sábado, 24 de enero de 2009

EL REPORTERO DEL DIABLO

El reportero del diablo
Por José Joaquín Blanco

Deambulaba por los bares y fondas de la Calle Michoacán, en la colonia Condesa, un fantasmal reportero de policiales a quien todo mundo despreciaba.
Su delito era que detestaba el cine, y no existe al parecer mayor crimen en el siglo veinte que odiar las películas. Equivale a un criollo novohispano que aborreciera las misas.
Ahí se pasaba sus ratos libres, entibiando sus whiskies en el Bar Nuevo León, hasta que aparecían sus amigos (amigos es un decir: ¿cómo hacer amistad con quien nunca va al cine? ¿entonces de qué diablos se platica?), después de haber asistido a alguno de sus cotidianos portentos cinematográficos. Y sin más trámite se sentaban a su mesa a comentar en sus narices, minuciosamente, todas las joyas de la pantalla.
El fantasmal reportero los escuchaba con la paciencia de un reacio al futbol que asistiera a la enumeración de todas las bíblicas alineaciones del Atlante a través de los siglos.
Un martes de noviembre del 2000 (todavía era el siglo veinte), el sabihondo cinéfilo Godínez, de la fuente de economía, se quejó con una mueca de asco digna de Robert de Niro, de la incapacidad mexicana para las tramas policiacas:
-No hay ningún thriller mexicano. ¡Sencillamente tampoco servimos para eso!
-Por ahí hablan de Distinto amanecer, de Julio Bracho, protagonizada por Pedro Armendáriz, Andrea Palma, Alberto Galán y el niño Narciso Busquets; argumento de Max Aub con diálogos de Xavier Villaurrutia –arguyó lenta, parsimoniosamente el reportero de policiales, nomás para fastidiar.
-No mames –increpó El Chiquilín Martínez, de la fuente de Presidencia, famoso por la diminuta cabeza con que exornaba sus flacos dos metros de estatura-; eso no es cine, sino literatura filmada. Los diálogos suenan estiradísimos, in-ve-ro-sí-mi-les. La fotografia de Figueroa, peor.
El reportero fantasmal se había quedado varado en la sección de policiales de un periódico desde hacía tres años. Sus primeros colegas ya habían ascendido a las direcciones de Comunicación Social de diversas dependencias burocráticas. Pero él seguía ahí, fiel al lado del crimen, para no traicionar su vocación de poeta abstracto.
Soñaba con un libro de poemas “antilogocentristas, molecularizados y átonos”. Por eso se negaba a colaborar en la sección y en el suplemento culturales, porque ahí “se contamina uno de literatura”.
Y quería despojar sus versos de todo lastre literario a fin de lograr “el accidente grafístico puro, el grafismo esencial, como una muesca en acrílico o una arruga de trapo de los abstraccionistas catalanes”.
“Detrás de todo poeta abstraccionista declarado, hay un vergonzante recitador de ‘El Brindis del Bohemio’”, solía apotegmatizar el odiado crítico Andueza, en el suplemento dominical del mismo periódico.
Se trataba de la historia de un rencor: Andueza había sido compañero de preparatoria del periodista fantasmal, y en aquellos años habían competido en un concurso de declamación, en el cual había triunfado el futuro reportero de policiales con “El brindis del Bohemio”, mientras que al futuro crítico literario se le había olvidado “La raza de bronce” a las primeras estrofas, y tuvo que abandonar el estrado todo confuso y en medio del abucheo estudiantil.
En efecto, antes de odiar la literatura (ya para entonces evitaba el cine), el futuro “poeta abstraccionista” había tenido sus barruntes de erudición policiaca. Y salió a relucir esa tarde:
-Si quieres un thriller, ahí esta El privado del virrey...
-¿Que qué? –exclamó Godínez, amenazante como Jack Nicholson.
-No es una película, sino una obra de teatro de Rodríguez Galván, pero también se lee; digo, porque los cinéfilos monolingües mexicanos van a leer las películas. Puros subtítulos y subtítulos. Y los “espectadores” hechos la mocha: lee y lee subtítulos. Para ese caso, que mejor lean los guiones en su casa... debidamente traducidos.
-¿Vaaaas al teaaaatro? –insistió Godínez, escandalizado como Sylvester Stallone ante un ballet clásico.
-Te digo que la leí en la prepa. Me tocó hacer una monografía sobre la Calle de Don Juan Manuel... Para los ignorantes: estoy hablando de la actual Calle de República del Uruguay, el tramo entre 5 de Febrero y Pino Suárez. Antes del thriller se llamaba simplemente Calle Nueva.
El fantasmal reportero de policiales consignó que Ignacio Rodríguez Galván había escrito El privado del virrey hacía más de siglo y medio; y que ya para entonces se consideraba viejísimo el argumento, de mediados del siglo diecisiete...
Y que lo habían retomado como veinte autores: el Conde de la Cortina, Manuel Payno, Irineo Paz, Vicente Riva Palacio, Juan de Dios Peza, Luis González Obregón, Artemio de Valle Arizpe; que incluso había aparecido en historietas y radionovelas sobre “tradiciones y leyendas de la Colonia” durante los años sesenta.
El odiado crítico Andueza permaneció impasible frente a tal sabiduría; durante esa semana sólo se dignaba conocer de autores sudafricanos.
El reportero de policiales contó la historia de un gachupín acaudalado, originario de Burguos, que se hizo íntimo del virrey Marqués de Cadereyta.
Lo nombraban Don Juan Manuel de Solórzano. En México le llovieron favores oficiales, incluso puestos en la Real Hacienda y gestiones sobre los productos que llegaban de España en las flotas, así como la cerrada envidia pública, promovida especialmente por parte de la Audiencia y de los mayores comerciantes de la ciudad.
Resultó breve su privanza (1636) y largas las intrigas de los malquerientes, hasta que fue a dar a la cárcel (1640), acusado de malversación y fraude con el dinero del gobierno.
-¿Y a eso lo llamas un thriller? –reclamó Godínez, impasible como Michael Douglas.
-Bueno, es que Don Juan Manuel conocía muy bien a su bella esposa: Doña Mariana de Laguna, más rica incluso que él, heredera de minas en Zacatecas. Don Juan Manuel sabía que doña Mariana no podía estar muchas horas sin hombre...
-Mejora la trama...
-Sobornó entonces a las autoridades, para que le permitieran visitas conyugales, que desde luego no eran toleradas en esos tiempos. Pero sólo le concedieron una vez por semana, y doña Mariana era mujer de programa triple todos los días...
-Tres sin sacar –intervino misteriosa y embozadamente Gil Gamés.
-Además se notaba tan sosegada en sus parcas y rápidas visitas semanales que a don Juan Manuel empezaron a rondarlo unos celos feroces. Alguien andaba tranquilizando a su esposa. Sospechaba sobre todo de las mismas autoridades que lo tenían en la cárcel, especialmente del Alcalde del Crimen...
-Ya, al grano –exigió Godínez, esgrimiendo su cuba como un revólver.
No era tan fácil, explicó el reportero de policiales: las versiones variaban. Había quien afirmaba que don Juan Manuel sobornó al carcelero para que lo dejara salir, como murciélago en la oscuridad nocturna, a espiar el balcón de su propia casa. Pero no sonaba lógico: lo mismo habría podido pagarle al cancerbero para que le permitiera cumplir por triplicado con su esposa todas las noches...
Según otros autores le había vendido su alma al diablo, a cambio de escaparse a medianoche y espiar su balcón desde el zaguán de enfrente. Aunque la objeción sería la misma: igual pudo habérsela vendido para disfrutar cómoda y triplemente a doña Mariana, y hasta cenar a gusto en casa, evitándose los fríos callejeros...
Total, resumía el reportero de policiales: don Juan Manuel pintaba con carbón una especie de puerta en el muro de su celda, la abría con una llave que también dibujaba, y ya estaba afuera.
-No mames: eso es La mulata de Córdoba. ¡La acabo de ver en la tele! –gritó El Chiquilín Martínez, con una vocecita aflautada desde la exornada y módica cumbre de su roperote huesudo.
-La mulata pintaba un barco...
-O Bugs Bunny –intervino, muy camp, Andueza, olvidándose por un momento de su exclusividad semanal con los autores sudafricanos.
-Al grano, maestro –apremió Godínez expeliendo la cavernosa voz de Marlon Brando en El Padrino.
Había pasado lo de siempre, señaló el reportero de policiales con desprecio profesional ante la nota roja de cada día: don Juan Manuel llegó a su calle, miró su balcón y descubrió las sombras de doña Mariana y un galán, agasajándose.
-¡Y se equivocó de ventana, y nos estás hablando de un rocanrol de Johnny Laboriel!: “¡Oh qué confusión, el número equivoquéeee. Siluetas, siluetas, siluetas soooon!” –cantó el aborrecido crítico Andueza, ya sin idea (en caso de haberla tenido alguna vez) de dónde quedaba Sudáfrica.
-No se equivocó de ventana. Esperó a que saliera el galán y lo apuñaló.
El galán venía embozado en su capa, como si la densa oscuridad de la noche no lo cubriera bastante. Hay que recordar que no existía entonces ningún tipo de alumbrado público en la ciudad: ni fogatas, ni lámparas, ni faroles.
Entonces don Juan Manuel le preguntó a bocajarro: “Perdone su merced, ¿qué horas son?”. El embozado contestó sin descubrirse: “Las once”. (Seguramente acababa de echarle un vistazo al reloj en casa de doña Mariana.) “¡Dichoso su merced, dijo don Juan Manuel, pues sabe la hora en que muere!”
-¿Y dónde está el thriller? –increpó Godínez, retomando su mejor perfil de Michael Douglas.
En que don Juan Manuel regresó a la noche siguiente, prosiguió cansinamente el reportero de policiales; y vio y preguntó y escuchó y exclamó lo mismo, y volvió a matar al galán. Así todas las noches durante muchos meses.
Todas las madrugadas la ronda levantaba un asesinadito en la Calle Nueva. Don Juan Manuel nunca supo si siempre mataba al mismo o a galanes diferentes. Si realmente salía todas las noches o nomás lo soñaba.
Finalmente la justicia, el soborno o el diablo lo pusieron en libertad. Entonces apuñaló expedita, antidramáticamente a doña Mariana.
-¿Y por qué no la mató desde antes? –preguntó Godínez, práctico como Harrison Ford.
-A lo mejor creía que iba a tener que estarla asesinando todos los días... –rió a chillidos El Chiquilín Martínez.
El caso era, según el reportero de policiales, que ya en libertad, don Juan Manuel comprobó que no se había tratado de alucinación alguna, ni de una trampa del diablo.
Averiguó los nombres de docenas de galanes que habían sido misteriosamente asesinados, noche tras noche, frente a su puerta, a pesar de la estricta vigilancia de guardias y alguaciles.
Entre ellos figuraban nada menos que el propio Alcalde del Crimen, un tal Vélez de Pereyra; un escribano, dos oidores, varios frailes y canónigos, y hasta el pariente más querido de don Juan Manuel, su sobrino y heredero, pues no tenía hijos.
Arrojó el cadáver de su esposa por la ventana, dispuesto a todo, y se sentó a esperar al alguacil... quien nunca llegó.
La ronda se había acostumbrado al cadáver diario, aunque ahora se tratara de una mujer. Ya desde entonces las costumbres andaban a ratos al revés. Y don Juan Manuel tenía la coartada de haber estado preso todos los meses en que habían ocurrido los otros asesinatos.
-¿Y entonces? –preguntó El Chiquilín Martínez, desde la cabeza de alfiler que exornaba sus dos metros de estatura.
-Ahí tienen su thriller: resuélvanlo.
-Pues don Juan Manuel se quedó sentadito, close up y créditos finales –especuló Andueza, decidido a dejarse de tonterías y retirarse a redactar otra enjundiosa reseña de media cuartilla sobre todos los autores sudafricanos a la vez.
-Claro que no. Es drama de época. Corrió a confesarse con el cura. ¡Había matado a docenas de hombres!, aunque no estuviera seguro si soñaba o de veras lo hacía; si salía de la cárcel con su puerta y su llave de carbón o se alucinaba de celos dentro de ella...
-Eso ya es Arturo de Córdova... –apuntó, erudito, Godínez, como si dijera: “No tiene la menor importaaancia”.
El cura, según el reportero de policiales, no supo resolver el thriller. ¿El multiasesino había sido don Juan Manuel o un fantasma urdido por el diablo? ¿A quién condenar? Tuvo que invocar a los detectives celestiales, que como es sabido se toman su tiempo.
Mientras tanto mandó a don Juan Manuel que rezara tres noches seguidas el rosario a la medianoche, al pie de la horca.
La primera ocasión escuchó, con el rosario en la mano, una voz de ultratumba: “¡Rezad un padrenuestro por el alma de don Juan Manuel!”; la segunda: “¡Rezad un avemaría por el alma de don Juan Manuel!”...
-¡No mames: eso es la Llorona! –protestó, maullando, El Chiquilín Martínez, ofendido en sus más entrañables tradiciones.
-Y al tercer día amaneció colgado en la horca.
Volvieron a variar las versiones, en opinión del reportero de policiales. La leyenda popular rumoraba que los propios ángeles, escandalizados, bajaron del cielo y lo colgaron.
O las docenas de difuntos galanes rencorosos, capaces también de vender su alma al diablo, incluso en el cielo, con tal de bajar un rato y vengarse.
O la insaciable doña Mariana.
-El caso es que alguna vez hubo thrillers en México y amén –cerró el fantasmal reportero de policiales, y se puso a mascar un hielo.
-Qué bueno que en policiales se limitan a transcribir puros chismes. Como reportero no tienes nada qué hacer –le espetó sumariamente Godínez, y se retiró del Bar Nuevo León con un reposado andar stanislavskiano, digno de Al Pacino.
Pero gracias a la leyenda de don Juan Manuel, o al miedo de que “el reportero del diablo” -como se le empezó a llamar con sarcasmo por la Calle Michoacán de la Colonia Condesa- volviera a contarles algo semejante, sus amigos (amigos es un decir: ¿cómo hacer amistad con quien nunca va al cine? ¿entonces de qué rayos se platica?) dejaron de hablar tanto de películas en su presencia.
Se le puede ver dos o tres tardes por semana, entibiando sus whiskies, con la mirada perdida, ensoñando con esa poesía “antilogocentrista, molecularizada y atonal” que ni vendiéndole el alma al diablo le asoma por la mente.
El odiado crítico Andueza (esta semana especializado en los aforistas de Tahití) murmura que “el reportero del diablo” no anhela tanto una poesía que exprese el “accidente grafístico puro, o el grafismo esencial, subrepticiamente rizomático, como una muesca en acrílico o una arruga de trapo de los abstraccionistas catalanes”, sino esos “vulgares premios y becas gubernamentales” que, sin tanto andarse por las ramas, el eficaz y aborrecido crítico Andueza recibe varias veces al año por sus reseñas semanales de media cuartilla.
Lo que yo puedo contarles es que cuando ingresé como redactor emergente al suplemento cultural no tenía la menor idea de todo este asunto. Y una noche se me ocurrió hablar en el Bar Nuevo León, taqueando chistorra con setas al ajillo, de cierta película de Billy Wilder.
Entonces el “reportero del diablo” se me quedó mirando con una sonrisa torva y oscura como callejón del crimen, y me preguntó:
-Oye, hueso –en esto del generoso y solidario oficio del periodismo nos llaman “huesos” a los novatos, y nos ocupan sobre todo para mandarnos por tortas y refrescos a la esquina-; oye, hueso, ¿sabes qué horas son?

