castigados con el silencio general.
Desde luego, el Marqués de las Verdolagas omitió (pues le parecía infatuada erudición o flagrante contradictio in adjecto llenar sus artículos orales con notas de pie de página) los créditos debidos: que el historiador Solís se había burlado de ese “salto” de Alvarado, el cual dejaría “más encarecida su ligereza [de don Pedro] que acreditado su valor”.
Calló que el historiador José Fernando Ramírez había considerado que ese chisme del “salto”, atribuido a la maledicencia de la tropa y documentado por Bernal Díaz del Castillo, constituía un “sangriento epigrama” contra el valor del capitán Alvarado.
(De hecho, lo del “sangriento epigrama” de la Calle de Puente de Alvarado corrió durante años como genial ocurrencia espontánea del Marqués de las Verdolagas en el Café Passy. Se indicaba a parroquianos y turistas: “¡En esta mesa el Marqués de las Verdesaguas inventó lo del ‘sangriento epigrama’ de Puente de Alvarado el 7 de octubre de 1897, a las once con treinta y dos minutos de la noche!)
Ni develó que todo lo había leído en un artículo de Luis González Obregón.
De regreso por la Alameda, San Francisco y Plateros, hasta el Café Passy –ya a punto de cerrar, en la noche densa apenas despuntada a trechos por los faroles-, el Marqués de las Verdolagas seguía ensoñando con un Bulevar de Felipe II:
-¡Pero en la época de Felipe II no se acostumbraban los bulevares! –objetó el Duque Guayabo.
-Licencia poética.
O Avenida Carlos V. O Paseo de Hernán Cortés.
Cinco lustros más tarde, según arguyen sus descendientes, el gobierno del Distrito Federal le hizo parcialmente caso, eludiendo con la más negra de las ingratitudes conferirle el justo crédito, al establecer –sin escándalo nacionalista alguno, acaso por respeto al religioso calificativo- la Calle de Isabel la Católica. ¿No que nada de reyes españoles en las calles mexicanas? Y medio siglo después, toda una Colonia Alfonso XIII... un rey destronado.
Dicen que el resto de la velada en el Café Passy, y luego en tugurios clandestinos próximos a Peralvillo, el Marqués de las Verdolagas, con otros abades, duques y condes de la pluma-sin-pluma, se gastó en discusiones sobre el asunto de la otra palabra del Puente de Alvarado. Lo del puente.
-¿Cuál puente, si se supone que saltó, precisamente porque no había puente, impulsado por su lanza como una garrocha? ¿El puente era la garrocha? ¡Calle del Puente de la Garrocha! (Entreveo el ingenio del Duque Ajonjolí.) O la “Calle del No-puente” (según el Caballero De la Llorona, algo vergonzantemente “modernista”, quien pretendía haber viajado a París y tratado a Mallarmé.)
-No –espetó el marqués-: Alvarado simplemente puso una viga y caminó sobre ella, paso a paso, equilibrándose como cirquero sobre una cuerda, pero sin red de protección.
-¿Y quién dejó olvidaba tan oportunamente una viga de seis a diez metros en ese lugar? –lo contradijo el malqueriente Barón Colipavo.
-Alvarado traía su viga, como puente portátil, cargada por caballos o indios.
-¿Entonces por qué los demás no se habilitaron con sus vigotas respectivas, o cruzaron por la misma, como cirqueros? –arremetió el Caballero Machete.
-Eso en una versión, escondida en viejos legajos... Otra versión dice que sencillamente un jinete que chapoteaba con su caballo por la laguna, en estos sitios superficial, trepó velozmente a Alvarado sobre las ancas.
-¡La Calle de las Ancas de Alvarado! –propuso el mallarmeano caballero De la Llorona.
-Eso les pasó a los españoles por no saber nadar. Odiaban el agua. ¿Qué en España no había ríos, ni lagunas? –especuló el Abad Rapé-. Y dicen que quienes lo intentaban, se hundían, de tan cargados como iban de tejuelos de oro.
-Sea como fuere –concluyó el marqués, casi llorando por el alcohol y su profundo amor a la Madre Patria, en esos momentos de su guerra inminente contra los Estados Unidos-, sólo nos acordamos de los fundadores de México para infamarlos. Nada de Carlos III, ¡y sí del butifarra Carlos IV, o más bien de su “Caballito de Troya”! Por burla y mala leche.
-Fundadores mis huevos –clamó el Duque Guayabo.
-Las gallinas también llegaron de España –atajó el Marqués de las Verdolagas.
-Hablo de mis huevos de guajolote. ¿Quiere usted que se los muestre?
Dicen que ante tan aparatosa amenaza del Duque Guayabo, en lo sucesivo llamado el Duque Guajolote, concluyó la tertulia y se dispersó por esa ocasión la pequeña pero irrefragable República de las Letras del Café Passy, que ya andaba trastabillando por la Calle de la Doncella Remendada, posteriormente denominada Independencia.

miércoles, 1 de junio de 2016

DIDEROT


DIDEROT EL ILUSTRADO Y CATALINA LA ADOLORIDA
Por José Joaquín Blanco


Curiosos los enciclopedistas franceses: luchaban contra la Iglesia Católica y eran amigos de todo tipo de abades y prelados, luchaban contra el despotismo y se volvieron íntimos de la mayor déspota de Europa, la emperatriz Catalina de Rusia.
         La Enciclopedia estaba de moda entre los poderosos del mundo, y no tanto —como supondríamos ahora— por sus innegables, aunque oblicuos y clandestinos, ataques contra la religión y el despotismo, sino por sus aportaciones prácticas, por su información tecnológica —cultivos, máquinas, industrias—: por su espíritu de progreso material.
         La emperatriz Catalina invitó a Diderot a Rusia (Arthur M. Wilson: Diderot, Londres, Oxford University Press, 1972), después de haberlo salvado de la miseria con oportunas y justas comisiones generosamente remuneradas —y soberbiamente cumplidas, como la formación de la biblioteca de la emperatriz, que resultó la mejor de Europa en asuntos modernos—, a fin de discutir mejoras en la administración pública rusa. Era el año de 1773. 
         Luego Diderot se quejaría de que muy amable y todo, la emperatriz nomás lo tiraba a loco, como un bufón del circo de la ciencia: lo dejaba hablar, imaginar, proponer, y no le hacía caso en nada.  Lo que la emperatriz quería era entretenerse con el hombre célebre del momento y aparecer ante el mundo como una contertulia privilegiada del gran pensador modernísimo, y nada más. La emperatriz le contaba al conde de Ségur sobre la visita de Diderot a Rusia:
         "Yo platicaba largamente y con frecuencia con él, pero con más curiosidad que provecho.  Si yo le hubiera creído, todo se habría revuelto en mi imperio: legislación, administración, política, finanzas; yo lo habría vuelto todo patas arriba para sustituirlo con teorías impracticables... Así que, hablándole francamente, le dije: señor Diderot, he escuchado con el mayor placer todo lo que vuestro brillante espíritu os ha inspirado, pero con todos vuestros grandes principios, que comprendo demasiado bien, se harían bellos libros y mal trabajo. Olvidáis en todos vuestros planes de reforma la diferencia entre nuestras dos posiciones: vos no trabajáis sino sobre el papel, que todo lo soporta: es uniforme, dócil, y no pone obstáculos a vuestra imaginación ni a vuestra pluma, mientras que yo, pobre emperatriz, trabajo sobre la piel humana, que muy por el contrario se irrita y se excita con harta facilidad."
         Diderot a la vez se molestaba contra esa marisabidilla de emperatriz, cuyo poder le permitía todo, hasta sentirse filósofa, y hasta practicar su famosa coquetería con el viejo Diderot: era una anfitriona posesiva, celosa, llena de melindres al mismo tiempo femeninos, políticos y literarios.
         Diderot salió con vida de su temporada con la emperatriz, cosa que no logran todos los filósofos que hacen amistad con los leones. Y aunque después de conocerse ya no se quisieron tanto como antes lo habían hecho por carta, se guardaron cierto cariño tibio y cortés, lo cual no le impidió a Catalina la Grande de Rusia escribirle a Mme. Geoffrin sobre la repercusión que tuvo el enciclopedismo en sus propias nalgas imperiales:
         "Vuestro Diderot es un hombre extraordinario.  No me levanto de mis entrevistas con él sin tener las nalgas amoratadas y completamente negras. Me he visto obligada a interponer una mesa entre él y yo para ponerme a mí misma y a mi cuerpo al amparo de su gesticulación".
         Mal le fue a Diderot con los monarcas.  El rey Federico II de Prusia acusaba al escritor de ser un déspota con sus lectores. ¡Y el rey exigió sus derechos democráticos como lector y clamó su monárquica rebelión democrática contra el autor!  Escribió esta declaración de independencia:
         "Diderot está en Petersburgo, donde la emperatriz lo ha colmado de bondades. Pero se dice que se le encuentra discurseador y aburrido.  Machaca sin cesar las mismas cosas.  Lo que digo es que yo no podría soportar la lectura de sus obras, con todo lo intrépido que soy como lector.  Reina en sus obras un tono de suficiencia y una arrogancia tales que sublevan el instinto de mi libertad".
    


domingo, 1 de mayo de 2016

LAS ROSAS ERAN DE OTRO MODO

LAS ROSAS ERAN DE OTRO MODO
Por José Joaquín Blanco

A José Dimayuga


Malú se me murió a la mitad de la sopa, como si les dijera: se me atragantó. Estaba yo sentada hacia las dos de la tarde, como de costumbre, en mi mesa favorita del restorán del Hotel Bristol, frente al gran espejo que abarca todo el salón.
Me vi como en primer plano, ancianísima, ridículamente emperifollada con mis canas artificiales (prefiero una pulcra cabellera plateada a mis cenicientas matas naturales), atragantada, a punto de vomitar la sopa sobre el periódico recién abierto, en la esquela que anunciaba la muerte de Malú Parra, mi amiga de toda la vida.
Desde hace unos treinta años como casi siempre en el restorán del Hotel Bristol, aquí a tres cuadras, en Río Pánuco. Ha cambiado poco y ahí no se sienten tanto como en otras partes las cifras del calendario.
Vive un tiempo artificial, como yo misma, una mezcla de épocas en la que prevalecen los años cincuenta: los muebles, la decoración, la cristalería. A cada momento parece que van a entrar, del brazo, Marga López y Arturo de Córdova. Un pianista cubano mulatón, Reynaldo, que lleva medio siglo esforzándose en vano por parecerse a Bola de Nieve, toca algo de jazz digestivo y los éxitos de Dean Martin, Sinatra y Arcaraz; a veces me da la bienvenida con mi canción favorita: “Rosas rojas para una dama triste”.
Me dirige guiños donjuanescos y sonrisas llenas de dientes postizos cuando ataca “Muñequita de Esquire”. Todavía sirven old-fashioneds, tom collins, martinis y daikirís. No han desechado sus viejas licoreras, ni sus sifones, ni sus yedras de plástico, ni sus carteles de fuentes y monumentos romanos con exuberantes rubias estilizadas (todas, al parecer, inspiradas en Kim Novak).
Ahí me conocen, me consideran, me apartan la mesa. Sigo siendo para el dueño y para algunos de los meseros y de los clientes habituales (entre ellos no pocos gringos jubilados), todavía, Emma Velasco, “la periodista de la vida diaria”, con algunos ribetes de escándalo; recuerdan mi columna “Día a día” y que Dolores del Río me puso pleito por difamación, cuando le exhibí su chisme con Marlene Dietrich (la propia Marlene me lo contó, ebria, en francés, cuando la entrevisté en su suite del Hotel Reforma).
Es como detener la prisa de los años, y no me desagrada del todo su rutinario “menú continental”, que constituye mi único alimento en forma. Desayuno y ceno en casa cualquier sándwich, cualquier galleta, y así me libro de la cocina, que siempre detesté.
Desde que se casó mi único hijo y decidí vivir sola, cancelé la estufa y el refrigerador, que tengo convertidos en archiveros de mis antiguas glorias periodísticas: recortes de periódico, revistas, cartas, fotos, diplomas y hasta alguna medalla de latón con que me condecoró a toda orquesta, en Palacio Nacional, un Presidente de la República.
Salvo algún achaque de salud, que me sobreviene cada dos años, y que a la fecha no me ha provocado sino sustos e incomodidades pasajeras, me imagino que llevo eternidades envejeciendo indefinidamente, sin hacer nada. Claro que estar de ociosa todo el tiempo llega a resultar muy laborioso. Ya dice el refrán que nada cansa tanto como no tener nada que hacer. Surgen, como plaga, infinidad de detalles y minucias que cobran una relevancia inesperada. Pienso demasiado, me doy cuenta de demasiadas cosas.
Sin quererlo, me he ido enterando gota a gota, por ejemplo, de la vida, carácter y milagros de todos mis vecinos, cuyos ruidos odio a veces con una pasión furiosa, que me dura varios días. Me descubro haciendo teorías y juicios increíblemente documentados y severos sobre cada uno de ellos, a pesar de que los evito por sistema y rara vez les dirijo la palabra.
Soy la primera en descubrir manchas de humedad en el edificio, goteras, fallas en las instalaciones de plomería, electricidad y gas.
Sé demasiadas cosas de los artistas jóvenes y de la gente nueva que aparece en la televisión, como si los frecuentara. Me descubro en plena madrugada, pálida de angustia, tratando de resolver por mí misma todos los problemas nacionales: la policía, la contaminación, el desempleo, el desorden social; redactando en el aire infinidad de iracundos artículos periodísticos para mi columna “Día a día”.
Les concedo desproporcionada importancia a las películas, a todas, acaso sobre todo a las peores, y las desmenuzo y mejoro en mi imaginación. Leo poco: los libros son más intensos todavía, y me afectan los nervios; además, ¿para qué leer si no vas a platicar con nadie de tus lecturas? Es como sobrecargarte de electricidad, y quedarte temblando, en alto voltaje. Leer bien significa leer poco y recordar mucho lo leído, y no andar de tragona de libros.
Con Malú platicaba de todo. Nos peleábamos como colegialas por diversas opiniones sobre el cine, los libros, la televisión; y también como colegialas, después de habernos dirigido miradas e ironías atroces, nos reconciliábamos sin decir palabra. Nos veíamos para comer, ir al cine o de compras, visitar galerías, asistir a espectáculos, cada quince días o cada mes. Estoy en la “decena trágica” que decía Pellicer: la de los setenta años.
No me aburro. Hace siglos que dejé de aburrirme. Pero me faltan cosas que hacer. Por ejemplo: cuando era joven andaba siempre sobre la marcha, con algún amor, o criando a mi hijo, o tratando gente, o realizando mis reportajes y entrevistas de la mañana a la noche.
Entonces, si aparecían goteras o humedad en mi departamento, casi ni me fijaba, y si se tenía que caer el techo, ¡que se cayera! No le daba importancia a eso: había cosas urgentes que me llamaban, “día a día”. Cuando buenamente se me ocurría le dejaba las llaves y algún dinero al conserje, y que él se arreglara. O me esperaba a que se me presentara un rato libre. Ahora cualquier detalle me provoca aprensión y angustia.
Veo peligros en cualquier parte, ya sea porque me los invente yo misma, o porque sólo hasta ahora me haya vuelto verdaderamente consciente, responsable. La azotea de mi edificio, para mencionar un caso, siempre ha estado atiborrada de tanques defectuosos de gas. El olor de las fugas de gas ha caracterizado invariablemente el cubo de la escalera, sobre todo en los pisos altos; no me importaba. Sólo ahora me descubro palpitante, resollante, con miedo de que en unos minutos más estalle de pronto todo el edificio. Lo que mirado racionalmente es más que probable, pero lo mismo pudo haber ocurrido cualquier día de los últimos treinta o cuarenta años. Sólo ahora, cuando regreso a casa, a veces me sorprendo de encontrar el edificio en pie, y me digo con un poco de sorna: “¡Bueno, ahí está, no ha estallado todavía!”
Claro que me tienen odiada los vecinos. No puedo evitar advertirles de todos esos peligros, llamar alguna noche a los bomberos, escribir cartas enérgicas a unas autoridades, con múltiples copias a otras autoridades; ponerles cara de palo durante semanas al vecino del 303, que hace resonar durante horas el mismo disco de rock, a veces en la madrugada; o a la del 401, que encierra a sus perros en el baño y se larga todo el fin de semana: los perros no dejan de aullar ni de ladrar un segundo, y nadie duerme en todo el edificio hasta que la santa señora regresa a liberarlos.
Sé que soy una viejita maniática, y que siempre recibiré la respuesta que hace unos quince años me plantó la entonces vecina del 207, ahora ya bien podrida en su tumba: “¡Pues si no le gusta el edificio, venda su departamento y múdese a Las Lomas!”
Le respondí: “¿Y qué tal si me voy a un edificio en Las Lomas, y ahí me encuentro a otra vecina como usted?”