sábado, 10 de enero de 2009

LA ESCUELA DE LAS MUJERES

LA ESCUELA DE LAS MUJERES
por José Joaquín Blanco


1
Imagino una sala comedor modesta, de maderas, cristal, telas, cuero; todo opaco y anterior al plástico y a los colores chillantes, en un edificio porfiriano, hacia 1946, en el centro de la Ciudad de México. Algunos motivos religiosos y cierta decoración europea (paisajes, vajillas), así como objetos campiranos: jarros, jícaras, canastas, dulces y frutos típicos.
No precisamente refinamiento, sino sobriedad. La familia de don Andrés y doña Marucha es llanamente austera y tranquila; sin rigores ni fanatismos, sin vulgaridad ni presunciones. Una vieja familia de clase media que se apaga discretamente.
Don Andrés puede tener sesenta años y doña Marucha cincuenta, pero ambos representan al menos diez más; sus hijas, Manuela y Fátima, de veinte y catorce, se ven algo mayores pues todavía no llega la moda de prolongar y ostentar la infancia o la adolescencia. Mujercitas algo serias, casi tristonas.
Manuela apenas usa un poco de maquillaje (color de labios, cremas o polvos), y ya viste traje sastre, pues es oficinista. Fátima lleva un uniforme escolar azul de cuello blanco y moño rojo. Ambas con el pelo corto, rizado a la permanente, raya a un lado. Aretes, medallas, collares y anillos pequeños, discretos.
Fátima juega a ponerse flores sobre la oreja. Prende el radio a todo momento, boleros o grandes orquestas norteamericanas, la era del swing. Masca chicle. Doña Marucha insiste a cada momento en que, por favor, baje el volumen.
Doña Marucha es una señora robusta pero abatida, con algo enfermizo en el semblante y el porte, como doliente; usa vestidos oscuros con estampados blancos de puntos o florecitas, y cuellos y mangas de encaje.
Don Andrés, trajes vastos, viejos, arrugados, cafés o grises con algunas rayas delgadísimas; está casi calvo y tiene los ojos inflamados; es gordo y achacoso, respira con dificultad. Su voz conserva al mismo tiempo un aire cordial y autoritario. Ambos mestizos, morenos claros.

DON ANDRÉS: ¡Pero si solo es una chiquilla tonta, Dios mío! ¿Cómo pudo ocurrir? ¿No te diste cuenta de nada? ¿En dónde tenías la cabeza, Maruchita? ¡Una chiquilla tonta y terca que ni siquiera ha cumplido sus quince años! ¡Nunca tendrá su fiesta de quince años!
DOÑA MARUCHA ¡Pero cómo lo iba a adivinar, viejo! Todavía la semana pasada jugaba con sus muñecas y sus álbumes de estampitas; tuve como un presentimiento hace unos días, cuando Manuela encontró que le faltaba un par nuevo de medias de seda. Manuela se puso hecha una furia. “¿Para qué te iba a robar tu hermana un par de medias, le dije, si todavía ni siquiera usa zapatos de vestir? Mira su cajón: lleno de tobilleras”. Entonces me contestó que Fátima lo tenía todo: “zapatillas de tacón, faldas, blusas, vestidos de mujer mayor, abrigos, ¡hasta un sombrero de mujerzuela, con red y florecitas de terciopelo, de lo más cursi y vulgar!” Que una compañera de escuela le escondía todo eso, y maquillajes y perfumes. ¡Todo! Yo no te lo había querido decir, porque no me constaba, que de un tiempo a esta parte se me desaparecía el dinero; nomás no me salían las cuentas: un día me faltaban dos pesos y otro día cinco. Manuela también la acusaba de robarle el dinero.
DON ANDRÉS: Tampoco a mí me salían bien las cuentas. En días. A veces fuertes cantidades. Yo pensaba que guardaba en la caja de la tienda tanto, y no: faltaban veinte o cincuenta y hasta cien pesos. Los empleados no tenían la llave. Pero Fátima tampoco. Siempre la traía yo en el llavero. No perdía conciencia de mi llavero ni un minuto. Pensé que con lo distraído y desmemoriado que me he vuelto... ¡Con que entonces la chiquilla se había provisto de todo un guardarropa clandestino de mujer adulta!
DOÑA MARUCHA: Reprendí muy seriamente a Fátima, pero lo negó todo. Que Manuela le inventaba chismes, que era una mandona y sabihonda. Que le tenía envidia porque nadie la aguantaba, que los muchachos ni se fijaban en ella.
DON ANDRÉS: Eso no es cierto. Manuela también es simpática y bonita, pero sensata y responsable. Por el momento sólo le importa su trabajo, el novio vendrá a su tiempo. ¡Tan brillante! ¡Que apenas a los veinte años le hayan dado ese empleo de tal responsabilidad, tan codiciado! ¡Manuela va a llegar lejos! A su edad yo no ganaba un sueldo como el suyo.
DOÑA MARUCHA: Quién sabe desde cuándo, viejo, nos ha estado engañando Fátima. Ni hasta dónde haya llegado. A lo mejor ya nada tiene remedio. ¡Vete saber dónde andará a estas horas! ¡En manos de qué seductor sin escrúpulos!
DON ANDRÉS: Debe ser un hombre mayor. No hay vuelta de hoja. ¿Qué chamaco mocoso va a disponer de capital para mantenerla, instalarla? ¡Dios mío, nos la van a devolver destrozada y fastidiada para el resto de su vida! ¡Pero Dios es grande! ¡No permitirá que le hagan daño! ¡Es una chiquilla!
DOÑA MARUCHA: Sólo nos queda rezar.
DON ANDRÉS: Y ser razonables. Aceptar que estas cosas ocurren en todas las familias. Mi tía Chala tuvo dos hijos antes de casarse... Conozco un montón de primos bastardos.
DOÑA MARUCHA: Y mi prima Soco también salió con su domingo siete. Pero no eran tan pequeñas. ¡Antes de los quince años! Y todo mundo, por lo demás, conocía a los novios de Chala y de Socorro. Buenos muchachos, apropiados. La culpa era nomás del dinero. Los noviazgos tan largos, y tan costoso casarse, instalarse. Además eran chicas de pueblo. Todo se pudo arreglar entre las familias. Pero eso de largarse así nomás con un Misterioso Desconocido, como si fuera inocentemente a la academia, dejando apenas, sobre su almohada, un recado como de película, en papel perfumado: “Papacitos, los quiero mucho y siempre los querré con toda mi alma. Pero es la hora de seguir al Amor de Mi Vida. Compréndanme y perdónenme”.
DON ANDRÉS: Sólo un criminal mayor, sin escrúpulos, pudo inducir a esta trágica tontería, a esta ridiculez catastrófica, a una niñita. ¡Marucha, ya somos viejos! Ahora que nuestras hijas nos necesitan más que nunca, ¡estamos viejos y enfermos! Ahora que...
DOÑA MARUCHA: Sólo nos queda rezar...
DON ANDRÉS: ...y confiar en Manuela. Pero donde lo encuentre, lo meto a la cárcel.