Porque en México no hay problemas concretos, sino un problema general: los mexicanos. Adondequiera que te mudes te encuentras a los mismos vecinos irresponsables, majaderos, del 207, del 303, del 401. Pero no quería decir esto: ya estoy escribiendo como en mis buenos años, cuando a mis espaldas me decían “perra” o “bruja” por ese estilo “ingeniosillo” de mis artículos. (“Chismorreos de niña rica armada de máquina de escribir”, me acusó un poeta comunista.) Y no estoy escribiendo un artículo. No quiero escribir un artículo, sino otra cosa. Platicarles de Malú Parra, de mis otras amigas, ya muertas o seniles, de cómo paso mis días eternos. Con discreción, sin intimidades, sólo conversar.
Así platicaba cada dos o tres semanas con Malú, y de esa manera me sigo colgando horas al teléfono con tres o cuatro conocidos. Ya sólo tengo tres o cuatro. Mi libreta de teléfonos está llena de plomeros, bomberos, electricistas, Cruz Roja, radiotaxis, médicos, el banco, la televisión por cable, los departamentos de quejas de unas veinte dependencias oficiales. Pero amigos, nomás tres o cuatro, y poco cercanos: amigos de telefonazos.
*
Mi hijo me reprocha —lleva unos veinticinco años con lo mismo— que haya dejado de trabajar en los periódicos. Fue poco después de las olimpiadas. Empecé a ver que me relegaban en Últimas Noticias. Recortaban mis artículos y reportajes, que por “razones de espacio”; los mandaban a un rincón de las páginas posteriores; los postergaban, o de plano se olvidaban de ellos.
Por primera vez en mis quince años de periodista tenía que estarme quejando todo el tiempo con el nuevo director, a quien le dio por no tomarme la llamada y esconderse tras su secretaria o un imberbe ayudante de edición que se permitía tratarme con insolencia: “Señora Velasco, lo sentimos mucho, pero tenemos tanta información prioritaria últimamente; se lo publicamos el jueves o el viernes, sin falta”.
Alguna vez no apareció mi columna ni jueves ni viernes (ni sábado ni domingo), y el lunes siguiente fui a renunciar con una carta más que claridosa, con copias para todo mundo, periodistas y políticos, hasta para el Presidente de la República.
Supuse que me habían puesto en la lista negra. Eran los años de la agitación estudiantil y proliferaban las listas negras. Nadie podía acusarme de agitadora ni de comunista, desde luego, pero en tiempos graves cualquier bobera da motivos de sospecha. Mi manera de escribir ya resultaba, lo sabía, un poco anticuada: demasiados chistes, demasiadas frases ingeniosas, insultos elegantes (nuestra ventaja como damas), detalles frívolos o impertinentes; y sobre todo, llamaba a las cosas por su nombre, sabía escandalizarme y protestar; cito textualmente: “¡Pero esto es una indignidad! ¡es un escándalo! ¿Por qué el regente Uruchurtu no abandona un ratito su cómodo sillón frente al zócalo, y se va a dar una vuelta por las ciudades perdidas de la salida a Puebla?”. Así, con todas sus letras. Ese era por lo demás el dorado estilo de los años treinta y cuarenta: de Barba Jacob, de Novo, de Rosario Sansores, de Elvira Vargas, de Magdalena Mondragón.
Tuve mucho éxito en los cincuentas. La periodista como la voz del ciudadano común, un poco más ilustrada si se quiere, pero simplemente una voz civil. En mi columna “Día a día”, por ejemplo, descubría algún asunto conocido en términos generales, pero del que nunca se hablaba como experiencia vivida; me iba yo a vivirlo, y lo narraba. Me disfracé una semana de trabajadora social para contar desde adentro la vida de un manicomio, “día a día”. Y de las ciudades perdidas en el infinito lodazal de lo que sería Ciudad Nezahualcóyotl. Alguna vez soborné secretarias y sirvientas para enterarme, “día a día”, de la vida de los famosos. López Mateos, que era gentilísimo, me contó, en exclusiva para mi columna, cómo se desarrollaba la vida diaria de un presidente.
Así con las prostitutas, las monjas que habían colgado los hábitos, los asesinos célebres, los niños que vendían chicles en los camellones, algún gigoló del hipódromo, mi amiga María Félix, los mariachis de Garibaldi. Yo no discriminaba entre pobres y ricos, débiles y poderosos. Donde había vidas intensas, difíciles o interesantes, ahí estaba yo con mi libreta de taquigrafía (no se usaban aún las grabadoras, de modo que era más difícil ser reportera.)
Cosas ciertas, vividas en carne abierta, y reporteadas con sazón y emotividad. Todo esto antes de que Elenita Poniatowska (magnífica Elenita, por lo demás, si bien algo intelectualona) me hiciera la competencia desde Novedades, aunque (siempre lo he reconocido) siguiendo las enseñanzas de las “Rutas de emoción” de Rosario Sansores.
Alguna vez estábamos Rosario y yo muy elegantes en un coctel, con nuestros sombreritos y nuestras pieles, y se acercó el pingo de Pepe Alvarado, ya más que achispado por varios “pálidos whiskies” (no los tomaba muy pálidos, por lo demás), y nos rindió una gran caravana:
—¡Ustedes sí saben de periodismo! ¡Las teorías pasan: los chismes quedan!
Le zampé ahí mismo una bofetada. Yo era joven todavía y no se me ocurrió que tales ironías pudieran ser una especie amistosa de homenaje. Los borrachines conocen formas curiosas de la amistad. Ahora me enorgullece que Pepe Alvarado —como me lo comentó después de enviarme a casa unas flores, cuando nos reconciliamos— no se perdiera uno solo de mis artículos.
Y considerado con atención, él también se ocupaba a ratos en sus crónicas más sencillas, de la misma vida cotidiana que nosotras. Sabía mucho de política y de filosofía (Pepe Alvarado era una eminencia), pero también platicaba sabroso de cosas cotidianas de la ciudad, de los barrios, de las vecindades. ¿Y qué me dicen de Renato Leduc?
Luego me encontré con que los mismos asuntos de mis “chismes”, de mi “Día a día”, se volvían tema de estudios universitarios, pero disfrazados de teoría sociológica: la “antropología” o “cultura de la pobreza” de Oscar Lewis. En las mujeres era denostado como chisme o cursilería lo que se celebraba en los hombres como “literatura popular” o “antropología urbana”. ¿Quién se acuerda ahora, por ejemplo, de Magdalena Mondragón? ¡Era una bomba!
Entonces llegaron los modernos, los pedantes, los profesores. Publicaban artículos como clases de universidad. Muchos conceptos intelectuales y técnicos, muchos datos, estadísticas; puras tasas de interés y Producto Interno Bruto. Para decir mu, como vacas. ¿Pero de veras leía alguien esas cosas? Hay intelectuales que se enorgullecen no sólo de que nadie los lea, sino de que nadie los pueda comprender: son ininteligibles.
Quedé pues como una ligera, como una platicadora caduca, entre tantos profesores. Pero me seguían teniendo consideraciones en el periódico y en los medios políticos, y me llegaban todavía muchas cartas de los lectores.
¿Por qué de pronto casi me obligaban a irme, o me degradaban a la trastienda de las notas de relleno? Alguna inconveniencia debí haber cometido, por distracción, pensé. Releí mis artículos de dos años ¡y encontré tantas denuncias, tantas impertinencias, tantos chistes —que en otra época parecían inofensivos—, que ya no atiné a descubrir en la repentina muchedumbre de mis posibles enemigos, al que de veras pudiera estarme estorbando!
—Pues vete a otro periódico, a una revista femenina —me recomendó Tere Burgos.
—¡Pero, Tere, si llevo quince años cultivando a mi público ahí! ¡Llegar a hacer méritos a otra parte! ¡Volver a picar piedra otra vez!
—Te seguirán adonde escribas.
—Soy conocida y estimada, en efecto, Tere, pero no la Simone de Beauvoir ésa que te encuentras en cuanto papel se imprime en México. Ni la Mary McCarthy ésa que me cae como migraña.
—Pues entonces vete a pelear a Gobernación y que te reinstalen con todos los honores.
Un subsecretario de Gobernación era mi amigo. Me tomó la llamada de inmediato y me citó para el día siguiente. Le pedí formalmente, de plano, que indagara por ahí en los expedientes secretos del gobierno qué decían de mí, qué pecado había cometido. Me miró sonriente, caballeroso:
—Emma, me conozco su ficha de memoria.
—¿Sí? ¿Y qué dice?
—“Emma Velasco: murmuradora peligrosa”.
Soltamos ambos la carcajada. Se ofreció a conseguirme tribuna en El Nacional o El Día, los periódicos del gobierno. Nadie los leía. Sólo escribían ahí los muertos de hambre. Dignamente decidí tomarme unas merecidas vacaciones del periodismo. No necesitaba los miserables honorarios que me pagaban. Trabajaba por gusto, para mis lectores. “Ya me buscarán”, me dije. No me buscaron.
Dejé correr la voz de que el nuevo periodismo comunistoide y economicista, sin sabor, sin gusto, sin vida cotidiana, ya no me interesaba. Me llamaron de muchas publicaciones menores, para pedirme cosillas con tema dado: “¿No podría escribirnos algo sobre el aborto o sobre el Año Internacional de la Mujer?” Me negaba. Mis quince años de rompe y rasga en Últimas Noticias, donde alegremente decía cuanto se me venía en gana sobre lo que fuera, habían terminado. Nadie me perseguía, sino el tiempo: simplemente había pasado de moda.
Me retiré como una gran actriz, cuando ya no le ofrecen estelares; mejor el silencio que andar causando lástima con bits, papeles secundarios o de carácter. Recopilé mis mejores artículos en dos antologías, para las que fácilmente encontré editor (sí, del gobierno, ¿qué otros editores hay en México?), y se vendieron bien: Novedades y costumbres (dos ediciones), Una reportera día a día (cuatro ediciones).
Mi hijo ya se había casado. Le compré una casita que él mismo escogió allá por el fin del mundo, cerca de la salida a Cuernavaca. (¿Vivir en la Ciudad de México para no vivir en la Ciudad de México? Nunca lo he entendido.) Cancelé mi estufa y mi refrigerador, y me aboné en el restorán del Hotel Bristol.
*
Déjenme contarles cómo fue que resulté periodista, un oficio que nadie me sospechaba, y menos yo misma. Ocurrió a mediados de los años cincuenta. Me harté de que mi santo marido me pusiera los cuernos con cuanta chaparra, flaca o magullada se encontrara cuando andaba borracho; nos separamos y me instalé con mi hijo en este departamento.
El edificio estaba nuevo y reluciente. Parecía destinado a gente distinguida, y no a convertirse en una vecindad vertical entre ventanales. Mi marido se vio generoso, y mis padres más todavía. Yo era enérgica, joven, hiperactiva. Me volví empresaria. En menos de un año me quemé una cuarta parte de mi fortuna en negocios fracasados.
Entonces me dijo Mari Lacunza, mi compañera del Colegio del Sagrado Corazón:
—¡Por favor, Emma, recupera el dinero que puedas: vende, traspasa, remátalo todo, e inviértelo en valores seguros! ¡Sobre todo no hagas nada, porque en dos o tres años, como vas, te quedas en la miseria!
—Acepto que soy una empresaria bastante manirrota, ¡pero cómo me voy a estar sin hacer nada todo el santo día, nomás yendo a cobrar cada trimestre mis intereses al banco! ¿No has oído que nada cansa tanto como no tener nada que hacer?
—Haz algo donde no hagas nada, donde no puedas perder el poco dinero que te queda.
—Ah no, empleaducha de checar tarjeta, no. No dejé a mi marido, quien nomás me daba lata de vez en cuando, para someterme a un puesto en la Secretaría de Industria y Comercio donde me den lata ocho horas diarias.
—Pues cásate de nuevo. No te faltan novios.
—Que se queden como novios. Segundas nupcias: palizas dobles.
—¿Hacer algo donde no se haga nada? —meditó Malú—, pues sólo la burocracia... o el periodismo.
—¡Eso! ¡Periodista! —gritó Mari—, eres replaticadora.
—Sabes escribir a máquina, y algo recordarás de taquigrafía —añadió Malú, con mayor sentido práctico.
Me compré un escritorio magnífico en una tienda de antigüedades. Anuncié que por fin iba a usar lentes, decididamente, y no de manera clandestina, como lo venía haciendo.
En una sola semana escribí tres artículos chistosos, “crónicas de color”, les decían, a la manera de los que recordaba de Barba Jacob, Novo, Mondragón y Sansores; cosas sobre la mujer y la familia, las inconveniencias y virtudes de la vida moderna, la hipocresía de la clase media mexicana, etcétera.
Un amigo mutuo me consiguió una cita con el maestro Novo, en su restorán de La Capilla, quien me mimó y aplaudió los tres artículos.
—Pero maestro, si yo jamás pensé en ser escritora. De no haber sido por las calaveradas de Joel...
—Ese Joel te salió imposible, ¿verdad? —rió el maestro.
—Grotesco, ridículo —exclamé como toda una intelectual.
—Los mayores talentos siempre están escondidos —declaró el maestro sabio—, y mucha gente ni siquiera los descubre en vida. Allá andan penando en el purgatorio: “¡Ah, pude ser esto; ah, pude ser lo otro!” Tienes suerte, muchacha —¡Muchacha! ¡A los treinta años y con un hijo!—; descubres tu talento ahora que de veras lo necesitas, y que gozas de la libertad para desarrollarlo. ¡Adelante! ¡Pero sé siempre tú misma, como lo eres ahora! ¡No te me vuelvas una marisabidilla, una existencialista, una latinparla, una profesora tediosa! Agarra y platica.
Malú sí era marisabidilla, existencialista y medio universitaria. Se lo aguantábamos desde chamacas, porque era descendiente de un tal Parra, filósofo del Porfiriato, a quien ni ella misma pudo leer jamás. Familia es destino. Le dio por las amistades intelectuales, se casó con un político comunistón (quien durante toda su vida hablaba todos los días del humanismo de Romain Rolland mientras, sin continencia alguna, firmaba edictos que desplumaban a los obreros), y enviudó felizmente para dedicarse de tiempo completo a patrocinar, con la malhabida fortuna política del marido, a poetas surrealistas y pintores abstractos. Todos malísimos.
Pero esa ya es otra historia. Lo oportuno, lo espléndido, lo increíblemente rápido, fue que me recomendó con su amigo el director de Últimas Noticias. Se trataba de un señor opaco y circunspecto que no se entusiasmó tanto con mis artículos como el maestro Novo —ni siquiera le mencioné que lo había ido a ver: Novo era el enemigo número uno de Excélsior, por su maliciosa travesura de la obra de teatro A ocho columnas, entre otras razones—, pero me los publicó de inmediato, muy destacados. Causaron furor. Sonaba mi teléfono todo el día. De la noche a la mañana me había convertido en una celebridad, en una escritora.
Sólo Malú me llevaba siempre la contraria, por la mala influencia de sus amigos intelectuales y artistas de pacotilla.
—¡Ponte a leer libros serios, Emma, por Dios! ¿Qué vas a hacer cuando acabes de contar todo lo que te decía tu abuelita, tus tías, tus compañeras del Colegio del Sagrado Corazón, tus comadres aristocráticas? Te vas a quedar sin temas. ¡Léete a Simone de Beauvoir!
Yo me lanzaba a conciencia sobre las obras que Malú me recomendaba sin haberlas leído. Simplemente me repetía como perico lo que decían sus amigos intelectuales. “Ahora hay que leer a Virginia Woolf, a Proust; ahora hay que admirar a Klee, a Brancusi” Y yo como tonta, por acomplejada, corría a ponerme al día. Quince días más tarde Malú ya no se acordaba que existieran Klee ni la Woolf; ahora me despreciaba porque no conocía yo, la pobre periodista, a Pollock ni a Truman Capote. Un cuento de nunca acabar.
Así era Malú Parra. Ahora me la ensalzan por las nubes y le confieren doctorados Honoris Causa póstumos. Hay una exposición en Bellas Artes del medio centenar de retratos que le hicieron los pintores mexicanos. ¿”Una de las mujeres más hermosas, más interesantes de las últimas décadas”, como dicen? Bueno: también la que sufrió más la chifladura de repartir dinero entre pintores principiantes, quienes en media hora embadurnaban cualquier garabato y se lo entregaban como gesto de agradecimiento:
—¿Pero eso es tu retrato, Malú?
Una especie de vísceras entre manchones de acrílico.
—Mi retrato interior, y el autorretrato del artista. No seas tan realista, Emma.
*