2
Muchos meses después. Taller de costura doméstico, recién instalado. Algunas máquinas de coser y aparatos, como planchas. Pero todo es más bien manual. Tres costureras solteronas de mediana edad fabrican ropa de bebé. Abundan los paños blancos, en menor medida los rasos azules o rosas; listones, broches, cierres, botones. Pedacitos de tela con estampados de pollitos o flores que se pegan o cosen a las prendas. Todo tipo de agujas y tijeras, hilos, dedales, cintas métricas de hule.
Se trata de un tercer piso moderno, por Lindavista; pero no una fábrica, sino habitaciones familiares acondicionadas como talleres.
Las solteronas usan vestidos de colores discretos y suéteres abiertos. Sólo Fina, un poco gorda, se maquilla: demasiado polvo de arroz y labios muy rojos, como muñeca oriental. Su hermana Teresa (con lentes) es muy morena, fea, flaca, algo machorra. Su amiga Concha, grandota, vigorosa, hermana de doña Marucha, gasta buenos bigotes.
Son alegres pero no lo parecen; hasta cuando bromean insisten en conservar rostros duros, laboriosos.

FINA: Hazme el favor, regresó como una princesa. Vestida y pintarrajeada dizque como señora de mucho mundo, la escuincla. Parece vendedora viajera de jabones de tocador, más bien. Se refiere al gañán ese como “mi marido”. Mi marido esto, y mi marido lo otro. Y fuma. Y toma cocteles y aperitivos.
TERESA: Tu hermana Marucha tuvo la culpa, por consentidora.
TÍA CONCHA: No es para tanto, Tere. Sí era un poco su consentida, pero más bien como para equilibrar la situación, ¿no? Andrés siempre prefirió a Manuela.
FINA: Esa creída, va a terminar peor, ya lo verás. A la Manuela no la trago. Nos desprecia. Todas le parecemos inferiores a ella, estúpidas y mochas. Sólo ella, con su diploma de contadora. Como si fuera gran cosa andarse por el mundo con que dos y dos son cuatro.
TERESA: No es correcto salir con la batea de babas de que “Aquí no ha pasado nada” y todos muy felices. A nadie engañan. A Dios no lo engañan. A nosotras tampoco.
TÍA CONCHA: ¿Qué querías que hicieran, los pobres? Ni modo que desheredarla, je. Ya no tienen un quinto. Van a liquidar la tienda, Tere, en remate: la quiebra. Todos viven ya del sueldo de Manuela, hasta el tipo ese, bueno de mantenido. Andrés ya es cosa de meses, si no es que de semanas. Huele a muerto. Ojalá se apure a morirse de una buena vez; ya no les queda mucho qué empeñar para pagar tantos médicos, medicinas, enfermeras, hospitales. Hay que apechugar: la niña se salió con la suya y quedó preñada. Por lo menos casarla, ¿no? Sobre todo por el niño que viene en camino. Al menos por lo civil.
FINA: Yo digo que es mejor amarrarse el corazón y abandonarlos a su suerte. Total, ellos se lo buscaron. Que ellos salgan del hoyo con sus propias uñas. Que aprendan en la escuela de la vida, a trancazos. Y cuanto antes mejor, que escarmienten.
TERESA: Ni que Andrés y Marucha pudieran ayudarlos tanto, Concha. Están viejos y en la ruina. Eso lo sabían desde antes, debieron haberlo previsto. Digo: que eran pobres, que sus niñas eran niñas pobres y en lugar de andarlas educando como señoritingas insatisfechas, enseñarlas a vivir y a ganarse la vida como pobres, a vivir tranquila y decentemente con gente de su condición. Hay mucha gente pobre en el mundo que la pasa bomba. Pero esa fue la chifladura de Andrés y Marucha. Sentirse de la alta, nomás porque ahorraban mucho y prescindían de casi todo. Demasiados finos modales para lo poco que se llevaban al plato. Demasiado orgullo en ir tanto a la iglesia, nomás porque no les alcanzaba para el cine, y las misas son gratis. Todo el tiempo encerrados en casa, haciendo durar sus trapos eternidades, porque no se les viera en la calle sin dinero que gastar.
TÍA CONCHA: Es una desgracia, Tere. Por poco, por muy poco consiguen su sueño. Sólo pedían vivir para ver a sus hijas seguras y encaminadas. Si Fátima hubiese sido más razonable. Si se hubiera esperado a terminar la escuela. Podría haber conseguido una buena situación, como Manuela. Y hacer sus ahorritos. ¿Cuál prisa por casarse?
Se ríen todas.
FINA: Está bien, dizque se casan y todo dizque arreglado. ¿De qué van a vivir? El cubano vago ese no cuenta con ningún trabajo fijo, a lo que se sabe. Ni siquiera tiene sus papeles en regla. Si Inmigración lo descubre se acabaron sus chambitas de clases de contabilidad y programas de radio, y todos sus misterios. Si Fátima quería meter la pata, debió fijarse dónde la metía. Sabía perfectamente que ya no podían seguirla manteniendo. Que Andrés estaba viejo, torpe, cansado. Que Marucha anda por las mismas, y no sabe más que ser ama de casa. Ama de qué y casa de qué. Pura ignorancia, flojera, miedo del mundo. Todos viven de Manuela; yo que Manuela ya me hubiera largado y chao, ¿no? Ahora paga el gasto, la renta, la enfermedad de Andrés, el matrimonio de Fátima. ¡Y ni siquiera tiene un cuarto propio dónde meterse! Duerme en la recámara de sus papás, en un catre adicional, entre puras medicinas, para que el nuevo matrimonio disponga a su gusto de la otra recámara, su recámara, donde había dormido siempre con su hermana. El gañán llega medio borracho en la madrugada, se despierta a las once, manda a comprar el periódico; pide un almuerzo de rey en la cama mientras se entera de lo que pasa en Europa y en China; pone el radio a todo volumen (aunque Andrés esté agonizando en la habitación vecina) con puro jazz o música tropical. ¡Y canta, y recita versos a todo pulmón, con voz de locutor, para hacerse admirar por todo el edificio! Luego Fátima y Gilberto salen todos emperifollados a dar la vuelta por Madero, Isabel la Católica, Avenida Juárez. ¿Con qué dinero?, pregunto. Se pasan las horas en el café Tupinamba, con puros extranjeros, gángsters o exiliados o perseguidos políticos, qué sé yo; y luego van a fiestas o a cabarets, hasta la madrugada. Qué martirio para el pobre Andrés, para Marucha, para Manuela.
TERESA: Eso les pasa por meterse de redentores. Que la niña ya quería ser mujer. Muy bueno. Que no le pareció suficiente un pobre muchacho honrado de su rumbo. Lo acepto. Que se buscó un dandy extranjero sin una moneda en el bolsillo. Eso ya no es sólo inmoralidad, sino estupidez. Un tipo diez años mayor, su propio profesor en la academia de contabilidad... ¡Eso debería castigarse con cárcel! El tipo le sorbe el seso, le habla bonito, le abre las piernas ¡y ni siquiera se la lleva a un hotel, ya no digamos a un departamentito! No, sino que la mete de contrabando a su recámara proletaria de una casa de huéspedes, donde debía ya dos mensualidades. Fátima se anda buscando su infierno y se lo va a encontrar; si no es que ya se lo encontró completito.
TÍA CONCHA: Esa niña nunca pensó con la cabeza. Se chifló por el tipo. Yo creo que la alumna sedujo al maestro, y no al revés. ¿Qué tanto iba a ver un hombre joven, pero ya hecho y derecho, no tan feo, dizque con estudios, dizque con familia distinguida en La Habana, dizque político, y poeta, y locutor, y periodista, en una mocosa?
FINA: Habiendo tantas candidatas más maduritas, guapas y solventes por aquí. Lo digo sin adular.
Ríen todas.
TÍA CONCHA: En suma: el gañán ese llegaba a dar su clase como todo un chulo cubanazo. Bañadito, arregladísimo, perfumado, su bigote recortado y relamido. Su único traje recién planchado. Anillos, medallas, reloj, esclava; todo de oro, muy charro. Corbatas chillonas, zapatos amarillos de piel de caimán o lo que sea. A Fátima le pareció un príncipe de película. Él le habló de que tenía residencia con alberca en La Habana, pero que andaba en México temporalmente, perseguido por sus altos ideales políticos. Más se entusiasmó la chamaca, y entonces se dijo: “A éste ahorita me lo pesco”.
TERESA: Y él nomás vio carne fresca y gratuita...
TÍA CONCHA: Yo me sospecho que la preñó adrede. Únicamente él salió ganando en todo. Ya no paga pensión en la casa de huéspedes, si es que llegó a pagarla: ahora dispone de toda la casa de la familia para él, y la paga Manuela. Con el bodorrio arregla sus papeles. Y hasta se las da de caballero generoso y cumplidor por acceder a compartir su abolengoso apellido con una mocosita mexicana, una peladita... Exige que admiremos su virtud, que le demos las gracias, que nos felicitemos por emparentar con semejante aristócrata del Caribe.
FINA: Si Andrés no estuviera tan enfermo, tan viejo...
TERESA: Pero lo está. Con este dramón le dieron la puntilla...

3
Meses después. Sala comedor del principio, algo desmantelada. Veo a doña Marucha desconsolada; a Fátima como aburrida (embarazada y cargando a un bebé); a Manuela muy nerviosa, hiperactiva. Todas conservan el luto, con velos negros sobre los hombros. Regresan seguramente de la iglesia.