Total, para Malú el periodismo, y sobre todo el que yo hacía, era la cosa más vulgar del mundo. Todo el tiempo andaba regañándome: “¡Y ahora te fuiste a meter entre los greñudos de La Candelaria, para descubrir que se mueren de hambre! ¡Bravo por semejante descubrimiento! ¡Ay, Emma, lo que es no tener nada qué decir! Debías tomar unas clasesitas de Historia del Arte con el maestro Justino Fernández, o lo que sea”. Así siempre, y de viejitas peor. Cuando yo recordaba algo, cualquier minucia, resultaba que no, que para nada, que todo había ocurrido de otra manera. Nos hacíamos unas escenas, unos berrinches horribles. Murió felizmente, entre sueños.
—Cómo la envidio —me dijo Tere Burgos por teléfono—, nomás se acostó a dormir ¡y pase automático! En cambio la pobre de Chela Vallarta, ¿te acuerdas de Chela Vallarta?
—Desde luego, Tere.
—Pues se pasó toda la vida quebrándose el lomo y la cabeza para dejarles un patrimonio a sus hijos, y luego le vino esa enfermedad tan larga y tan latosa; que los médicos, los análisis, las medicinas, las enfermeras en su casa, las operaciones; cuando finalmente se le ocurrió morirse, había dejado sin un quinto a los pobres hijos, y endrogados de por vida. Mejor que jamás se hubiera preocupado por dejarles nada, y morirse más rápido, ¿no crees? Al menos no les habría heredado tales deudas.
Todas mis amigas son partidarias fervientes de la eutanasia.
—¿Supiste lo que le pasó a la pobre de Ofelia Múzquiz? —me cuenta Mari Lacunza, también por teléfono—, ¡increíble! Ves que ya andaba chiflada desde hacía tiempo, y le dio por sentirse solitaria y sentimental. Bueno: pues amadrinó a uno de los hijos de su sirvienta; lindísimo de chiquito, pero creció, claro. Para entonces Ofelia ya estaba completamente senil. Pues entre toda la familia del ahijado la secuestraron en un cuarto de la azotea; ahí le daban sus pastillas o sus inyecciones para tenerla dormida todo el tiempo, ¡y convirtieron la respetable casona de los Múzquiz en Tacubaya, ¿te acuerdas?, en un burdelazo de escándalo! Cayó la policía y ¿quién resultó la lenona? Pues Ofelia Múzquiz. Todo estaba a su nombre. Era legalmente la lenona, sin paliativo alguno. Ahí la tienes declarando ante el Ministerio Público: loca, desnutrida, desgreñada, gritando barbaridades, medio meada en su silla de ruedas... Como ya no le quedaba familia fue toda una odisea sacarla de la cárcel. La Chata Ábrego le hizo la caridad y le contrató unos abogados, pagó unas mordidas. Ahí se está pudriendo ahora en un manicomio de beneficencia. ¡Ay no, quién pudiera morirse como Malú! Dichosa Malú allá en el cielo.
Hace no muchos años estábamos todas en un banquete. La boda de algún nieto de alguien.
—Pues me voy a comer este molito para no hacer el desaire, pero de seguro me da chorrillo —dijo Mari Lacunza, poniéndose sus pesados lentes para examinar, como a través de un microscopio, los gérmenes de su plato.
—Antes, aunque fuera en un rancho, unos frijoles y ya, eran sanos, limpios; ahora todo te hace daño —añadió Tere Burgos, con un abundantísima peluca pelirroja casi indecente.
—Ya nada es como era antes —acepté, resignándome a mi papel en el coro de las Parcas.
—Desde luego —bromeó Malú—, ¡hasta las rosas eran de otro modo!
Pero la broma parecía en serio. Nos quedamos mirando como obsesas el adornito de la mesa, unas rosas flotando en un tazón de agua teñida de un azul espeso. Las tocamos. Sí, eran naturales, pero como producto de algún laboratorio. O una variedad rara. No, ninguna se acordaba de semejantes rosas en nuestros buenos años.
—Ya estamos todas más que listas para el asilo —siguió bromeando Malú, majadera y macabra.
*
Como comprenderán no pude terminarme mi sopa la tarde en que me atraganté con la noticia de su muerte. Me dio un acceso de tos. Se me bajó la presión. Y ahí estuvo lo curioso.
Reynaldo, el pianista cubano, toda su cara llena de dientes postizos, me ofreció un coñac. Me sentó bien. Hice a un lado las recomendaciones del médico y pedí cigarrillos y más coñacs. Nunca he sido bebedora, y me emborraché enseguida.
No recuerdo la reacción de los demás clientes frente a la viejilla ebria que cantaba desde su mesa los apolillados boleros que tocaba el decrépito pianista donjuanesco. No recuerdo sino la cara de Reynaldo, toda guiños y sonrisas, con sus dientes postizos por todas partes.
Debí haber dado todo un espectáculo por la calle, cuando Reynaldo y un mesero me trajeron cargando a casa. Seguramente soy, hasta la fecha, la comidilla de los vecinos. ¿Cómo le hacen los hombres para hallarle gusto a la borrachera, para soportar las crudas? Misterio. Los envidio: gracias al trago, dicen, se mueren antes.
Amanecí en el sillón de mi departamento con unas palpitaciones y unas náuseas terribles. “Ahora sí me voy a morir”, pensé. “¡Es tu culpa, Malú!”, le grité entre hipos.
Ahí a tropezones, como Dios me dio a entender, llegué a la cama, me puse solemnemente el camisón, me cepillé un poquito el pelo y me metí entre las sábanas a morirme de inmediato. Me apenó el espectáculo que se encontraría mi hijo días más tarde, pero por nada del mundo quise avisarle por teléfono, ni que me llevaran a un hospital. Todo me pareció tan fácil: cerrar los ojos y listo.
Pero no me morí durante toda la mañana infinita. Escuché, entre sudoraciones y pálpitos insoportables, todos los gritos de todos los niños del edificio; todas las alarmas descompuestas de todos los coches de la calle; todos los discos de moda de todos los hijos de los vecinos; los cláxones, los pelotazos, los timbrazos de teléfono, el estrépito de todas las aspiradoras del mundo, los taconazos de todas las señoritingas en los pasillos y la escalera.
A mediodía sonó mi teléfono: era el decrépito Reynaldo, socarrón:
—¿Cómo amaneció, Emmita? ¿No le caería bien un consomé calientito? Se lo llevo enseguida.
—¡Nada de Emmita, bribón! ¡Señora Velasco!
—¿Entonces qué, se lo llevo?
—Sea por Dios.
Llegó con un monumental traje lustroso del año de Maricastaña. Seguro se había pasado horas desmanchándolo con gasolina blanca. Sus enormes dientes postizos se veían más relucientes, como si les hubiera dado grasa, o al menos un buen trapazo. Traía un ramo de rosas, de esas rosas aterciopeladas y macizas que son de otro modo, y me hablaba con una insolente galantería, como todo un conquistador. (”¡Oh no!, pensé, suponiendo lo peor, ahora sí como en un infarto. ¡Nada más eso me faltaba!”).
—Emmita, tengo que confesarle una cosa. Ayer, ayer, ¡le robé un beso!
Reprimí el impulso de arrojarle la taza de consomé. Me le reí en la cara. Lo vi entristecerse con un gesto aún más ridículo que sus guiños de Don Juan. Sus dientes empequeñecieron, se opacaron. Tuve finalmente que consolarlo. Tuve que decirle que nos dejáramos, a nuestra edad, de payasadas.
Superada la cruda, supe que me quedaba más, todavía más tiempo por vivir. Si el coñac no me había matado, ni modo de tenerle miedo a una gripe.
Me han pedido que escriba algo sobre mis recuerdos de Malú. Lo he hecho a mi modo, personalmente: la memoria de su ausencia “Día a día”. No me toca hablar de sus méritos como mecenas ni como musa de poetas y pintores, sino de la vieja amiga que casi me arrastra consigo a la tumba.
Les decía que dejé de escribir hace veinticinco años. Siento mis dedos torpes sobre la vieja máquina Remington de mis mejores tiempos. Así siento mi relato, torpe y tentaleante. Lo que no está mal: cada estación en la vida tiene su ritmo, su temperamento. Y no me voy a poner ahora a deshacerme en flores y halagos a Malú. Los viejos no somos sentimentales.
Sigo yendo a comer, como siempre, al restorán del Hotel Bristol, donde el pobre pianista se esfuerza cuanto puede por hacer como que no ha pasado nada.
¿Los viejos no somos sentimentales? Últimamente me ha dado por pensar que, a final de cuentas, Reynaldo no toca tantas notas falsas en los boleros como se rumora. Así deben ser los boleros, un poco mal tocados; y cantados con esa especie de exageración cómica, con algo de broma en sus lamentos: el estilo de Bola de Nieve.