FÁTIMA: Viuda y huérfana...
MANUELA: No eres la única que sufres, sabes. La viuda es mamá. A ti nomás te abandonaron, y en buena hora. Ese maldito nomás se apareció de repente a perjudicarnos a todas. Él mató a papá. Papaíto se murió de vergüenza y de pena.
FÁTIMA: Adoraba a su nieto. Al menos le di esa alegría.
MANUELA: Todos adoramos a tu hijo, Fátima. Y a ti. Y al que va a nacer. Pero cuando mi papá estaba tan grave en cama, con suero y oxígeno, y llegaron a embargar la consola y la máquina de coser por las deudas de tu marido, por compras dispendiosas a crédito en El Palacio de Hierro, ¡de veras fue el colmo! Nunca antes habíamos tenido nada que ver con la ley, con abogados, con policías...
DOÑA MARUCHA: Niñas, quietas, ya dejen de pelear.
FÁTIMA: Ella es la que empieza. La perfecta, la regañona.
MANUELA: La que te mantiene... la que sigue pagando las deudas de tu marido...
DOÑA MARUCHA: Niñas, niñas, por favor.
FÁTIMA: Yo no soy como tú, ¿sabes? En mí manda el corazón; no soy fría, mentalizada, calculadora...
MANUELA: Bien que calculaste cómo sustraerle la llave de la caja de la tienda a mi papá y corriste a sacarle un duplicado, para así poder robarle dinero todos los días...
FÁTIMA: Me odias porque no tienes novio.
MANUELA: ¡Y ahora menos voy a tenerlo! ¡Voy a ser el padre de tus hijos, oyes! ¿Cómo los vas a mantener, cómo los vas a cuidar, cómo los vas a educar? Dos bocas cuestan caro. Si no es que el dandy se vuelve a aparecer cuando salgas al pan y en dos minutos te confecciona un tercer hijo, de lo que eres más que capaz. Ni siquiera terminaste la secundaria, no terminaste inglés, escribes mal a máquina, no das una con la taquigrafía, ¡y tienes dos hijos!
DOÑA MARUCHA: Niñas, niñas, me duele la cabeza...
MANUELA: ¿De veras era tan difícil portarte bien, como casi todas las demás muchachas; terminar tus estudios, conseguir un buen trabajo, y esperar a que se te presentara un buen partido? Hay hombres y vida de sobra. Todavía no cumples dieciocho años y ya tienes dos hijos.
FÁTIMA: Y tú eres una quedada.
MANUELA: Tengo veinticuatro años y todo el tiempo del mundo para escoger bien.
FÁTIMA: El amor llega sólo una vez en la vida, cuando quiere. No te pide permiso. Eso lo sientes. Algo dentro de ti te dice que tienes que dejarte ir... Como tú no tienes corazón...
MANUELA: No seas mensa...
FÁTIMA: Yo nunca pedí ser lista, ni secretaria, ni rica, ni tranquila, ni nada. Vivo según mi corazón. Y confío en Dios.
DOÑA MARUCHA: Eso está bien. Nunca hay que desesperar de la Divina Providencia. Basta de problemas. Ahora su papá nos cuida a todas desde el cielo. Y Gilberto no volverá.
MANUELA: Eso lo dudo.
FÁTIMA: Como que sólo tú lo corriste...
MANUELA: ¿Y que querías? ¿Que me esperara a que nos embargaran también las camas, las cacerolas, las bacinicas?
FÁTIMA: Cada quien tiene su propio destino.
MANUELA: Pero podemos ayudarnos un poquito. Las tres podemos salir adelante. Yo trabajo en la oficina, mamá cuida la casa, tú crías a tus hijos...
FÁTIMA: No se puede vivir sin amor.
MANUELA: Claro que se puede. Tus hijos son lo primero.
DOÑA MARUCHA: Su padre me hizo muy feliz, saben. Siempre. Nunca le pedí nada y siempre supo hacerme feliz. La felicidad no es tan difícil, niñas. No se compliquen tanto la vida, no se peleen.

4
Tres años después. Mismo taller doméstico de costura. Entreveo algo mitológico, de brujería profesional, en el gozo ante la desgracia ajena por parte de las solteronas. O nomás ociosidad. Se pasan todos los días juntas, cosiendo.

FINA: Siempre te lo dije: Maruchita no podía soportar la vida sin Andrés. Se dejó morir, suavemente.
TÍA CONCHA: Así fue siempre ella, frágil y suave; un poco como Fátima, pero cayó en buenas manos. Vivieron una buena vida, la verdad. Andrés era algo crecido y alejado: no había otro mundo que su mujer y sus hijas. Dicen que hasta era bien carero y usurero en la tienda, con el pretexto de la noble causa de alimentar a su familia. Las hijas ya están grandecitas para arreglárselas por sí mismas. Maruchita alcanzó a bautizar a su segundo nieto.
TERESA: El tercero te tocará a ti, supongo.
TÍA CONCHA: ¿Qué comes que adivinas? Pues le atinaste, Tere: ya viene el tercero. Supongo que seré la madrina o algo. Marucha y Andrés se alejaron desde hace siglos de todos sus parientes. Ya no cuentan más que conmigo, y con la prima Pili de Acaxochitlán. ¡Tres al hilo, como en campeonato! (El asombro de todas se convierte en carcajadas.) Todo se desarrolló del modo más novelesco. El dandy se presentó con la cara bien dura a conocer a su segundo hijo, Andresito, que es el vivo retrato del difunto Andrés. Todo satisfacción y bromas. Más guapetón y chapeteado; mejor vestido. Un sombrerazo panamá, lentes oscuros. Se veía que le iba bien. ¿Cómo? Misterio. Que era súper gerente de Mueblerías Ayala, seguro propiedad de otro cubanazo. Que nadaba en billetes. Manuela lo quiso sermonear, pero él venía prevenido; y así, con un gesto como de teatro, vació de su portafolios de piel de caimán, sobre la cama, fajos de billetes. “¡Cóbratelo todo: cómprate tres consolas, cómprate tres máquinas de coser!” Un dramón. Manuela se soltó en llanto y maldiciones. Nunca le había oído decir palabrotas. Ahí sí que si Marucha viviera le reventaba la cara de un bofetón. Pero como se siente poderosa y exitosa, suelta palabrotas de carretonero; Fátima también lloraba, a sorbitos; y los dos niños les hacían coro. Gilberto, bendito entre las mujeres, se carcajeaba como diablo de pastorela: “¡No seas histérica, Manuela!” Total, para no hacerles el cuento largo, se llevó a Fátima y a los dos niños ¡a un departamentazo amueblado! en Ayuntamiento. Mala señal, dije yo: si de veras tuviese intenciones firmes, rentaba o compraba o lo que fuera su propio departamento, aunque fuese por Peralvillo. ¿Qué es eso de ir a un departamento con todo usado, quién sabe por quién, donde nada es tuyo, donde siempre estás a punto de irte? Una especie de hotel. Y en efecto, en efecto: había gato encerrado. Se la pasaron bomba unos meses, hasta sirvienta tuvieron. Cabarets, teatros, restoranes, fines de semana en Cuernavaca. Desde luego, Fátima se volvió a dejar preñar.
FINA: ¡Cero y van tres!
TÍA CONCHA: Y cuando estaba a punto de parir, llegó la policía y arrestó a Gilberto por fraude. Había saqueado la caja de su empresa, doble contabilidad, facturas falsas: una lindura. A punto de parir, se vio Fátima en la calle con sus otros dos niños.
FINA: ¡Qué atrocidad! ¿Y qué hizo?
TÍA CONCHA: Hablarle a Manuela, desde luego. Pero Manuela ya había desmontado desde hacía tiempo el departamento de sus papás. No necesitaba todo un departamento para ella sola. Rentaba una recámara en casa de unas amigas. No le iban a permitir que recogiera en su cuarto a Fátima y a los niños.
TERESA: Si Andrés sobrevivía en el cielo a la vera de san Pedro, en ese preciso instante se volvió a morir.
TÍA CONCHA: No es para tanto, Tere. He acogido a Fátima en mi casa mientras da a luz.
FINA: Eres un sol.
TÍA CONCHA: Pero no a los niños, Fina. Nomás no cabemos, ya conocen mi huevito de departamento, y no tengo servicio. Fátima por lo demás ha resultado de lo más fodonga y marrana; si hay ropa sucia, pañales y todo, la esconde bajo la cama, y que ahí se pudra, me dijeron. Pero de los niños se encargó mi prima Pili de Acaxochitlán, por un tiempo. Luego habrá que darlos en adopción o llevarlos al orfanatorio, o algo, digo yo. Manuela corre con todos los gastos médicos y una mensualidad para ayudarle a Pili con la manutención de los niños. La historia, sin embargo, se sigue complicando. Manuela se nos casa con un agente de tránsito. “¡Ay Fátima, le decía, si me hubieras hecho caso a tiempo, entre las dos hubiéramos sacado adelante a los niños; yo no pensaba en casarme, quiero a tus hijos como si fueran míos!”.
TERESA: Salió santa Manuela. ¿Y qué contestó Fátima?
TÍA CONCHA: Que Dios es el responsable de todo, que Él sabe lo que hace, y que no nos resta sino confiar en nuestro corazón y en nuestro destino.
FINA: Siempre tan boba. Debiera ser pecado embarrar a Dios en disparates.
TERESA: ¿Y cómo es el novio de Manuela?
TÍA CONCHA: ¡Uhmmm! Un mangazo.

5
Meses después. Fachada de tezontle y cantera de una iglesia del centro. Manuela y su novio; Teresa, Fina, la tía Concha; la tía Pili y Fátima (con los tres niños). Todos arregladísimos, de punta en blanco. Salen de la boda de Manuela. Aplausos, baños de arroz; “¡Vivan los novios!”, se grita. Se forma un grupo en torno a los novios para la fotografía. El cortejo se aleja festivamente rumbo al banquete. Fátima se queda rezagada, como en una obra de teatro; todo se oscurece en torno suyo, y la veo como destacada por un reflector frente al público.

FÁTIMA: ¡Quiera Dios concederle a mi hermana la dicha y la tranquilidad que me ha negado! ¡Soy tan feliz por ella, en ella! Me siento tan conmovida. Ahora advierto que no sólo la he visto como hermana, sino como madre, y no una mera segunda madre. Como es varios años mayor que yo, se acostumbró desde chiquita a jugar conmigo como si fuera su muñeca, su hijita. Y esa manía nunca se le quitó. Llegó incluso a ser verdaderamente cargante. Pero sé que era por amor, que era mi mamá-hermanita. Su felicidad será la mía. Mi vida ya terminó. Todo será sombrío y difícil en lo sucesivo. Ni siquiera vi a Gilberto en el juicio de divorcio. Manuela se encargó de contratar abogados y demás. Me dicen que cuando el juez dictó el divorcio necesario, por sus delitos, Gilberto todavía estaba en Lecumberri. Luego lo deportaron. Andará en Cuba, o Sudamérica, o en África. ¿Quién va a querer a una mujer desgastada, abandonada y en la miseria, con tres niños? Virgen María, ten piedad de mí.

6
Dos años después. Imagino un jardín de finca campesina en Acaxochitlán. Trópico. Frutos, café, ganado. Manuela, Fátima, la tía Pili y un niño de tres o cuatro años (Andresito). Han acabado de comer; siguen conversando. El niño persigue a unas gallinas.

TÍA PILI: No está bien que te vuelvas a casar, Fátima. Ya tienes tres niños. Estás casada con ellos. Ningún marido los va a aceptar como propios, y aun así, les haría la vida de cuadritos.
MANUELA: Lo mismo le dije yo, tía Pili. Pero no me hizo caso. Y ya está esperando de nuevo.
TÍA PILI: ¡Un cuarto hijo!
FÁTIMA: Conocí a un comerciante honrado; no fino, no culto, pero me quiere. Me sentía tan perdida en el mundo. Es un comerciante muy trabajador de La Merced.
MANUELA: Te hubieras esperado un poquito, digo yo. Ya estaba escrito, como diría Fátima, “en el Destino”, que me fuera tan mal en mi matrimonio. Ahora estoy libre otra vez, ya conseguí otro empleo, y podría hacerme cargo de la situación, pero no de cuidar a los niños. Me paso el día entero en la oficina. Pudimos meter al mayorcito a un internado religioso, no un orfanatorio de caridad, sino un internado modesto pero de paga, controlado por un sacerdote, con monjas. Mientras crece un poquito. Al más chiquito lo recogió la tía Concha, pero nos exigió que se lo regaláramos, con patria potestad ante notario y todo.
TÍA PILI: Es egoísta y cruel y lo que sea, pero también justo: Si lo va a criar como suyo, si se va a encariñar con él desde chiquito, pues me parece natural que exija garantías.
MANUELA: Por el momento, no tenemos opción. La tía Concha es lo más cercano que tenemos, como tú. Pero estoy pensando en ocuparme al menos medio tiempo de Ricardito, el mayor. Sacarlo del internado e inscribirlo en una escuela con servicio de comedor, de medio interno; que lo cuiden todo el día pero que duerma conmigo. Ahí sólo admiten niños de seis años en adelante; sólo hay primaria, no tienen kínder. Pensábamos si, por algún tiempo, mientras cumple seis años, podríamos encargarte a Andresito, el de enmedio.
TÍA PILI: Me encantaría, muchachas; me encantaría. Tengo que consultarlo desde luego con mi esposo y con mis hijos. Pero aun así no se olviden que estoy muy vieja. Maruchita y yo éramos casi de la misma edad. Sólo podría ayudarlas unos cuantos años, si acepta mi esposo.
FÁTIMA (llorando): Gracias, tía Pili.