viernes, 1 de abril de 2016

PAUL BOWLES: CARTAS

CARTAS DE PAUL BOWLES


A principios de 1980 traduje para los suplementos culturales de Siempre y Unomásuno, y para Nexos, seis cuentos de Paul Bowles; durante esta época sostuve con el autor una pequeña correspondencia que ahora muestro, acaso incompleta (tengo la idea de hubo otra carta, que andaría extraviada o prestada por ahí).
         Bowles fue amable y generoso con su espontáneo traductor, y aceptó que no se le pagaran regalías. Rara vez se pagaban entonces en nuestro periodismo cultural. Mis traducciones recibieron la paga simbólica de siempre.
         Después de mayo no encontré editor dispuesto a publicar más traducciones de los cuentos de Bowles, y la correspondencia se suspendió. Luego vino el boom editorial y cinematográfico del autor de El cielo protector.
         No conservo copias de mis cartas. Las cartas de Bowles a veces están en inglés y a ratos en castellano, como se anota.
         Acaso den más luz sobre el tema Bowles y México, ahora que es un autor tan conocido en lengua española. En 1980 no lo era, salvo una remota traducción argentina de El cielo protector, en los cincuentas.
         La primera vez que compré un libro de Bowles, en Boston (1979), fue por chisme: quería saber quién era ese Paul Bowles que le había dado su apellido a la Sally Bowles de la novela de Isherwood (Adiós a Berlín.)
José Joaquín Blanco

I.
[MITAD EN CASTELLANO, MITAD EN INGLÉS]
Tánger, 6 de febrero de 1980
Estimado señor Blanco:
         Sí, leo en español, pero entre leer y escribir hay una gran distancia, desgraciadamente. Sabiendo que Ud. lee el inglés con más facilidad que yo el español, no debería ni tratar de escribir esta carta así. De todos modos, si veo que no llego a expresarme claramente, me queda siempre la posibilidad de cambiar de idioma y terminar en el mío, no sintiendo ninguna vergüenza.
         Va sin decir que me encantaría saber que existen buenas versiones castellanas de mis cuentos. Le estoy agradecido de haber mandado Tapiama [traducción recién aparecida en el suplemento de Siempre], que me parece un reflejo estilístico fiel y vivo del original. (Hay algunos detalles sobre los cuales no estoy de acuerdo. No sé si le interese, pero aquí sigue la lista: página xii, columna 1, párrafo 6, línea 2: “the law of diminishing returns” se traduciría literalmente: la ley de las ganancias que se van disminuyendo. “Returns” en el sentido de “reembolsos”. Página XIV, col. 3, par. 5, línea 2: “went over that” se refiere a las ruedas de un carro de tren cargado de plátanos. Sesenta toneladas de bananos no podrían “caer” sobre una pierna. Página XIV, col. 2, par. 8, línea 6: Tal vez hubiera sido más exacto si yo hubiera escrito “the macchine’s running backwards”. No es la descripción de una sensación subjetiva del protagonista, sino la constatación de un fenómeno observado desde cierta distancia. Página XV, col. 1. par. 2, línea 2: Lo que [se] está diciendo aquí tiene el sentido de: Si solamente puedo aguantar. Página XV, col. 2. par. 2, línea 1: No otra copita. Una copita. Página XV, col. 3, par. 4, línea 2: ¿Por qué ha Ud. cambiado cerdos en cabrones? El soldado se está acordando de una escena infantil, traumática, la matanza de unos cerdos en su aldea. Página XV, col. 1, par. 2. línea 9: “six days up the Tupurú” se refiere a una viaje de seis días por el Río Tupurú. (La acción pasa en algún país de Sudamérica.)
         Tengo una última sugestión. Estoy totalmente contra la idea de cambiar “a talking bird” en un loro, y le diré por qué. La palabra loro invoca inevitablemente la imagen de algo brillante, algo verde y amarillo ahí arriba en las ramas. Pero quiero presentar el pájaro únicamente en términos auditivos, no visuales. No es un loro; hay pájaros que pronuncian palabras raras sin ser loros, ni guacamayas, ni cotorros. He escuchado durante horas a los cuervos enormes de Sri Lanka hablando entre ellos, o por lo menos emitiendo sonidos que tienen la forma de palabras humanas. Desde el momento en que se emplea la palabra loro, la presentación se vuelve visual. Se oye su voz solamente. [Hasta aquí el español en la carta de Bowles].
         Pasemos ahora al inglés. Si he dedicado tanto espacio a las sugerencias y correcciones que podrían ser incorporadas a su texto, sólo es porque aprecio su excelencia; de otro modo, simplemente le habría dado las gracias y me habría olvidado de ello. Pero si usted se propone traducir otros cuentos míos, lo que deseo mucho, me pregunto si a usted le molestaría dejarme ver las traducciones antes de entregarlas a la prensa. Siempre hay pequeños malentendidos que si se les deja pueden dañar la obra, pero que fácilmente pueden ponerse en claro. Para mí, la exactitud es el sine qua non de cualquier arte.
         En todo caso, estoy profundamente agradecido con usted por enviarme un ejemplar de La Cultura en México, y por haberme demostrado que son posibles las buenas traducciones de mi obra en español. (Hasta la fecha, no he tenido la mejor de las suertes con mis traductores a ese idioma, en Argentina y España).
         Espero contar pronto con noticias suyas,
         Sinceramente,
         Paul Bowles.
II.
[MITAD EN CASTELLANO, MITAD EN INGLÉS]
Tánger, 29 de febrero de 1980
Estimado señor Blanco:
Su mensaje del veinte de febrero ha llegado ayer, junto con Un episodio lejano [que se publicaría en Sábado]; estuve muy contento de leer el cuento en su nueva forma. (Otro idioma da otra forma; nuevas palabras hacen ecos distintos.) Me quedé muy satisfecho con el resultado; es una gran suerte para mí tener alguien como Ud., que no solamente quiere, pero también puede, traducir mis cuentos. El castellano es uno de los pocos idiomas que puedo leer (aunque no escribir), y va sin decir que tengo mucho interés en saber que existe una persona capaz de transformar mi obra.
         Hablamos de Un episodio distante. Primero tengo un gran favor que pedirle: cambiar la ortografía de la palabra qahouaji. Cuando el cuento fue republicado en 1972 por Ecco Press emplearon el proceso offset, de modo que no fue posible corregir la ortografía de la edición original de Random House. Y cuando aparecieron The Collected Stories, las pruebas se perdieron, y así otra vez tuve que dejar el error. Todo eso es mi culpa y data de 1945, cuando escribí el cuento, no habiendo estado en África del Norte desde 1934. En esos años mi memoria auditiva debe de haberse vuelto defectuosa. Desgraciadamente, la palabra aparece con bastante frecuencia en el cuento; me parece que la he contado 23 veces.
         página 7, párrafo 2, línea 9: “el ruido de su chorro etc.” To listen no implica to hear. El sentido aquí es listened (for), but heard nothing. Claro que no puede oír nada: la distancia vertical es grande. Tal vez en español hay la necesidad de añadir algo que dé a comprender que escucha sin oír ningún sonido.
         página 7, párrafo 1, línea 15: El sentido de sinister en este caso queda más cerca de amenazador que de “horrible” Me guardo contra [me opongo a] el empleo de esta última palabra.
         página 12, par. 1, línea 14: Aquí hay un error debido a su visión. Creo que haya leído panting como painting —y de ahí llegó a “dibujar cosas en la arena”.
         En la última línea, en la página 13, no sé si comprendo la repetición de la palabra “brincoteo”. ¿Apoya a la imagen, o la aumenta? Esta no es ni siquiera una sugestión: es una cuestión, nada más.
         Pues mil gracias por su versión española. [Termina el texto en castellano; la carta sigue en inglés.]
         Ahora, para terminar la carta sin tener que estar pensando en errores de gramática y ortografía, déjeme agradecerle por los tres libros que tuvo la amabilidad de enviarme. La novela y el libro crítico sobre poesía mexicana los leeré con calma; el más pequeño de los tres [Ojos que da pánico soñar] lo leí anoche. Estoy de acuerdo con todo lo que usted dice —excepto que me pregunto si el presente estado permisivo de cosas en los Estados Unidos va a durar. Me parece demasiado probable que sobrevenga una oleada de encarnizada represión tarde o temprano, cuando podremos ver soluciones drásticas mucho más salvajes que las que ha practicado la Unión Soviética. Estoy pensando, desde luego, en una época de reacción política contra lo que la Derecha considera los excesos de la democracia. ¿De veras considera usted que la actual libertad va a continuar indefinidamente, e incluso transformar la escena mexicana en un facsímil de la escena norteamericana? Me parece que el apoyo personal a una causa tan impopular [los derechos de los gay] envuelve el peligro de poner en riesgo hasta la propia vida personal. Los archivos están retacados de detalles de los que en cualquier momento puede apoderarse esa gente que luce condecoraciones policiacas, para posteriormente usarlos como pruebas en juicios masivos.  El estado de cosas en los Estados Unidos es demasiado caótico como para que dure mucho tiempo, o eso me parece desde aquí. (No he estado en los Estados Unidos durante 11 años.)
         Me intrigan los timbres de su sobre. Uno dice 50. ¿Son 50 centavos o 50 pesos? ¿Puede costar 350 pesos mandar ese paquete? Supongo que tal es el caso, pues 3.50 no sería suficiente. Pero entonces parece que ha ocurrido una enorme devaluación desde que yo estuve por allá, cuando a uno le daban 4 pesos 75 centavos por un dólar, y uno podía tomar un taxi en cualquier sitio, entre San Juan de Letrán y el Zócalo, por un tostón. No he seguido las fluctuaciones de la moneda mexicana; he andado demasiado ocupado durante los últimos 35 años con los caprichos de las monedas locales: francos, pesetas, libras y dirhanns.
         Considero un gran golpe de suerte el que usted me haya escrito, y espero que lo siga haciendo. Grandes saludos.
         Paul Bowles.
        
III.
[EN INGLÉS]
Tánger, 2 de marzo de 1980
Querido José Joaquín Blanco:
En mi prisa por enviarle lo más rápidamente posible las correcciones a Un episodio lejano (en caso de que no fuera demasiado tarde para que usted las incorporara al escrito que envió a la revista), dejé de comentar algunos de los puntos de su carta.
         Me divierte que usted haya tomado pigs por seres humanos. Hasta donde sé, sólo en las pasadas dos décadas se ha usado en los Estados Unidos esa palabra para nombrar a los miembros de la policía, y la expresión no se generalizó sino hasta mediados de los años sesenta. ¡Cuando escribí Tapiama en Londres, en 1957, desde luego no la había oído usar en tal sentido! Ni yo ni nadie. ¡Es un ejemplo de cómo el paso del tiempo puede dar lugar a imprevistas interpretaciones de un texto!
         Sobre el pájaro parlante. Supongo que lo que yo me habría imaginado, si se hubiese tratado de algo visible, habría sido tal vez un tucán. Pero jamás se me ocurrió, hasta la decisión de Ud. de convertirlo en loro. Puedo entender que la reacción de un mexicano a la palabra “loro” no es una visual, una que contenga amarillo y verde, sino, como dice usted, una reacción determinada por su uso característico del lenguaje humano. Así que todo quedó arreglado.
         Me gusta que usted admire tanto a Borges como yo. En 1945 Victoria Ocampo estaba en Nueva York, y me regaló un ejemplar que acababa de publicar en las Ediciones Sur. Era El jardín de los senderos que se bifurcan, algunos de cuyos cuentos yo ya había leído en Sur. Me puse a traducir Las ruinas circulares, y publiqué mi traducción ese mismo año, en View, en Nueva York. Tres años más tarde, en Fez, cuando escribí un cuento para una pequeña revista de París (Zero), le rendí homenaje a Borges titulándolo The Circular Valley. (No se trató de una forma muy directa de expresar admiración, lo admito.)
         Cuando usted habla de su deseo de “conectar la brutalidad de cuentos como The Delicate Prey o If I Should Open my Mouth” con Fräulein Windling, supongo que quiere decir que usted encuentra discrepancia en sus respectivos puntos de vista.  Pero no hay diferencia. Desde luego, no puedo probar mi afirmación, mientras que usted sin duda podría añadir pruebas convincentes de lo contrario.
         Su estudio de las varias formas de violencia, particularmente lo que usted llama “las minucias eróticas, morales y mentales”, promete irse enriqueciendo.
         Mis mejores saludos.
         Paul Bowles.