7
Varios años después. Mismo taller de costura, con algunos cambios (han pasado unos trece años desde el perfumado recado de Fátima). Fina y Teresa juegan con Luisito mientras trabajan. Exultantes, rebosan maternidad postiza. Su vida ya tiene alegría y sentido, sin el fastidio de los maridos. Su larga soledad de herederas de una casona, pero que debían recurrir al trabajo continuo para los gastos corrientes, empieza a parecerse a una familia. No sólo han anexado a Luisito, sino también necesariamente a su tutora, la tía Concha, que ahora dispone de dos habitaciones cómodas y amplias, y libre acceso al jardín interior u orangerie, a la cocina, a los talleres y a los almacenes.
Pero una cosa es la tutoría legal y otra la vida diaria: Luisito (cinco años) duerme con Fina y Teresa, ellas lo bañan, lo acaparan, lo que no parece molestar demasiado a la tía Concha, siempre ajetreada y algo huraña.
No tenemos por qué internarnos en ese edificio de tres pisos que hace esquina. Nuestros personajes se la pasan en los talleres. Pero imaginemos, en la planta baja, dos accesorias rentadas: una papelería y un salón de belleza. La puerta de la calle sólo introduce a un luminoso cubo de escalera: mosaicos cremas y verdes, que culmina con un gran techo vidriado. En el primer piso están las recámaras de Fina y Teresa (con Luisito), un baño enorme con tina y regadera; el comedor, la cocina y la despensa; hay también, a un lado de la cocina, una especie de orangerie o invernadero de tragaluces, donde las solteronas cumplen sus aficiones a la floricultura y a algunas hortalizas.
El segundo, más pequeño, contiene el departamentito con dos habitaciones y baño de la tía Concha; la gran sala (que rara vez se abre) y la salita de televisión, el cuarto de lavado, dos pequeños almacenes con ropa, herramientas y, ocasionalmente, las mercancías que requiere su taller. El tercero, todavía más pequeño, sólo cuenta con tres habitaciones, acondicionadas como talleres y oficina, y un baño. La mitad funciona al aire libre, como azotea, con tendederos, tinacos, antena de televisión y tanques de gas. Sobrevive un cobertizo de madera donde alguna vez pretendieron un pequeño negocio de gallinas: quedan todavía unas veinte jaulas de alambre y los bebederos y comederos de lámina, como tuberías entre las jaulas alineadas.
Todo el edificio responde al estilo funcionalista norteamericano de la posguerra: netos rectángulos profusamente asoleados, con predominio de mosaicos verdes y cremas. Disponen de dos criaditas para la limpieza de toda la casona (por las mañanas hábiles); el resto del quehacer corre sobre todo a cargo de la tía Concha, que se las da de gran cocinera. De hecho, el episodio que nos ocupa está un poco removido por ciertas disputas entre las hermanas y la tía Concha, pues ésta pretende establecer un negocio de repostería. Las hermanas alegan que la casa va a estar siempre hecha un asco, con harina y cochambre; hormigas, moscas y cucarachas por todas partes, y apestando a panadería; y que lo difícil no es hacer los pasteles y las galletas, sino venderlos.
Pero la tía Concha mira hacia el futuro. La inquietan los negocios. El taller de costura se dedica casi exclusivamente a imitar prendas finas o importadas para bebés, a fin de venderlas muy baratas a dos o tres cadenas de tiendas de autoservicio. “¿Y si un día ya no nos quieren comprar, porque se consiguieron proveedores más competitivos, o porque decidieron montar ellos mismos sus propios talleres, o encargárselos a sus socios o parientes? Hay que pensar en todo”.
En efecto, antes del recado perfumado de Fátima, las tres amigas habían establecido ahí mismo un taller de artesanías en cera para figuritas del nacimiento; les fue magníficamente durante dos o tres navidades, y luego no pudieron competir con las figuras de plástico, mucho menos con las tradicionales de barro. Debieron rematar sus existencias y cerrar la empresa. Todavía conservan algunas cajas de borreguitos y pastores. Con las gallinas nunca les fue bien: siempre llegaba del campo el huevo más barato. La tía Concha afirma que deben estar preparadas para toda eventualidad.

TERESA: ¿Quién es mi huesito? Huesito de capulín, huesito de durazno... ¡Este niño anda de lo más inquieto! No me deja en paz ni un segundo. (Canta:) “Huesito, huesito, huesito mío, pedazo de cielo...”
FINA: Déjalo solo con sus juguetes, que se acostumbre, Tere; tenemos mucho trabajo. Y ya no está tan chiquito... va al kínder y todo.
TERESA: Sí, ya sé; ya sé... “Huesito, huesito, huesito mío”
FINA: Llamó Manuela. Quería organizar un picnic en los Dinamos, para que los hermanitos se fueran conociendo de vez en cuando. De plano le dije que estábamos atascadas en la costura, que hasta los domingos trabajábamos. No soporto sus ínfulas ni me gusta que vaya influir en Luisito. Ahora se las da de ultramoderna, de yanqui; todo el tiempo anda con peinados de salón y vestidos muy escotados y acinturados. Como pepenó chamba con unos constructores gringos... Que toma clases de inglés y todo, y que se va con Ricardito cada rato a Acapulco. Ricardito ya va a terminar la primaria. Que piensa traerse pronto con ella a Andresito, pero que la tía Pili se resiste porque ya se encariñó con el chamaco, aunque se dice que es un verdadero problema. Un chamaquito demasiado pálido, blancuzco, taimado y mustión, al parecer: salió al gañán de su padre; en la familia de Concha siempre han sido todos sido bastante francos y morenos. Que le hace todo tipo de diabluras y majaderías a la pobre tía Pili, un rebelde contumaz. Manuela dice que se va a cambiar a la Colonia Roma, para estar más cerca de Paseo de la Reforma, por donde trabaja. Y que va a meter a Andresito en cintura.
TERESA: Ahora le va a dar por los rascacielos. Va a educar a los chicos para aviadores o astronautas. Que viajen a la luna, adonde quieran, pero que nos dejen en paz... No, Huesito: no patees así los carritos, que no los regalan.
FINA: Eso mismo pienso. Creo que ya no va mucho a la iglesia, por lo menos no en las fachas en que la vi el otro día. Sin nada de mangas, se le ven todos los pechos; y tan ceñida la cadera que, si puja, revienta la falda. Supongo que ya tiene un amante fijo; la he visto tres veces con el mismo “amigo”. A ver si no la golpea como su manguísimo agente de tránsito.
TERESA: Pobre Manuela, si eso de casarse...
FINA: Algo le ha de haber hecho, no te creas que no. Ni modo que un hombre cambie tanto de la noche a la mañana. ¿Te acuerdas cuando nos mandó avisar con una vecina que la fuéramos a rescatar, porque el marido la había dejado encerrada, y nos la encontramos hecha un santo cristo? A mí me dio miedo acompañarla a presentar su denuncia ante el Ministerio Público, luego los hombres son muy vengativos, y más si trabajan en la policía.
TERESA: Era tránsito.
FINA: Da lo mismo... De cualquier modo, sólo testificamos que estaba encerrada y que la habíamos encontrado en ese estado. Concha se puso furiosa, una caníbal: quería matar a sartenazos al “susodicho”, como le decían en el Ministerio Público...
TERESA: Pobre Manuela. Ella se lo achaca todo a su operación. Cuando perdió al bebé y la rebanaron para extraerle unos tumores. Qué horror. El doctor le avisó que ya no podría tener hijos y la tonta se lo contó luego luego al marido. ¿Para qué va a querer un marido a una mujer que no le va a dar hijos? Eso sólo es ventaja con las queridas. Yo creo que el tipo la vapuleaba para cansarla y que se largara sin exigirle pensión ni nada.
FINA: Como ocurrió. Y otra vez todas en el Ministerio Público a testificar que la lavadora, la licuadora, el refrigerador, la televisión, la consola, los muebles y demás objetos “sustraídos clandestinamente del domicilio conyugal” los había comprado Manuela antes de casarse. Como fue. El tránsito estaba buenísimo, pero sin un quinto.
TERESA: Pobre Manuela.
FINA: Ya no la pobretés tanto, que se corona solita como mosquita muerta.
TERESA: Menos mal que nunca le entregó sus ahorros, ni le dijo que tenía dinero en el banco. Concha guardaba sus documentos y sus estados de cuenta llegaban aquí, ¿cómo se las habrá maliciado el tránsito? Porque de seguro esa golpiza sólo pretendía ablandarla para que le entregara ese dinero.
FINA: Dicen que las esposas hablan de más en la cama, y luego ni se acuerdan de todo lo que dicen. Pero los maridos deducen, atan sus cabitos.
TERESA: ¡Líbreme Dios!
FINA: Y ahora agárrate: Fátima volvió a encargar.
TERESA: ¡Cero y van cinco!, ¿o seis?
FINA: Siete. Con la niña que se le murió. Ricardo, Andrés, Huesito, Marucha, Aurelio, la difunta Margarita, y ahora...
TERESA: ¡Qué barbaridad! ¿Y regresó con el comerciante ese de La Merced, que muy buena gente? ¿El que era evangélico o testigo o de esas cosas raras?
FINA: Hubo dos comerciantes de La Merced; el papá de Maruchita, el testigo, la abandonó por fodonga; ni siquiera registró a la niña, mejor que mejor porque al menos no nos la volvió hereje. El papá de Aurelio y Margarita, un briagadales, ya se murió. ¡Qué memoria la tuya, Tere, ya estás chocheando!
TERESA: Ni que me dedicara nomás a estar pensando en la prole de Fátima...
FINA: Hay un “marido” nuevo, que dizque electricista o mecánico, o algo así. “Espantosito”, dice Manuela. Pero cuando una mujer está tan cargada de hijos no puede darse el lujo de escoger.
TERESA: ¡Dios me ampare!

8
Varios años después. Un cuarto de azotea de algún viejo edificio del centro, Regina o Mesones, menesteroso y sucio, estrecho, oscuro. Ahí vive Fátima con Maruchita, Aurelio, Carmela, Jennifer, Pamela y Jonathan, todos con aspecto de indigentes, pero alegres y ruidosos.
Una cama llena de ropa y chunches; junto a la cama, una parrilla eléctrica, donde se está cocinando una sopa de pasta con alones y patas de pollo. Fátima se ha descompuesto sensiblemente: la niña bonita se ha hinchado: caderona, pechugona y varicosa.Todavía no cumple cuarenta años y ya da la impresión de una matrona callejera, adolorida y torpe.
Los ojos siguen siendo preciosos, un poco entornados; el semblante totalmente lastimero, casi martirológico. El peinado es muy parecido al de su infancia.