IV.
[TODA LA CARTA EN CASTELLANO]
Tánger, 24 de marzo de 1980
Estimado José Joaquín Blanco:
Recibí su sobre esta tarde, con The Delicate Prey [que aparecería en Nexos como “La caza tierna”] y las fotografías [de Lola Álvarez Bravo; Bowles ilustraría uno de sus libros con fotografías de Lola: She woke me up so I killed her]. Hay algunas de toda belleza; la de Eronguarícuaro es maravillosa. Mil gracias.
         Verdaderamente no hay nada que corregir en la traducción del cuento. Es excelente; tenía la impresión de que lo estaba leyendo en inglés, todo corre tan limpiamente. (Hay dos puntos, uno en la primera página, segundo párrafo, sexta línea: guerra del Sarrho; el otro en la décima página, primer párrafo, octava línea: Sidi Ahmed... a partir de eso, nada.) (El Sarrho es una región montañosa en el sur de Marruecos, sus habitantes [fueron] los últimos en rendir sus armas a los franceses en 1936. Sidi es la forma posesiva, primera persona, de síyid. Como decir Mi Cid, o más bien: el mío Cid.
         Sobre el título, no sé. Creo que la palabra caza es preferible a presa, y tal vez la palabra tierna estaría más cerca de lo que buscamos que la palabra frágil, que no se aplica a la comida. (Todos, menos el Moungari, pensaban en términos de comer carne tierna; eso era la presa delicada, claro. Tierna está más cerca del pensamiento de los protagonistas que delicada, pero quería evitarlo en inglés cuando lo escribí, prefiriendo delicada.  En español, ¿por que no tierna, La caza tierna? Hay que decírme[lo]. Si hay una “idea” en el cuento, es que la caza clásica del hombre es el hombre mismo. Aquí los tíos hablan de gacelas. El Moungari está pensando en la caza clásica. (Gacela se aplica a los adolescentes de ambos sexos). Nadie trae esa carne tierna, pero el Mougari, quien ha cogido la caza clásica, ha derribado la presa delicada también: ha comido carne tierna, so to speak...
         Tapiama: las frases sobre la libertad: “The question of freedom...” Quería decir: pasando cierto punto, entre más invierte uno, menos saca. Más esperas, menos recibes. Mejor no desearla. Y además, piensa, ¿qué es la libertad?, etc.  No es tan gran cosa. La libertad corta los cables, y lo deja a uno a merced de las olas, flotando. Eso era más o menos el sentido del pasaje.
         Ha solucionado Ud. el problema del pájaro de una manera ideal, y tan sencilla [ni loro ni “pájaro parlante”: sólo “un pájaro dijo una especie de palabras”]. Podría ser suprimida la palabra talking hasta en la versión inglesa.
         Estoy completamente de acuerdo con Ud. sobre el efecto terapéutico que puede tener el acto de traducir. He hecho traducciones del francés y del italiano mucho antes de empezar a escribir cuentos. Es buen entrenamiento para cualquier[a]. Llega uno a conocer todas (exagero: muchas, de todas maneras) las veredas dentro del lenguaje; más tarde, cuando [uno] está solo con su propio trabajo, no se pierde.
         Lo que dice usted sobre la música también es exacto. Me gustaría mandarle una cassette con mi propia música; la idea me ha venido cuando le he escrito que todo viene del mismo lugar y todo es igual. De ahí he saltado a la música, reflexionando que lo mismo se aplicaba a ella. El mismo tema, tratado de diversas maneras, atacado de varias facetas, da resultados y produce efectos enteramente diversos. El sujeto, así como el “estilo” quedan siempre iguales, pero lo que parece “decir” la música puede ser cada vez distinto. Y sin construir analogías indeseables entre música y literatura, puedo afirmar que en este caso la relación entre tema y tratamiento queda igual en música y literatura.
         Pues bravo por la traducción, y espero tener más noticias cuando [nuevas traducciones] se acumulen. Y gracias por las fotografías [de Lola] de un México [de los años cuarenta] que corresponde con mis recuerdos.
         Con mis mejores saludos,
         Paul Bowles.

V. [EN ESPAÑOL]
Tánger, 29 de abril de 1980
Estimado señor Blanco:
El sobre con Sábado [con Un Episodio distante] y los tres cuentos [que se publicarían en Siempre: Doña Faustina, Bajo el cielo, El señor Ong y el señor Ha, todos de tema mexicano] llegó ayer. Gracias, y sobre todo felicitaciones. Es extraordinario hacer traducciones tan esmeradas y exactas con tanta rapidez. (A veces tengo la impresión, durante la lectura, de leer mi propia versión en inglés, o de haber escrito el original en español. Hablo de los tres cuentos mexicanos que recibí ayer.)
         ¿Entonces The Delicate Prey puede tener como título La caza tierna? Me alegro. Sobre “luciérnagas” y “escarabajos”. Tal vez hay que emplear luciérnagas. No quería emplear la palabra porque veía una diferencia entre las luciérnagas de Europa y las de México. Y claro, luciérnaga es en inglés firefly.  Cuando los examinaba, los insectos de México me parecían más cerca del escarabajo que de la mosca, pero no soy entomólogo: si “escarabajo” parece presentar problemas, no hay ninguna razón para insistir en la palabra.
         Cuando escribí sagging bed tenía la imagen de un colchón informe tendido sobre un lecho de resortes rotos e inflexibles por un lado. Pitcher aquí se llamaría garrafa o cántaro. ¿No es igual en México? La vela estaba atrás de la garrafa; son dos objetos distintos.
         Sobre “fonda”: supongo que hay que emplear una palabra que se comprenda en México. Sin embargo, mi diccionario da como traducción hotel, inn, tavern, lodging-house. ¿Por qué no “pensión”? (En Andalucía, el marroquí fondouq, donde animales y personas pasan la noche, se ha convertido en “fonda”, y extiende las mismas facilidades; la palabra era común hace pocos años.)
         Cuando he escrito vultures, naturalmente estaba pensando en zopilotes, pero no quería emplear buzzards, que es la traducción exacta de zopilotes, porque hay buzzards en los E. E. U. U. y los de México me parecían más grandes. ¡Finalmente van a ser zopilotes!
         Tal vez para las marimbas se podría emplear solamente ronroneo, sin “tintineo”. Claro que los dos juntos no suenan muy bien, pero ronroneo podría arreglar el asunto, creo. El sonido viene de lejos.
         Hay algunos detalles que me preocupan: En la página 6 de “El señor Ong”, último párrafo, línea 2: hay “en gran medida”, y al final de la línea hay “los grandes árboles”. ¿No sería posible cambiar “en gran medida”, empleando la palabra únicamente para la cosa visual?
         Desgraciadamente la palabra niche se traduce en el nombre del protagonista del cuento [Nicho]. Una cosa que no se me había ocurrido. ¿Cómo podemos resolver eso? ¿Hay otra palabra, como hueco, hoyo o boquete? No sé. Estoy pensando en las palabras que emplearía aquí. Cualquier palabra que no sea “nicho”.
         En la página 15 del mismo texto, párrafo 4, por “la tormenta” se comprende “el trueno”. El gemido de la tormenta, ¿podría ser el sonido del viento en los árboles, o la lluvia, no?  Pregunto porque no sé.
         Página 21, par. 1, línea 2: /gran nube blanca (?).
         Página 22, par. 5, línea 2: No debería ser el imperativo. Luz no le está diciendo que no debe tener miedo; le está diciendo que ella sabe que no tiene miedo. Cómo: ¡tú no les tienes miedo!
         Acabo de constatar que en Un episodio distante hay un error: carbide lamp ha salido una “lámpara de petróleo”. Pero no había lámparas de petróleo en el Sahara: eran de carburo, y daban un olor de azufre.
         [Lo siguiente en inglés:] Quiero salir de esto de inmediato, así que pongo punto final.
         Mis mejores saludos.
         Paul Bowles.

VI. [EN ESPAÑOL]
Tánger, 13 de junio de 1980
Estimado señor Blanco:
Muchísimas gracias por las dos revistas [Nexos, Siempre] llevando cuentos míos; he releído las tres narraciones mexicanas. Suenan muy bien, como si hubieran sido escritas en español. Una gran satisfacción para mí, ver mis cuentos vertidos al castellano, y ver, además, que les cae[n] bien [las presentamos muy elogiosamente en ambas publicaciones.]
         No se me había ocurrido que había tantos cuentos mexicanos, pero claro que hay varios: The Scorpion, Under the Sky, The Circular Valley, Paster Dowe at Tacate, Señor Ong and Señor Ha y Doña Faustina.
         Estoy esperando la llegada de una docena de estudiantes de los E. E. U. U. Vienen para asistir a unas clases que tengo que dar sobre la narrativa. (Creo que llegan sobre todo para estar en Tánger las seis semanas que dura el curso.) Ya tengo varios manuscritos que me mandaron. La idea de dar instrucción no me atrae de ninguna manera, ¡pero el trabajo me ayudará en mi lucha contra la inflación!
         Gracias. Y hasta luego.
         Paul Bowles.