FÁTIMA: Niños, saluden a su tía Concha. ¿Cómo les enseñé el otro día que se debe saludar? A ver: Marucha, Aurelio, Carmela, Jennifer, Pamela, Jonathan... Ahora váyanse a jugar a los tendederos y déjenme platicar un ratito con su tía. No se alejen mucho; no hablen con desconocidos; no hagan diabluras. ¡Marucha, tú me respondes por todos!
MARUCHA: Sí, mami.
Salen precipitadamente a la azotea; al pequeño Jonathan lo conduce de la mano Marucha, muy desarrollada y seria a sus trece años. Casi parecería su hijo. El niño de una niña. Aurelio, de unos once años, aprovecha que la tía Concha está de espaldas para sacarle la lengua. Jennifer, de ocho, imita burlescamente el pretencioso andar de distinguida dama en tacones de la tía Concha.

TÍA CONCHA: ¡Ay Fátima, me quiero morir! ¿Cómo puedes vivir así? ¿Qué dirían Maruchita y Andrés si te vieran en este cuarto?
FÁTIMA: No tendrían por qué decir nada. Soy yo quien lo pago, y es un verdadero lujo, déjame decirte, tía. Una mujer sola y con hijos no se gana tan fácilmente el dinero en estos días. ¡Ya, tía, no me hagas esos gestos! ¿Por qué no me mandaste decir que venías? ¿Tienes el teléfono de la tlapalería de don Juanito, no? ¡Imagínate, el mismo local de la abarrotería de papá! ¡Lo que son las cosas! Él me toma todos los recados... El cuarto un poco tirado, nada más; pero me mato trabajando todo el día, de aquí para allá, de abonera o de criada, en las fritangas o en las pollerías. No puedo aspirar a un trabajo fijo. Tengo que darme mis vueltas a cada rato a ver a los chamacos. Son preciosos, ¿no? Y son felices. Yo recuerdo que fui una niña más bien tristona. Mis niños me salieron unos diablos, siempre dando lata, siempre contentos. Bendito sea Dios.
TÍA CONCHA: ¿Y siquiera los mandas a la escuela?
FÁTIMA: Más o menos, cuando se puede, como se puede. Maruchita y Aurelio van poco, como mayorcitos tienen que cuidar a sus hermanos. Y no creas que les gusta tanto la escuela, eh. Carmela en cambio salió aplicadísima, y todos estamos de acuerdo en que vaya casi todos los días. Luego les enseña a sus hermanos todo lo que aprendió. Pamela también es bastante lista. El menor no; Jonathan salió mi vivo retrato: es contreras para todo.
TÍA CONCHA: ¿Y Ricardo y Andrés?
FÁTIMA: También muy lindos, muy sanos. Pero ya ves la manera en que los educa Manuela, como niños ricos; y aunque tratan de ser amables y cariñosos conmigo como que siento que les doy algo de pena. O que ellos me dan pena. Por eso tampoco insisto en ver a Luisito. ¿Está bien?
TÍA CONCHA: ¡Qué va a estar bien! Físicamente sí, está fuerte y grandote. Pero Fina y Teresa lo han echado a perder. Es un verdadero pelado, un pandillero; con decirte que el otro día, cuando Fina le quiso dar un palo por no sé qué maldad que había hecho, él le arrebató el palo y se surtió bien y bonito a sus dos “mamacitas”, hasta que se cansó. ¡Y luego ellas fueron las que le pidieron perdón!
FÁTIMA: ¿Y a ti no te dice “mamacita”?
TÍA CONCHA: A mí me dice lo que soy: su tía Concha. Me lo quiero llevar conmigo, porque me voy a salir de la casa de Fina y Teresa. Están intratables y el taller va de mal en peor. Quiero que me ayudes a convencerlo. Conmigo no tendrá lujos ni comodidades, pero trataré de corregirlo y de criarlo como se debe, si todavía es tiempo.
FÁTIMA: ¿Yo?
TÍA CONCHA: Le han lavado el cerebro con todo su dinero, y que va a heredar la casa y que le van a comprar un coche. Es un junior delincuente, drogas y todo, te lo aviso. Quiero que hable contigo, que entre en razón...
FÁTIMA. No, tía: yo nunca he contado para nada en su vida. Y a su edad yo ya me había escapado con Gilberto. Ya está hecho, no puedes cambiarlo... ¿Sabes de qué sí me arrepiento? De haberme dejado intimidar por Manuela: debí haber apoyado a Gilberto, pese a todo, cuando cayó preso. Irlo a visitar a Lecumberri, seguir como su esposa; acompañarlo a su destierro o lo que fuera. Fíjate que por temporadas me he carteado con él: está en Cuba, con su nueva familia; un montón de hijos. Un día Manuela nos sorprendió a Andresito y a mí encerrados en el baño de su departamento, en la Colonia Roma, leyendo sus cartas. Se puso como loca. Nos dijo de todo. Nos arrebató las cartas y en un santiamén ya las había roto en pedacitos y tirado al excusado. Jaló la cadena... Pero no es mala Manuela, que va. Es como es, y yo soy como soy. No me perdona que no sea como ella. Sigue queriendo que sea un poco su muñeca, su hija-hermanita. Pero ella es quien más me ha querido en el mundo, yo creo que incluso más mis papás; y siempre la tengo ahí, regañando y mentando madres, pero siempre está conmigo. Nadie se educa mucho, tía. Manuela sigue la misma que de niña, y yo igual; el resto son los azares de la vida. Cada quien tiene su carácter y su destino. Que Dios nos ampare a todos... ¿Sabes que Andresito escribe versos? Los declama en la escuela; dice que son de tal o cual autor escolar, pero ya lo han cachado que él los inventa; al menos algunos. Luego luego se lo escribí a Gilberto, que se puso jubiloso. Ves que él también componía sus versos. Andresito sacó eso de Gilberto, y casi ni lo conoció, o por lo menos no puede recordarlo mucho. Manuela dice que no, que para nada: que “la inspiración le viene de su abuelo, que también a papaíto le gustaban los poemas”. Sí, claro, pero a mi papá sólo le interesaban los poemas morales y religiosos, no de amor. Gilberto y Andresito escriben puros versos de amor.
TÍA CONCHA: Escuincle del diablo. ¿Y entonces qué hacemos con Luisito?
FÁTIMA: No hay mucho que hacer. Tiene ya quince años. No te compliques la existencia. No nos queda sino rezar y aguardar el destino.
Entran los chamacos con gran escándalo, que si ya está la sopa.
TÍA CONCHA: ¡Qué nombres les enjaretaste a los últimos, Fátima!, como de historieta o telenovela: Jennifer, Pamela, Jonathan... Jonathan es ¿el noveno?
FÁTIMA: El décimo, con la difunta Margarita.
TÍA CONCHA: ¡Cero y van diez!
FÁTIMA: ¿Decías?
TIA CONCHA: Que está muy bien, que está muy bien; que siempre me da mucho gusto verte. Hasta luego, Fátima. Luego te mando mi nueva dirección. Me ofrecen un cuarto grande en Aldaco, por Las Vizcaínas. Está en la planta baja y da a un patio muy bonito, con su pozo y sus plantas.
FÁTIMA: Adiós, tía. ¡Niños, despídanse de su tía!
La tía Concha baja con esfuerzos y muchas pausas las escaleras. Su apariencia robusta disimula bastante bien la edad, pero no la suprime. Hace mucho que cumplió sus sesenta años.
Han pasado dos décadas desde el recado perfumado de Fátima.

jueves, 8 de enero de 2009

MIS TOP 25 CRONISTAS MEXICANOS (SIGLOS XIX Y XX)

MIS TOP 25 CRONISTAS MEXICANOS (SIGLOS XIX Y XX)

1. Guillermo Prieto
2. Manuel Gutiérrez Nájera
3. Salvador Novo
4. Martín Luis Guzmán
5. Marquesa Calderón de la Barca
6. Vicente Riva Palacio
7. Manuel Payno
8. Ignacio Manuel Altamirano
9. José Tomás de Cuéllar
10. Luis González Obregón
11. Ángel de Campo Micrós
12. José Alvarado
13. Ricardo Garibay
14. Jorge Ibargüengoitia
15. Elena Poniatowska
16. Emiliano Pérez Cruz
17. Rafael Pérez Gay
18. Héctor de Mauleón
19. José Joaquín Fernández de Lizardi
20. Carlos María de Bustamante
21. El gallo pitagórico
22. Los mexicanos pintados por sí mismos
23. Heriberto Frías
24. Artemio de Valle Arizpe
25. No hay

jueves, 1 de enero de 2009

EL GRAN AMOR DE SU VIDA

El gran amor de su vida
por José Joaquín Blanco

1
Anoto esta semblanza del doctor Andrés Iturralde, eminencia filosófica de nuestra universidad desde hace décadas, casi por mera ociosidad y para que luego no se me ocurra que simplemente la ensoñé, inspirada por un trasgo socarrón en vituperio de los filósofos. La filosofía, ya se sabe, está aún más desligada de la vida diaria que las teorías matemáticas o informáticas. Yo misma, también un poco “eminencia filosófica de nuestra universidad” desde hace años, aunque no tantos como los de él, la vivo o mejor dicho la acarreo como un absurdo del que ya es demasiado tarde para despojarse.
No sé por qué me hice filósofa, sólo que no pude evitarlo: unos cursos llevaron a otros, unos grados académicos a otros, hasta que la edad me fue depositando, uno tras otro, en todos los cargos consultivos y administrativos de la Facultad de Filosofía y Letras. Sé que de nada les sirve a mis alumnos seguir machacando, como hace medio siglo, tanto Husserl, Whitehead o Wittgenstein; de nada me ha servido a mí, ni me ha resfriado en absoluto. Son meras imposiciones y atavismos del tiempo, de la sociedad, de la rutina universitaria. Ni peores ni mejores que otros. Sospecho que varios obispos piensan a ratos en este sentido de su teología. Y los doctores en Derecho.
Pero en mi caso no han sido una carga tan pesada. Nací especialmente para ser esposa y madre, los grandes gozos de mi vida; en un principio los estudios universitarios fueron una mera prolongación del liceo, y algo en qué ocuparme hasta el día de mi boda; luego, una ocupación lateral que me distraía un poco del embrutecimiento de las amas de casa; finalmente, con mis hijos ya mayores, y más o menos divorciada, una agradable ocupación en mi edad madura y, espero, en mi vejez. No me hago ilusiones: lo mismo pude haberme destinado a bióloga o a tendera. La filosofía fue un rito, un protocolo que simplemente me ocurrió, como a otros la Teología, la Poética o el Derecho.
Pero mi entrañable maestro, amigo y compañero el doctor Andrés Iturralde, él sí “eminencia filosófica” con toda la barba, pudo asumir acaso su vocación por el Logos a lo largo de un camino más áspero, con algunos abrojos trágicos. Con ello quiero decir simplemente que vivió una juventud más romántica. No lo sé ni creo que lo sepa nadie. Todo era misterio con el eminente doctor Iturralde. A estas alturas no me hago ilusiones de los méritos espirituales de ningún togado. Todos tenemos currículos suficientemente brillantes y nadie tiene Obra: esa otra superstición, esa otra impostura, sino llanamente “méritos académicos”, entre los que sobre todo cuentan, mucho más que las rutinarias ponencias a congresos y simposios que a nadie le importan sino para engrosar o actualizar esos brillantes currículos, algunas distinciones institucionales y los cargos consultivos y administrativos prestigiosos con que la edad insiste en condecorarnos.
Podría no haber filosofía ni universidad; el mundo, la cuadra de nuestras casas y el interior de nuestras recámaras serían lo mismo. Vanidad de vanidades, el conocimiento filosófico y la, je, “profesión del espíritu”. Como se atrevió a bromear nuestro querido doctor Iturralde en la clausura de las recientes jornadas heideggerianas: “Lo único concreto en la fenomenología mexicana son los tacos de canasta”.

2
Ya en plan de bromas, podría decir que lo más valioso del doctor Iturralde no es que sea, como efectivamente lo es, un gran filósofo –las bibliotecas adormecen anaqueles polvorientos de Grandes Filósofos-, sino que lo parece. No todos lo parecen. Con frecuencia nuestros Grandes Cerebros Nacionales tienen facha y barriga de expendedores de carnitas. El es alto, delgado, blanquísimo, casi pergaminoso, elegante y atildado en todos sus aspectos, con cierta moda atemporal de aristócrata de nacimiento (lo que desde luego no es: nació en Chulavista). En su apariencia, en sus costumbres, en sus palabras, en su trato, cuida sus centavos como si fueran millones, y otorga a los menores detalles la ceremonia de las cuestiones, je, torales. Pregunta si ya van a pagar la quincena como si interrogara un escolio.
Se rumora que desde jovencito le plagió la facha al finado doctor O’Gorman, de quien por cierto nunca se supo lo que era, pues los historiadores lo rechazaban por filósofo, y los filósofos por historiador, y unos y otros lo consideraban más bien un engominado abogadillo litigante que sobresaltaba las arduas deliberaciones historiográficas o conceptuales con mañas municipales de pícaro leguleyo de juzgado de segunda instancia. Siempre hallaba el detalle nimio en que apoyar su apelación y derrumbar las pirámides del conocimiento o de la teoría; siempre argüía una petición de principio, una etimología, un giro sintáctico, un pequeño vicio de procedimiento, un leve anacronismo, una errata; un inciso VIII de un artículo 24 contra el inciso XII de un artículo 432, para salirse con la suya y demostrar que cualquier cosa, ya fuese el descubrimiento de América, la evangelización, las apariciones de la Virgen de Guadalupe o la Teoría del Estado, resultaban exactamente al revés de cómo toda la academia llevaba décadas o siglos postulando.
Han pasado muchos grandes peripatéticos por nuestra facultad, pero ninguno lo ha parecido tanto como él, salvo el doctor Iturralde quien, como O’Gorman, con esa ligereza impecable de teorema o silogismo bien resuelto, se desplaza de trámite en trámite, de oficina en oficina y de cubículo en cubículo con prestancia inobjetable. Él mismo es su propia aporía. ¡Es tan “profesor inglés” el doctor Iturralde, lo que todo mundo le envidia! (aunque, naturalmente, él detesta a media voz a los decrépitos fantoches de las universidades europeas).
Aguardábamos con semblantes presbiterianos y, qué se le va a hacer, paciencia franciscana, a que un grupo de mugrosos y astrosos lumpenestudiantillos, porros más bien, acabaran de insultar al Fondo Monetario Internacional en un desasido mitin de no más de veinte escuincles a la entrada de la facultad, que tenían “simbólicamente clausurada” hasta que terminaran de perorar. Habíamos programado una junta del consejo académico con el pretendido fin de debatir ciertas reformas a los planes de estudio. Seguramente el doctor Iturralde volvería a protestar, como lo hubiera hecho medio siglo atrás O’Gorman, contra el absurdo esencial de enseñar lógica avanzada a chamacos que difícilmente resolvían operaciones elementales de aritmética o de pretender acercarse a cualquier noción neoplatónica a partir de las sacristanescas o gerundianas traducciones castellanas de Plotino. En realidad, necesitábamos presionar sobre ciertas impostergables mejoras salariales, “para que los cultores de Sofía recibieran una remuneración al menos equiparable a la de los taqueros de canasta”.
Pero los chamacos no terminaban su mitin, y ahora compensaban su raquítico público con altavoces desaforados que expelían, grabados en casette, sus slogans cavernarios, de modo de ya ni siquiera molestarse en gastar saliva mientras impedían las labores académicas. También jugaban cascarita. Los botes pateados iban y venían con peligro de todas las cabezas, a excepción de las estoicas y lumpenfolklóricas marchantas que seguían inmutables, palmeando y friendo quesadillas de sesos bajo el ceremonial busto de Dante. Los sesos del oriental zafiro.
¿Para qué posponer nuestra junta de consejo académico si al día o a la semana siguiente, a cualquier hora, podría instalarse inopinadamente un mitin o una “toma de la facultad” similares? Perfeccionamos nuestros vetustos perfiles presbiterianos: que se notara al menos la “dignidad de la crítica”, nuestra “insumisión del espíritu” frente a la autoritaria plebe bufona, y sobre todo nuestra paciencia franciscana.
En ello estábamos cuando vi demudarse al doctor Iturralde. Temí que se le hubiese bajado la presión o el azúcar, que le fallase el corazón, que un bote pateado o un quesadillazo de sesos (los del oriental zafiro) le hubiese golpeado su emérito cráneo filosofal.
-¿Está usted bien? ¿La pasa algo, doctor?
-No es nada, doctora. Ya pasará. De repente me asaltó como una visión de otro tiempo. Me sentí irreal, difunto o jovencísimo, en otro mundo o en otro tiempo.
Un mocetón vigoroso, de insolente energía cachorril y con mugre de semanas, corrió a nuestros pies. “Disculpen, maestros”, nos dijo con rencorosa sorna antiacadémica y antirruca. “¿Para qué vienen a la universidad precisamente quienes más odian la universidad?”, le había preguntado yo una noche al doctor Iturralde. “¿Y adónde más podrían ir?”, contestó entre blakiano y salomónico.
-Adelante, joven amigo, proceda usted –le dijo el doctor Iturralde, con sus cortesías de hace medio siglo, al osezno o lobato chamagoso de ojos duros y colmillos lustrosos.
El mocetón puso cara de haber sido interpelado en ruso, pero algo entendió. “Putos rucos”, habrá murmurado, y recogió de junto a los estilizados zapatos del doctor Iturralde el aplastado bote de cerveza que estaba pateando con sus ideologizados compinches entre los anafres de las quesadillas de sesos y bajo el preciso busto de Dante, al cumbiero son de injurias callejonescas contra el Fondo Monetario Internacional.
Poco después, milagrosamente, los lupenestudiantillos se fueron de pronto a dar lata en otra facultad y nos dejaron libre el acceso. Nuestro consejo académico redactó, con toda la severidad y prosopopeya del caso, una más de las nunca atendidas protestas a la tesorería sobre viáticos atrasados.
-Hoy me asustó usted verdaderamente, doctor Iturralde. Creí que se desvanecía.
-Ah, no fue nada, querida doctora. Estoy acostumbrado a estas reapariciones como a un leit-motiv. A veces, inopinadamente, irrumpen jirones del pasado. Ideas o recuerdos. Le habrá pasado a usted...
-A mí nunca me pasa eso –le contesté casi escandalizada, como si me hubiese contado un chiste indecente.
-Uno no puede controlar siempre el poso, el limo de la memoria, de la conciencia. De repente se agita y flotan excrecencias, basurillas. No fue más que eso: El gran amor de mi vida...

3
El gran amor de la vida del doctor Andrés Iturralde era una de las innumerables cosas de que no se podía hablar en la Facultad de Filosofía y Letras, al menos formalmente y en presencia de profesores o autoridades. En ningún lugar hay más tabúes, más cosas inmencionables, más asuntos sobre los que saltar como si fuesen ascuas que en una universidad. El Alma Mater es el limbo de la etiqueta y del silencio.
Pero todo mundo sabía de algún modo que, a pesar de ciertas puyas sobre sus equívocas preferencias sexuales, que los colegas suponíamos producto de mera envidia por sus buenos trajes y corbatas importados, el gran amor de la vida del doctor Andrés Iturralde había sido la doctora Margarita Olga de Noailles, también en la nómina de profesores titulares, aunque ya casi nunca se presentase por la facultad. Se la vivía de licencia en licencia, pero no dejaba de proclamar su rango de filósofa universitaria en sus famosísimas y frecuentes presentaciones en programas de televisión, donde comentaba y anunciaba sus numerosos folletos de autoayuda y de filosofía popular: Ética para comadres, Epistemología al minuto, Metafísica sin dolor, Sea usted su propio Aristóteles, Chana le dijo a Séneca...
Todavía era hermosa la doctora Margarita Olga de Noailles, a sus casi sesenta años, como una diva cinematográfica; sus ojazos azules a lo Martha Roth, el pelo rubio cenizo elegantemente descuidado, y esas piernas hermosas y larguísimas que entre filósofos considerábamos algo impropias de una aristotélica ortodoxa. ¡Ah, el sobado chiste medieval de las bellas damas que cabalgaban, impertérritas y exigentes, a sus Sócrates y Aristóteles! Julio Ruelas y Juan José Arreola han dibujado esa viñeta; también Ramón López Velarde:
Y vives la única vida segura:
la de Eva montada en la razón pura.
A Margarita Olga la filosofía le ocurrió, como a mí, sin buscarla. Su padre era un distinguido profesor universitario –con facha y barriga de expendedor de carnitas, y con todo ello llegó a director de la facultad y presidió un seminario exclusivista sobre Spinoza, que duró décadas y aun así quedó inconcluso-, de modo que ella de pronto se vio inscrita en la facultad. Heredó, se decía, toda la mente del padre, pero afortunadamente nada de su figura, sino la de su mamá, una trotamundos francesa desde luego espectacular.
Ella no parecía filósofa, sino La Filosofía, la Musa del Saber: su belleza juvenil fue todo un patrimonio universitario, que se sigue recordando cuando ya se han apolillado miles de tesis. Eran los años sesenta y aun en tal época dorada se vio como un escándalo casi cinematográfico el noviazgo del apuesto Iturralde y la diva Margarita Olga. Ambos lo tenían todo: belleza, gracia, inteligencia, conocimiento, picardía, descaro, ¿qué quedaba para los demás? Todavía, a casi medio siglo de distancia, advierto cierto rencor entre la grey astrosa ante tal pareja de favorecidos por los dioses. Su noviazgo, sin embargo, no duró mucho. Ocurrió un desastre misterioso, inmencionable, que dejó a un Andrés Iturralde melancólico y desolado, más Filósofo que nunca, y a una Margarita Olga de Noailles comprometida con un relumbrante arquitecto de vanguardia, especialista en rascacielos.
Pero tampoco ella, ni siquiera después de casada, pudo evitar el protocolo, y le fueron ocurriendo la licenciatura, la maestría y el doctorado; y luego, como es de todos conocido, el éxito popular como difusora del saber entre la supersónica plebe televisiva. Las raras veces que he visto coincidir en la universidad a estas dos estrellas, que no parecen haberse apagado sino sólo profundizar su fulgor en una misteriosa vejez seductora, ocurren unos como pasmo y nerviosismo entre todos los presentes, una como incredulidad: ellos se besan en la mejilla y se tienen las más exquisitas atenciones cortesanas, bromean con aristas que nadie comprende. Siguen fascinados con aquel travieso fuego juvenil. Todos quedamos imantados de una gracia desusada, como si de veras algo existiese por encima del cochambre universitario y municipal. Me puedo imaginar la conmoción, el azoro de quienes los vieron en su flor juvenil juguetear a los novios, al matrimonio perfecto del Filósofo con la Filosofía.
El doctor Iturralde no satiriza en absoluto los afanes o negocios de divulgación filosófica de Olga Margarita en las ventas por televisión. Nos ilustra con innumerables ejemplos de filósofos de todas las épocas y de todos los países que hicieron lo mismo. “Todos los grandes filósofos han vendido sus escolios en el mercado. La manía de producir filosofía puramente académica para puros académicos es una superstición burocrática”, afirma tajante. Aunque no muestra semejante generosidad con ningún otro filósofo, ni académico ni popular. Sólo en ella lo admira todo: una Pallas Atenea entre comerciales de lavatrastes.


4
Yo no podría reconocer al astroso mocetón que casi nos atropelló en la entrada de la facultad aquel día. Todos esos chamacos no sólo se parecen, sino que se uniforman, enemigos de la individualidad y de la personalidad: anhelan ser chusma. Recuerdo su atuendo desarrapado, el mismo de todos, su mal corte de pelo hip-hop, el mismo de todos; y si he mencionado “sus ojos duros y sus colmillos lustrosos” sólo se debe a que el doctor Iturralde me los ha vuelto a recordar muchas veces. Se diría que el doctor chochea. A ratos busca con binoculares al estudiantillo desde los ventanales de la Torre de Humanidades en cada uno de los mítines.
-¿Cómo lo va a distinguir, doctor, si todos son iguales?
-No, yo los veo a todos diferentes.
El doctor Iturralde hila muy fino entre las especies y las subespecies de las esencias, los atributos y los accidentes.
-Me recordó a un compañero de hace como cuarenta años, eso es todo, doctora. Se llamaba Nicho. Era pobre, latoso y no le interesaba para nada la filosofía, pero se había inscrito aquí a falta de otra oportunidad, mientras conseguía en que emplearse, supongo. ¿Qué habrá sido de él? Me parecía un prodigio. Nunca me imaginé cómo logró obtener sus certificados de secundaria y de bachillerato, ni entrar a la facultad y hasta al exclusivísimo seminario sobre Spinoza. No sabía nada de nada ni le importa un cacahuate... pero mal que bien siempre salía a flote no sé cómo. A su lado me sentía ridículo de estudiar tanto. “¡Mamadas, puñetas!”, contestaba Nicho a todo... Lo curioso era que a su asco y a su nihilismo intelectuales correspondían una salud salvaje, un vigor vital esplendoroso. No es que fuera precisamente bello, sino rebosante de esa vida corporal y física, digamos animal, que se empeñaba en maldecir... Algo bueno habrá conseguido pues de pronto desapareció y no volví a saber gran cosa de él. Era Nicho: Bermúdez Organza, Luis Dionisio.
Nunca me hubiera atrevido a profanar los límites de la intimidad del doctor Iturralde. Siempre ha sido norma de mi conducta aceptar lo que buenamente me quieren contar mis amistades, y más o menos creerles todo con buena voluntad. Cada quien su propia papilla existencial, me digo. Pero mi creciente afecto y compañerismo con el doctor Iturralde, unido a la novedosa circunstancia de que ya soy una venerable abuela, que puede permitirse ciertos impudores de matrona con un colega más viejo que yo, me llevó alguna tarde a preguntarle sin más ni más, a bocajarro:
-¿Y el gran amor de su vida de que me hablaba el otro día, doctor Iturralde? ¿Lo visita muy a menudo su recuerdo, como leit-motiv? Sin duda se trata de la doctora Margarita Olga de Noailles...
Me miró aterrado, escandalizado, como si se le hubiese aparecido un espectro. Trató de negarlo instintivamente, de marginar el asunto. Pero fue recordando que ya era un buen viejo tranquilo y sabio, más allá de todo; y que yo era su buena confidente, algo menor, pero que como joven abuela podría considerarme en cierta medida su coetánea... Decidió abandonarse, sin angustia:
-Claro que no, mi querida doctora. Fue Nicho. Bermúdez Organza, Luis Dionisio.
En días posteriores me fue confiando, por hilachos, con evidente resistencia interior pero con cierta necesidad de liberar por fin su secreto, la historia de una pequeña y pérfida conjura... en la que acaso no ocurrió realmente mayor cosa, sino quebrarle silenciosamente el corazón y el espíritu para siempre. Reconstruyo en mi mente su figura de un apuesto muchacho inteligente pero demasiado ingenuo y distraído, acaso un chico excesivamente cuidado y vigilado por su familia y sus maestros, que había llegado a la facultad con dos idiomas extranjeros y considerables conocimientos librescos, pero en absoluta ignorancia de su interior.
No, no fue él (me dijo) quien pretendió ni sedujo a Margarita Olga de Noailles, sino ella, quien de inmediato, desde el primer día de clases, se apoderó de él con toda naturalidad y lo condujo a su capricho, sin que desde luego Andrés Iturralde ofreciera resistencia alguna: todo lo contrario, se veía sorprendido como por un premio de la lotería de que la muchacha más guapa y brillante del grupo se fijara precisamente en él. De ella fue la idea de que se hicieran novios y de que llegaran un poco más allá (en esto sonrió con picardía, como resaboreando el alimento de los dioses)...
Entonces, sin que él lo advirtiera, entró en acción el padre de Margarita Olga, el profesor spinoziano de facha y barriga de expendedor de carnitas, futuro director de la facultad, quien tenía otros designios para su hija.
-Ese cerdo nunca dijo algo decente sobre Spinoza durante las décadas que duró su seminario; no hizo sino emborracharse y cogerse a las secretarias cuando fue director de la facultad; nunca publicó una frase coherente de filosofía... Pero era capaz de penetrarlo todo diabólicamente con sus ojos de marrano, que no sé por qué recuerdo rojos: nadie tiene los ojos rojos, ¿o sí?, entre sus párpados abotagados y llenos de carnosidades; y supo de mí lo que yo no sabía y comprendió en un instante cómo atraparme y destruirme... Sólo me fui dando cuenta meses y hasta años después.


5
Parece que hubo una riña doméstica entre el profesor y su hija a propósito del “alfeñique pretencioso” que ella insistía en querer por novio y marido. Que ella rompió cosas, le mentó la madre, amenazó con suicidarse o largarse del país o meterse de puta... Cosas de aquellos años desaforados. Estaba encaprichada con su Iturralde y por nada del mundo lo iba a dejar. A ella no lo impresionaba para nada el paternal sabio spinozista. Que se fuera mucho al carajo el vulgar expendedor de carnitas.
Entonces, taimadamente, el profesor de filosofia se fijó en Nicho, con quien por entonces Andrés no había cruzado ni siquiera una palabra. Habrán llegado a algún trato. Nicho empezó a sitiar a Andrés Iturralde con una amistad exaltada y apremiante a la que Andrés, para su sorpresa, respondió con la misma pasión. Parece que no ocurrió mucho. Paseos en bicicleta, ratos de natación, tardes en el cine, conversaciones interminables en cafés.
El doctor Iturralde recordaría por décadas el cuerpo vigoroso de Nicho en las albercas, sus ojos duros y sus colmillos lustrosos, la abundante mata de pelo rebelde, los párpados un poco sesgados. Recordaría una como salvaje arrogancia, un desprecio por todo, como de alguien que ya ha descubierto que el mundo está podrido y que no hay nada que respetar en él. Recordaría, con escándalo, las frases ignorantes, analfabetas, de un muchacho rudo que podía filosofar instantáneamente, con todo el aplomo del mundo, que todo era mierda, salvo el presente mientras durara, ¡y cuando ese presente no fuera también mierda, claro, lo que sucedía rara vez! Recordaría su ira, su rencor, sus propósitos de venganza contra toda la realidad en su conjunto, sin excepciones; su manera de ufanarse de que a él nada lo limitaba ni espantaba, que podría atreverse a todo, incluso a pegarse un tiro “ahorita mismo” porque sí... Pero en medio de ese como entusiasmo febril y soez por la nada, recordaría esos ojos duros y esos colmillos lustrosos cuando súbitamente le dijeron: “Sólo te quiero a ti, Iturralde. Quiero amarte y poseerte. Si me rechazas te mato, o me mato... ¡o que la chingada nos lleve a los dos de una buena vez!”.
A sus veinte años, Andrés Iturralde era un chamaco frágil bajo su fatuidad escolar, y rebosante de sensualidades escondidas bajo su aspecto natural de chico aparentemente bueno y sano, enterísimo. Salió a toda prisa, tropezándose, aterrado, del café. Todavía palpitaba, con fiebre, encerrado en su recamara, cuya puerta la madre quería derribar: “¿Qué te pasa, por Dios, hijo, que tienes?” Lloró histéricamente buena parte de la noche. A media madrugada supo que estaba enamorado.
Lo primero que hizo al día siguiente fue diseñar una estrategia de distanciamiento con respecto a Margarita Olga de Noailles: distracciones, desatenciones, impuntualidades, indiferencias más o menos discretas que de cualquier manera la lastimaron muy pronto, de modo que fue ella quien rompió, también discreta y amistosamente, el noviazgo. Entonces Andrés Iturralde buscó a Nicho quien ahora, a su vez, lo rehuía y desatendía, como profundamente ofendido por la repentina y torpe escapada que Andrés emprendió aquella noche en el café. No aceptaba su conversación, ni siquiera le contestaba el saludo. Lo miraba, o eso creía Andrés, con la ferocidad de un amante despechado.
Cada vez con mayor desesperación, Andrés intentó explicarse y hacerse perdonar en cartas cada vez más largas que le entregaba a Nicho entre clase y clase, y que él recibía con un mohín de repugnancia, con profundo desprecio, casi con socarronería, que Andrés entonces interpretó como señas de que todavía seguía mortalmente ofendido, y las guardaba entre las páginas de algún libro de Sartre.
-No sé cuantas cartas fueron, doctora. Más de diez. Pasaron las semanas. Luego dejó de asistir a la facultad. Ya me había dicho que andaba en busca de cualquier otra cosa...
Después de clandestinas y laboriosas pesquisas, Andrés descubrió su domicilio. Un departamento en la Colonia del Valle, por Xola y Avenida Coyoacán. Incapaz de irrumpir en el departamento de ese demonio escondido, montó guardia durante días, desde el Cine Continental, en la contraesquina, o frente a la puerta de su edificio. Cuando finalmente lo interceptó un mediodía, Nicho se le rió abiertamente en la cara:
-Fue nomás un trabajito para el profesor. Le vendí todas tus cartas...
Andrés Iturralde también descuidó un tiempo la facultad. Se dedicó a caminar por las calles, a pensar en ese ser y ese destino súbitos, que él ni sospechaba hasta que se los habían descubierto de manera tan brutal.
Evitó durante mucho tiempo a Margarita Olga, quien pronto tuvo nuevo novio. Un partidazo. Años después Iturralde se encontró a Nicho una madrugada en una cantina del centro. Era la época en que a todas horas se oía Sombras con Javier Solís:
-¿Qué pasó, filósofo, todavía quieres conmigo? Doscientos pesos el rapidín.
Andrés tuvo el suficiente aplomo para rechazarlo. Pero durante varios años se buscó por Ayuntamiento, por López, por Mesones, por República del Salvador, por San Jerónimo y Regina, muchachos de ojos duros y colmillos lustrosos que le recordaran a Bermúdez Organza, Luis Dionisio.
Solían pedirle menos, pero él les pagaba siempre más de doscientos pesos.